
José Gómez Barbadillo. Pablo Neruda escribió:“¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil bajo la lluvia?”.
Owen Korn dijo: ¿Hay algo más triste y más solo en el mundo que un cirujano con su enfermo complicado?
Los medios de comunicación actuales nos ofrecen una imagen de la medicina omnipotente. Pareciera que la tecnología y el grado de conocimiento actual han elevado el nivel de la asistencia sanitaria a límites cercanos a la infalibilidad. Las expectativas de la sociedad acerca de los resultados del tratamiento de las enfermedades son tan elevadas que existe un reducido nivel de tolerancia a los resultados desfavorables. La televisión y la prensa nos saludan diariamente con los grandes logros obtenidos por médicos, equipos y hospitales de un nivel científico y asistencial extraordinario. No abundan por el contrario noticias relacionadas con la asistencia y las condiciones en que se presta la misma en los centros hospitalarios de un nivel medio que es donde se atiende a la mayoría de los pacientes. La cirugía, el tratamiento de las enfermedades por medios quirúrgicos, es particularmente sensible a este fenómeno. Siempre he pensado que la respuesta a un tratamiento médico depende de la respuesta a un fármaco. Si el medicamento y la dosis están correctamente prescritos la falta de respuesta o la aparición de eventos adversos ante el mismo es “culpa” exclusivamente del producto farmacéutico o del organismo del paciente que muestra resistencia al mismo. Por el contrario, los cirujanos tratamos las enfermedades provocando una agresión al paciente. Una agresión controlada en la que hemos calibrado que la consecuencia del “daño” infligido compensa el propio daño provocado. Sin embargo, esto no siempre es así. Y cuando aparece la complicación, ni los cirujanos, ni los pacientes ni sus familias, somos capaces de quitarnos de encima la sensación de que la “culpa” de los males que desde este momento arrastra el paciente está íntimamente relacionada con nuestro desempeño.
Cuando decidí formarme como cirujano pensaba en la satisfacción que me produciría poder curar a mis pacientes con la ayuda de mi cabeza y de mis manos. Nadie me preparó sin embargo para la realidad del paciente complicado. Nadie nos prepara para ello. Se trata de una lección dura, difícil y desgarradora que aprendemos paso a paso, día a día, a la que nunca te acostumbras y que nunca se finaliza. Para quien no pertenezca a este entorno, puede resultar difícil entender como de repente se para tu mundo. Al recibir una llamada de un compañero de guardia que puede llegar en cualquier momento. Durante una celebración. Descansando en tu casa. Habiendo salido de viaje… Al llegar una mañana al hospital y darte cuenta que el paciente que operaste el día anterior no está en su habitación, ha bajado a la Unidad de Cuidados Intensivos o simplemente ha tenido que ser reintervenido en la guardia. Incredulidad, negación, rabia,… todas esas emociones se juntan en un momento. Posteriormente viene la aceptación y la necesidad de tomar decisiones, sabiendo que la posibilidad de que el paciente necesite una reintervención, que tú no deseas realizar en absoluto, es bastante probable. Junto a ello se instala una sensación creciente de inquietud y preocupación por la situación clínica y la posible evolución desfavorable del paciente. No puedes dejar de tomar en consideración sus sentimientos y los de su familia. El miedo, la inquietud,… la incertidumbre. La falta de confianza en el nuevo escenario que se abre si su cirujano, la persona en la que él confía, no está presente en ese momento. Y salvo que te sea físicamente imposible decides ir al hospital. A cualquier hora. En cualquier momento. Aparcando o posponiendo tu propia vida a otro momento porque en ese momento no hay nada más importante que responder por entero a la confianza que el paciente tiene depositada sobre ti. En ocasiones hay que aguantar las, por otro lado comprensibles, muestras de desilusión y reproche de tu familia que se pregunta, a veces de forma manifiesta pero siempre en el mudo silencio, si no hay nadie que pueda hacer frente a la urgencia. Si tú resultas indispensable. Pero tú piensas con determinación que la responsabilidad de haber causado eventualmente un daño a quien puso su confianza en ti es algo intransferible. Y te marchas. Rumiando en silencio, segundo a segundo, qué es lo que pudiste hacer mal. Que pudiste haber hecho de forma incorrecta. Que fue lo que falló. Deseando volver atrás y evitar o cambiar aquellos gestos que ahora consideras que no fueron perfectos. Pero no puedes volver atrás. Llegas al hospital con el corazón en un puño. Con un redoble de tambor en tu pecho. Porque temes aquello con lo que te vas a enfrentar. Piensas que aún hay una alternativa. Que quizás las cosas no sean tan graves como te han dicho. Que quizás alguien se ha equivocado y que el problema que tiene el paciente no sea tan