Toñi Martínez. Como una vida, con sus placeres y sus momentos agrios aliviados en la espiritualidad, es el recorrido que se hace desde la Cuesta de Santo Domingo hasta la llegada a la plaza de toros en Pamplona. Mucho es lo que podemos aprender de “este correr”.
Del encierro, todos los momentos, todas las escenas merecen ser observadas con una mirada ávida de aprendizaje. No hay un momento ni tramo más especial que otro. Por ello y de la misma manera, también quedémosnos con todos los momentos especiales que han moldeado nuestra vida, principalmente aquellos que nos hicieron madurar con sus enseñanzas veladas.
Quiero contaros en primera persona un día cualquiera de un encierro en las fiestas de San Fermín, una bella historia a través de la que transmitiros las enseñanzas y valores que se pueden extraer de este corto a la par que emocionante trayecto y que podemos aplicar a lo largo de nuestra vida en el momento convenido por nosotros.
Siempre me sentí atraída por esta carrera particular. Durante 11 años estuve año tras año pidiendo estar allí. Como todo lo que se pide con fuerza, llegó y allí me vi en cuclillas a las 8 de la mañana subida a un paredón para ver pasar la manada. No me sentí extraña, todo lo contrario, una parte de mí era de allí, yo ya había estado antes allí (no me preguntes cómo lo sé). Mi alma se sentía ahora más completa vestida de blanco inmaculado y adornada con un pañuelo rojo al cuello y un fajín en mi cintura que yo misma había cosido en mi Córdoba, con toques del sur, con flecos como los rayos de este único sol, con felicidad y deseo de estar allí cuanto antes para decirle a los pamploneses que los cordobeses también sucumbimos ante San Fermín. Mi sorpresa iba en aumento cuando me iba encontrando con gentes de todo el mundo: ingleses, japoneses, argentinos, alemanes… Y esa fue la primera enseñanza que tomé del encierro: en la prosperidad o en la adversidad, el mundo unido hace más fuerte a la persona como individuo. Fuera las diferencias y las distinciones entre personas en los momentos decisivos, en los difíciles como éste, principalmente.
Al llegar desorientada, como se llega la primera vez a cualquier lugar, dejé ver en mi rostro la imagen del desconcierto. Y ahora, ¿dónde me pongo?, me decía para mis adentros, ¿qué hago? Como mi Ángel de la Guarda siempre va conmigo, un señor ya en la madurez se me acercó con una amabilidad y una elegancia dignas de mención. Su pregunta hoy me hace carcajear: -¿Es la primera vez que vienes? ¿Vienes sola? –Sí, es la primera vez que vengo y no, no vengo sola, me acompaña mi marido- fue mi respuesta. –Vente conmigo, dijo este señor con alegría y entusiasmo, que yo te voy a decir dónde te tienes que poner para disfrutar y que no te echen-. Eran las 6.00 de la madrugada y el sol norteño se resistía. Desde ese momento y hasta el día de hoy, Pepe, que así se llama el señor valenciano, ha estado presente en nuestras vidas, compartiendo más San Fermines hasta por teléfono cuando no hemos podido ir. Otra de mis enseñanzas recién llegada: procúrate una mano amiga en la vida que te ayude y te guíe con un bonito capote cuando no sepas para dónde ir, cuando te encuentres perdido y te sacudan las entrañas los miedos que llevas en silencio impidiéndote tener lucidez para escoger la dirección acertada.
A las 7.30 bajaba San Fermín saludando y sonriendo a los corredores dispuesto a ser posado en su hornacina. Su imagen bellísima, su poderío inmenso, era casi Dios en esos momentos mágicos. Bueno, en esos momentos es Dios (con permiso de El). Para entonces ya había conocido a corredores veteranos, a médicos voluntarios, a espectadores venidos de toda la geografía española. Un gallego, con todo el arte del mundo, admiraba sin resistirse la elegancia con la que iban vestidas algunas señoras y señores para contemplar el encierro. No se explicaba por qué había personas que se esmeraban en cuidar su indumentaria para ver pasar los toros. He aquí otra de mis enseñanzas: recibe cada nuevo día bella como Venus, bello como un David. Dale belleza a tus días, esa que llevas dentro en primer lugar, ésa que sale en forma de sonrisa mientras tus ojos brillan y no olvides cuidar tu aspecto físico para mostrarle al mundo lo mejor de ti. La vida te dará por igual: belleza y más belleza.
