Patricia Monterroso. A nadie le resulta extraño escuchar en la provincia de Córdoba apellidos como Wic, Mayer, Hamer o Reiff. Éstos son el legado de aquellos antepasados alemanes y flamencos, principalmente, que un día decidieron probar fortuna en nuestro país ante la propuesta del entonces Rey de España Carlos III. El regidor quiso poblar las tierras inhabitadas de Andalucía y, para ello, llegaron de Europa colonos que en solo 248 años, como es el caso de la provincia de Córdoba, han creado pueblos con identidad propia. Y es que en 2017 se cumple el 250 aniversario de la promulgación del Fuero de Población con la que se fundaron las Nuevas Poblaciones. La Carlota, Fuente Palmera y San Sebastián de los Ballesteros fueron las colonias creadas para formar parte, junto a otras en la provincia de Jaén y Sevilla, de las Nuevas Poblaciones.
Las Nuevas Poblaciones de Andalucía y Sierra Morena fueron una intendencia española cuya creación se inició hacia 1767, durante el reinado de Carlos III, y que fue suprimida en 1813. Durante su existencia, las Nuevas Poblaciones fueron la “quinta provincia andaluza”, con el mismo nivel político y administrativo que los cuatro reinos de Andalucía: Córdoba, Jaén, Sevilla y Granada.
Su creación se debe a un proyecto de Campomanes encomendado a Pablo de Olavide, que consistía en poblar las grandes extensiones despobladas existentes en el curso del Camino Real de Andalucía: el desierto de Sierra Morena o de la Peñuela, en el reino de Jaén, el desierto de La Parrilla, entre Córdoba y Écija, y el desierto de la Monclova, entre Écija y Carmona. El objetivo era favorecer la seguridad del tráfico de personas y mercancías que circulaban por el camino de Andalucía, especialmente de los peligros derivados del bandolerismo. Para ello se fomentó en esos lugares la agricultura y la industria, atrayendo colonos centroeuropeos católicos, principalmente alemanes, flamencos y suizos.
Los colonos que llegaron hasta tierras cordobesas, captados en parte por el Teniente Coronel D. Juan Gaspar de Thurriegel, vivieron un experimento social que demostró que se pueden unir culturas y que aquella unión nos ha dejado en la provincia un extenso, rico y valorado patrimonio.

Carlos III repartiendo tierras a los colonos de las Nuevas Poblaciones, de Victorino López (Alcázar de Segovia).
“Mis antepasados eran alemanes, muchos de mis vecinos y amigos tienen como antepasados alemanes, franceses o suizos. En la provincia de Córdoba tenemos el ejemplo de que la diversidad sí funciona pues aquí tuvo lugar la única experiencia de colonización con extranjeros de toda la historia de España“, cuenta el historiador carloteño y profesor de la Universidad Loyola Andalucía, Adolfo Hamer.
Sin duda era toda una aventura la que emprendían los colonos europeos que decidían dejar su hogar y probar fortuna en España. Algunos obtuvieron suerte, otros tuvieron que regresar a sus países. “Por ejemplo, Clericó (proveniente de Italia) estuvo aquí una temporada, no tuvo suerte, estaba de agregado en una suerte, y se volvió a su país. Allí aprendió cocina pero no consiguió casarse así que volvió a España donde fue contratado por el Subdelegado Quintanilla como su cocinero. El propio Quintanilla le buscó esposa y aquí se casó”, narra el también cronista oficial de La Carlota y las Nuevas Poblaciones de Andalucía.
Aunque este no fue el único caso de colonos que tuvieron que abandonar las tierras cordobesas, algunos incluso huyeron por miedo. “La zona de Segundo departamento, Quinto departamento y el Primer departamento de Fuente Palmera, El Villar, estaban muy cerca de Écija y sufrían la quema de sus cultivos por los ecijanos. Y es que para fundar las nuevas poblaciones se ocuparon tierras baldías de Écija. Todo El Villar, Silillos, Cañada Rabadán, Fuente Carretero, los Algarbes y parte del Garabato eran de Écija, es decir, en torno a 14.000 fanegas de tierra. A la gente de a pie le disgustaba porque le estaban dando tierras a extranjeros y no a ellos. Pero sobre todo enfadó a los concejos ya que usaban las propiedades públicas en beneficio propio, arrendándoselas entre ellos, por lo que azuzaban al agricultor de a pie diciéndoles que les estaban robando lo que era suyo”, explica Adolfo Hamer.

Real Cédula aprobando la introducción de seis mil colonos alemanes y flamencos para establecer las Nuevas Poblaciones (1767). / Foto: http://ceesneo.wix.com/
A pesar de las idas y venidas de muchos colonos, lo cierto es que aquí hicieron su vida muchos centroeuropeos, que hicieron de Fuente Palmera, San Sebastián de los Ballesteros y La Carlota su hogar. Un hogar que a punto está de cumplir sus 250 años de vida, una vida marcada por culturas totalmente diferenciadas del resto de Andalucía. Aquí, todavía hoy, se conservan costumbres traídas por los colonos y que han perdurado en el tiempo, como la elaboración del huevo de Pascua. Esta fiesta ha sido siempre muy popular en otros pueblos andaluces, especialmente en las localidades jiennenses de Montizón, Aldeaquemada y Guarromán, así como en la sevillana Cañada Rosal, donde tras su independencia como municipio se ha convertido en todo un elemento de identidad para sus vecinos. La tradición de pintar huevos en Pascua de Resurrección se ha mantenido viva a lo largo de su historia, siendo trasmitida de madres a hijos.