serio. Te agarras a esa minúscula posibilidad con más fe que razón. A veces ocurre así. Pero no es lo normal. No es lo habitual que compañeros cirujanos, anestesistas, intensivistas,…, con un nivel de formación magnífico estén equivocados cuando te han llamado. Atraviesas los pasillos, montas en los ascensores. Los compañeros y conocidos que te encuentras te miran, te sonríen y se asombran de que estés allí a horas tan inusuales. Tu pones una sonrisa forzada y saludas educadamente. Pero no tienes ganas de dar explicaciones. Desearías no estar allí. Pero no puedes hacer otra cosa. Te acercas a la habitación del paciente con el corazón encogido. No puedes sacudirte la sensación de haberle fallado y lo miras desviando la vista. No te salen las palabras. Balbuceas unos segundos hasta que las palabras empiezan a fluir. Cuesta trabajo decir a un paciente que necesita una reintervención en este momento. Sin más demoras. Sin tiempo para pensar o asumir la nueva situación. Pero la experiencia caso tras caso, año tras año, te va proporcionado algunos recursos. Tras la aceptación viene el momento de poner en marcha el procedimiento de la reintervención. Preparar un quirófano que no siempre está disponible. A veces la espera es larga. Pasan horas y horas y tú sólo deseas que la espera se acabe. A veces te vuelves a tu casa y pides a los compañeros que te visen cuando el paciente esté en quirófano. Pero tu vida ese día está en suspenso esperando una llamada. Ya está el paciente en quirófano. Empiezas a tranquilizarte. La subida de adrenalina actúa como un eficaz tranquilizante. Empieza la intervención y te olvidas del nerviosismo anterior. Ahora sólo importa solucionar el problema, sacar adelante al paciente. Que se recupere bien y sin problemas. A veces es difícil. La situación es grave y se requieren medias heroicas y una gran dosis de fe. Haces lo que tienes que hacer. Termina la intervención. Ahora falta informar a la familia. Te sientes más tranquilo. Pero aún tienes por delante un reto: afrontar el miedo, las dudas, la intranquilidad, y también con frecuencia, la desconfianza y la agresividad del entorno familiar que no alcanza a comprender la diferencia entre una negligencia y una complicación quirúrgica. Y después de horas de temor, ansiedad, espera y mucho cansancio, aún tienes que echar mano de tus habilidades de comunicación y reconducir la situación con paciencia, tolerancia, comprensión y serenidad evitando perder los nervios ante quien con frecuencia los tiene definitivamente perdidos. Ya has superado la prueba. Ahora te cambias de ropa. El cansancio se hace más evidente. Han sido horas de tensión y por fin puedes empezar a respirar. No deseas otra cosa que volver a casa y relajarte. Respiras con ansia el aire de la calle al salir del hospital y emprendes la vuelta. Pero si crees que aquí ha acabado todo estás equivocado. En los días siguientes tienes que volver a reevaluar la situación, confirmar que todo va bien y esperar que no aparezcan nuevas complicaciones que pongan de nuevo en marcha la rueda del paciente complicado.
Esta es la vida real de un cirujano. Un aspecto no conocido. Una parte que no se ve de nuestro quehacer diario. Evidentemente no todos los cirujanos somos iguales. Como en todo tipo de personas, hay cirujanos más sensibles, más empáticos, más compasivos y otros más fríos, más distantes, más inexpresivos. Pero todos llevamos por dentro nuestro particular sufrimiento ante aquello que se instala en nuestra cabeza y nuestro pecho cuando se pone en marcha la rueda del paciente complicado.
Una vez, tuve que reintervenir una paciente mayor con la que había llegado a tener una relación especialmente enriquecedora. Era una auténtica señora que despertó en mí una profunda sensación de respeto. Cuando terminó la intervención, una vez recuperada de la anestesia, en Reanimación, le dije… Carmen, ya hemos terminado. Ha salido todo muy bien. Ella, con una mirada afectuosa me dijo: “Me alegro mucho. Por ti”. Comprendí que esa paciente había mirado dentro de mi alma y había comprendido lo que es la rueda del paciente complicado. Por encima de la apariencia de seguridad y autosuficiencia que mostramos a veces, dentro de nosotros existe un alma que se siente insegura y que sufre con el sufrimiento de nuestro paciente. Aquella persona que puso su confianza, plena, en nosotros. Y ese es un contrato que obliga para siempre. Un contrato que no se puede romper y que es intransferible.
Es duro. Pero también es gratificante. San Francisco de Asís dijo una vez: “Quien trabaja con las manos es un operario. Quien trabaja con las manos y la cabeza es un artesano. Pero quien trabaja con las manos, la cabeza y el corazón es un artista”. No somos omnipotentes. No somos infalibles. Somos seres humanos y no estamos libres de cometer errores. Pero yo me alegro de saber que tengo una profesión, que me permite sacar el arte que todos llevamos dentro.