Cada vez estaba más cerca el gran momento!!!! Notaba cómo mi temperatura iba en aumento. La tensión en los corredores era rojo pasión en sus rostros y ese calor provocado por el rojo, por la tensión es contagioso, doy fe. Daban saltitos, hacían flexiones, estiramientos, rotaban sus cuellos no importándoles las miradas ajenas. Los saludos entre compañeros eran efusivos, con amor verdadero y respetuoso. Se profesaban admiración unos a otros y se deseaban suerte fundidos en abrazos y en sonados aprietos de manos: compañeros de profesión, padre e hijo, amigos de cuadrilla, corredores convertidos en amigos que el tiempo crea. El amor, el respeto, la admiración a los que te rodean y acompañan también deben estar presentes en la competición y en tu cotidianidad. Te ayudará a llegar a la meta más ligero, sin extenuación. Otra enseñanza más.
Son tres los cánticos que se le hacen a San Fermín y son tres porque Dios así lo dispuso para que a los corredores que hacen el último tramo les dé tiempo a llegar ya rezados y encomendados al santo para que interceda ante el Todopoderoso y lleguen con vida viendo como su deseo se ha cumplido. Qué momento más divino, nunca mejor dicho! Me quedé en mi sitio durante el primer cántico, pero amigo mío, al segundo ya no me resistí. No pude aguantar más y, periódico en mano, me puse a cantar rodeada de corredores “a San Fermín pedimos por ser nuestro patrón nos guíe en el encierro dándonos su bendición. Viva! Gora!” En euskera solo me sabía el “viva”. Dios es listo hasta para entender a los vascos hablando euskera, que eso sí que es difícil. Sentí, vi, toqué, olí, paladeé y escuché el momento espiritual que allí se vivió. Mis cinco sentidos estaban agitados. Y otra enseñanza de nuevo: estés donde estés, Dios o la vida o Alá (da igual como quieras llamarlo) siempre te va a obsequiar con lo mejor que en ese momento haya dispuesto para ti. Cuida tu espiritualidad, ten fe y sentirás como la providencia está a tu lado cuando creas que puedes perderlo todo. Ella que nunca te dejará sin nada.
7.55 de la mañana.Todos salimos corriendo si hay que correr tras finalizar el último cántico y, más que todos, corrí yo. Reconozco mi cobardía pero es que para correr delante de un toro hay que servir y yo no valgo para esto. Mi admiración al que es capaz. Mi corazón a estas alturas ya no latía al ritmo normal de los humanos. Era el de un caballo a pleno galope tras dejar atrás una senda angosta. Voces suaves tras el silencio en el cántigo en señal de respeto, miradas al frente, cabezas altas, piernas preparadas durante tiempo, cuerpos alertados sin miedo, sin mente, sólo con el corazón, con los sentidos en punto muerto todos excepto el oído puesto en quinta o sexta. Los que estábamos apartados de la calle sólo teníamos susurros de ánimo y suerte para esos valientes, miradas compasivas, deseo de volverlos a ver mañana… Va a estallar el cohete, está a punto! No paraba de recibir enseñanzas! Esta era muy clara: en la vida hay que tener una aptitud adecuada, buena, tanto en el asunto que nos encontremos, nos vayamos a enfrascar o si ya estemos en él. Es la mejor manera de poder conseguir llegar a la meta con éxito. Descubre para qué sirves y prepárate. El triunfo lo tienes garantizado. Confía en ti. Si no te crees capaz de algo, retírate con humildad que es valentía en estos casos, que no cobardía.
IIIIIIsssshhhhh Pummmmmm!!!! Y se abre la puerta de los corrales. Lo que a continuación sucede hay que vivirlo, faltan las palabras para describirlo con exactitud, con la lentitud y el esmero que requiere la narración de un paisaje como éste. ¿Cómo se puede describir la fuerza de la naturaleza, humana y animal en su estado de defensa o ayuda uno junto al otro, con el mismo destino pero con diferentes intereses? El toro corre, el hombre también. El animal cabecea, el hombre también. El bravo pega cornadas al aire, el hombre agita sus brazos. Es un baile, una danza mágica con velos blancos, rojos y negros, con melodía celestial e infernal, con aromas salvajes y primitivos donde los sabores son agridulces a la par. ¿Quién vence a quién? ¿Quién gana a quién? Los dos ganan y los dos pierden. Empatan a fin de cuentas. Es la naturaleza quien vence, lo que hay en ella de divino, humano y animal. Ahora te dejo a ti escribir la última enseñanza, la más importante porque es la tuya. Te invito a que conozcas el encierro, te hará vibrar. ¡Viva San Fermín! ¡Viva!