
José Gómez Barbadillo. Hace unos días, escuchaba una conversación, en un negocio al que acudo frecuentemente. Se trata de un negocio modesto, de los de toda la vida, sin grandes pretensiones, en el que trabajan un padre y un hijo. Durante esa conversación, el dueño del negocio explicaba que el verano la familia lo pasaba en una casa que tenían en la playa. Contaba lo bien que lo pasaban los nietos y lo cerca que tenían la piscina. Y como en algunos momentos se juntaban más de veinte personas. Y lo decía con la satisfacción de una persona que ha trabajado duro toda su vida para construirse un futuro. Se me venía a la cabeza, lo mucho que han cambiado las cosas para bien en España para que una persona, con una forma de ganarse la vida modesta, pudiera disponer de una segunda residencia en un sitio de costa, aspecto éste reservado hasta hace unos pocos años para familias de un nivel económico medio/alto. Me alegro sinceramente por él. Es una persona de buen corazón a la que con los años he ido apreciando cada vez más. Pero sobre todo me alegro por esta sociedad en la que vivimos que avanza imparablemente hacia un futuro mejor.
A menudo escucho opiniones de gente próxima a mí, y no tan próxima, que expresan que el mundo cada vez está peor. Creo que ese pensamiento procede de no haber elegido adecuadamente el objeto de comparación. Probablemente para estas personas el mundo mejor con el que comparan el actual es el referente de su infancia. Por supuesto que la infancia y la adolescencia siempre resultan ser un mundo perfecto. Sin obligaciones. Sin responsabilidades… Quienes piensan así suelen ser personas conservadoras a las que las inquieta que cambien los criterios sobre los que consideran seguro su mundo. Se bien de lo que hablo porque yo he sido así mucho tiempo. Cuando la infancia es feliz, las personas son conservadoras. Cuando uno ha tenido una infancia desgraciada suele querer cambiar el mundo. Ya lo decía Jorge Manrique. “Recuerde el alma dormida… como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”.
Pero sinceramente no comparto esta opinión acerca del deterioro progresivo del mundo en que vivimos. Si miramos los siglos de historia podemos ver sociedades en las que la gente sin recursos se moría de hambre, los pueblos conquistados eran sometidos a la esclavitud y los reyes y príncipes, por ”derecho divino” disponían de la vida y las propiedades de sus vasallos. No existían los derechos humanos elementales. Nada de esto se mantiene hoy. Un primer hito en este cambio de mentalidad lo aportó el cristianismo con su idea de la caridad. Sobre esta base empezó a haber una preocupación por la gente más desfavorecida. Pero esta preocupación sólo se dirigía a paliar las consecuencias de la desigualdad, no a actuar sobre las causas. El movimiento obrero a finales del siglo XIX consiguió grandes avances en derechos laborales y con esta lucha el capitalismo se vió obligado a moderarse. El siglo XX consuma el cambio hacia un enfoque dirigido a combatir las causas de la desigualdad, mediante la plasmación en las constituciones modernas, de las ideas del liberalismo y la socialdemocracia, las dos vertientes anteriores de capitalismo y comunismo suavizadas por el juego de cesiones ocurrido durante el siglo anterior. Estas constituciones garantizan por primera vez derechos como la salud, la educación y la protección social, que pasan a ser financiadas con fondos públicos. Hoy, podemos decir con orgullo que nadie tiene porque morir de hambre, de enfermedades o de incultura en los países occidentales.
Dos informes recientes de la ONU y la OMS respectivamente arrojan cifras sobre la realidad del mundo en el año 2013
La esperanza de vida de cualquier persona nacida en 2013 es la mayor de toda la Historia. Estadísticamente la esperanza de vida en el mundo se coloca ya en los 73 años frente a los 68 del año 1990 y los 70,5 del año 2011. Se ha conseguido erradicar por completo muchas enfermedades históricamente mortales, y en algunos casos como el SIDA, cuyo número de infecciones ha disminuido en un 24% desde 2001, los nuevos tratamientos las han convertido en enfermedades crónicas aumentando la supervivencia del enfermo y su calidad de vida.
Hoy hay menos guerras, Siguen existiendo guerras, pero afortunadamente han disminuido y las tasas de fallecidos y heridos por conflicto armado siguen descendiendo. Uno podría pensar que han disminuido los conflictos armados pero que a cambio ha aumentado la inseguridad y la violencia dentro de las sociedades establecidas. Sin embargo, en 2001 las cifras globales registradas mostraban 557.000 asesinatos mientras que en 2008 solamente 289.000, una reducción de casi el 50%, reducción que sigue aumentando de manera que en la actualidad alcanza un descenso del 75%. Los informes mencionados señalan que en 2013 hay menos homicidios, menos asaltos y menos robos. Casi cualquier índice a considerar ha descendido de manera pronunciada durante los últimos años a pesar de la crisis… lo cual habla muy bien en cifras generales del comportamiento de los ciudadanos ante una situación tan difícil.