Pero al igual que las tierras cordobesas y la vida en ellas se adaptó a los colonos y se aceptaron sus costumbres, ellos también tuvieron que adaptarse a nuestro país.
El colono no podía trasportar muchas cosas, si acaso ropa de abrigo, algún libro y algunas monedas, tal y como explica Hamer, si bien “ese dinero no servía para pagar aquí y tuvieron que adaptarse a la gran variedad de monedas que aquí existían: maravedíes, pesos, duros, fuertes, etcétera. Al cambiarlas, pocos fueron los que decidieron guardar sus monedas por lo que no se conservan muchas del siglo XVIII. Lo que resulta interesante fue la aparición de una moneda francesa de la época de Luis XVI en la suerte del colono Hertfelder, por lo que todo apunta que pudo traerla aquella familia hasta Córdoba”.
Otro gran ejemplo de su adaptación al nuevo hogar se refleja en los nombres de los colonos, que tuvieron que castellanizarse. “Seguramente nadie se parará a pensar que la W no existía ni existe en nuestro alfabeto. Es un extranjerismo, no forma parte del alfabeto latino, solo que la hemos incorporado porque no nos ha quedado más remedio al existir palabras con W. Pero en el siglo XVIII había grandes problemas a la hora de pronunciar y escribir apellidos como Wals o Wic ya que esa letra aquí no la conocía nadie. Finalmente tuvieron que interpretarse y muchos los trascribieron poniendo dos uves de manera que al leerlos fueron interpretados fonéticamente como <vu>, de ahí que escuchemos a nuestros mayores decir apellidos como Uvals y Uvic”, aclara Hamer. Y es que, sin duda, la no existencia de una letra condiciona la permanencia o modificación de una palabra, si bien la mayoría ha tendido a simplificarse. Lo mismo ocurrió con la H inicial de todos los apellidos de colonos, que se ha mantenido a pesar de ser muda en nuestro alfabeto, lo que no ocurría en alemán, de ahí que se optara por aspirar la <h> al pronunciar esos apellidos, permitiendo que no se deformen y conserven su H inicial, excepto Imber, que se modificó en Fuente Palmera.
Pero no solo nos dejaron los colonos tradiciones y nuevas letras en el alfabeto, también sus facciones siguen hoy presentes en muchos cordobeses. Eso sí, no todos eran rubios con ojos azules. “Eso es otro pequeño mito. La gente piensa que todos los colonos eran rubios con ojos azules pero no es cierto. Eso es una construcción del siglo XIX, principios del XX. Los alemanes del sur de Alemania no tienen esos rasgos nórdicos. Lo que sí eran muy altos todos los colonos, teniendo en cuenta que los españoles no superaban en su mayoría el 1,60. Y sí hay unos rasgos físicos muy germánicos, principalmente la zona de las cejas muy prominente”, apostilla el historiador cordobés.
Otra diferencia que marcó a las nuevas poblaciones y las tradiciones de aquellos colonos estuvo relacionada con sus difuntos. “Ellos no quería que fuesen enterrados en las iglesias porque iba contra la salubridad de la Colonia. Hubo que construir cementerios fuera de las ciudades y de ahí que el de La Carlota fuese el cementerio civil más antiguo de España, datado en 1769″, apunta el historiador. Allí se enterraron todos los colonos, desde los primeros que llegaron a la provincia hasta los actuales. “Es la única colonia que sabe donde están los restos de sus antepasados, si bien no existen lápidas con todos los nombres puesto que era un cementerio muy pequeño y había que ir moviendo los cuerpos”.
El fundador de las Nuevas Poblaciones fue el Rey Carlos III si bien nunca pasó por allí. Solo pasó por las nuevas poblaciones cordobesas en dos ocasiones, mucho antes de fundarse La Carlota y mientras aún era Infante. “Fue cuando Isabel de Farnesio, mujer de Felipe V, que sufría crisis psicóticas, decidió trasladar la corte a Sevilla, entre 1729 y 1733″, apunta Hamer. Carlos III tiene que viajar a Sevilla para posteriormente desplazarse a Parma, en Italia, pues hay que recordar que fue la madre de Carlos III quien logró que se le adjudicaran estas tierras a su hijo y se le nombrara Duque de Parma que, por cierto, se permutará posteriormente por Nápoles, llegando a ser Rey de Nápoles”. Solo durante ese viaje, Carlos III pasó por las tierras que posteriomente decidiría fundar con colonos y que son hoy Fuente Palmera, La Carlota y San Sebastián de los Ballesteros.
andres wis rodriguez
30 julio 2015 a las 7:13 pm
soy de La Carolina he leido el comentarios de el fundador de las Nuevas Ploblaciones y de sua apellidos el wic que pones creo que es WIS en lugar de WICsegun partida de nacimiento de SANTA ELENA esta en la partida de BAUTIMOS DEL 1700 Y PICO mi numero de telefono es 610 732 511por si te interesa mas informacion con mucho gusto hablamos un saludo. tu narracion PRECIOSA Y DE GRAN CONTENIDO HISTORICO
jose siles
13 octubre 2015 a las 8:55 pm
Gracias por este articulo,tengo algunos antepasados franceses natural de un pueblo cerca de Toulouse,francia,que se establecerion en Montemayor durante el siglo 17.El appellido prevost se cambio en prebost ou prebot.