También hoy hay menos pobres. La primera de las metas fijadas en “Los objetivos del Milenio” de la ONU en el año 2000 era reducir a la mitad las cifras de pobreza extrema antes de 2015 y, según los informes de la ONU ese objetivo se ha cumplido… ¡en 2008! Siete años antes de lo previsto. Por lo tanto, podemos decir que en este momento estamos viviendo el momento de la historia con menos pobreza extrema.
Jamás hubo tanta cultura como hoy y jamás el acceso a la misma fue tan fácil. Hoy hay más música, más libros, más estrenos de películas y más cultura que en ningún momento de la Historia. Ni la Grecia clásica, ni los tiempos de la biblioteca de Alejandría, ni la Roma imperial ni el Renacimiento ni el siglo de las luces. Se acercan a lo que un joven de hoy en día puede encontrar con 10 minutos de búsqueda en google. En la última década el acceso a Internet ha experimentado un crecimiento anual imparable cercano al 30% en más de 60 países en desarrollo y los dispositivos móviles, de lectura y las redes sociales continúan creciendo de manera asombrosa.
Los porcentajes en educación a nivel mundial arrojan cifras increíbles hace un siglo. Un 81,3% de los seres humanos ya saben leer y escribir, un 57,7% han completado la educación secundaria y el porcentaje de abandonos en educación primaria se sitúa en el 18% de los alumnos que la iniciaron.
Esta mejora progresiva de las condiciones de vida de nuestro mundo la he podido apreciar directamente. Desde hace más de 10 años, visito todos los años Guatemala y Nicaragua participando en proyectos de cooperación. En el año 2004 visité Quezada, un municipio Guatemalteco del departamento de Jutiapas. Me entristeció ver las condiciones de vida de la gente tan diferentes de nuestro acomodado mundo occidental. En 2012 volví a Quezada. Era un pueblo dinámico, enfrascado en diversos proyectos urbanísticos que habían mejorado su aspecto externo. Pero sobre todo pude tratar con gente alegre, ilusionada que miraba hacia delante. ¡Era tan grande el contraste con el pesimismo existente en ese momento en nuestro país! En San Rafael del Norte, un pueblo nicaragüense que visito desde 2011 también me cautiva la alegría, la hospitalidad y la gratitud de un pueblo que se ha volcado en la educación de sus hijos y que camina hacia el futuro con esperanza en que la siguiente generación supere las carencias que tiene la actual.
Nunca ha habido menos hambre, menos enfermedades o más prosperidad. Vivimos en un mundo más sano, más pacífico, más seguro y más culto. Claro, esto no es así para nosotros, ciudadanos de países occidentales que hemos bajado un poco nuestro nivel de vida con la actual crisis. Pero la mayoría de los países en vías de desarrollo están saliendo adelante y se está superando la pobreza a mayor velocidad que nunca.
No hay que cantar victoria antes de tiempo porque no vivimos en un mundo perfecto. Los datos son fríos y no reflejan las millones y millones de experiencias personales que cada mañana tienen que afrontar los habitantes de este pequeño planeta. Siguen existiendo desigualdades, sigue habiendo pobreza y las injusticias se cuentan por miles. Que estemos mejorando no significa que no haya todavía un largo camino por andar. Pero sí es cierto que el mundo es hoy un lugar mucho mejor que hace un siglo.
Claude Bernard, un eminente médico y científico del siglo XIX dijo. “Quien no sabe lo que busca, no entiende lo que encuentra”. Podríamos decirlo a la inversa. Quien no entiende que este mundo es cada vez mejor es porque realmente no sabe qué mundo quiere. Se conforma con el mundo que recibe y quiere conservarlo a toda costa. Yo por mi parte me reafirmo en la esperanza. El universo empezó hace 15000 millones de años y una vida humana no es lo suficientemente larga para contemplar la plenitud del universo. Lo cual no quiere decir que esa plenitud no llegue. Se que no la veré. Pero elijo ser optimista en la seguridad de que mi hija y mis nietos y demás descendientes, si la vida me da la fortuna de tenerlos, vivirán en un mundo bastante mejor que éste.