Jesús Martínez Alcántara. A menudo escucho a la gente quejarse de su edad, ya sea porque ansía el poder de decisión que dan los dieciocho, la vitalidad de los veinticinco, la estabilidad de los cuarenta o la posibilidad de cambiarlo todo de los cinco…
Personalmente, pienso que cada edad tiene sus pros y sus contras, sus cosas buenas y malas que en cada etapa de nuestra vida debemos saber valorar y aprovechar. A mis veinticuatro años de edad, no sé cuántas veces me han dicho cómo debo vivir mi vida, cuándo debo trabajar o sacarme el carné del coche, hasta cuándo debo estudiar o a quien tengo o no que aguantar como mi pareja.
Amigos, conocidos y desconocidos, tengo algo que decíos: mi vida es mía y la vuestra, de vosotros. No dejéis que nadie cambie eso y, si creéis en vosotros mismos, en la posibilidad de cambiar vuestra vida con respecto a quienes os dicen cómo vivirla, debéis hacerlo, debéis creer en vuestras posibilidades y tenacidad para lograrlo, porque sólo vosotros conocéis realmente vuestras necesidades y metas para la etapa en la que estáis viviendo y debéis tener claro que, una vez termine, sus posibilidades desaparecerán con ella.
Si a mis once o doce años me hubiesen dicho que jamás volverían a dejarme subir a las camas elásticas de las ferias, habría aprovechado como nunca mi último año para disfrutar una tontería tan grande como esa que, sin embargo, se fue sin que me diese cuenta. Es posible que se trate de un ejemplo tonto, pero puedes aplicarlo a cualquier trabajo que nunca aceptaste por miedo a no dar la talla, a una relación que nunca intentaste por inseguridad, a un viaje que quisiste hacer años atrás y, por lo que sea, ya no es viable.
Sólo tenemos una vida que está llena de posibilidades infinitas, sí, pero dentro de un espacio de tiempo concreto. Escuchad los consejos de los demás, pero no os olvidéis de vosotros mismos y vuestras necesidades para cada etapa única e irrepetible en vuestro camino.
Vivid vuestra vida, cometed vuestros errores y asumid el éxito o fracaso de vuestras decisiones porque, al final, cuando todo esté acabando, quizás echéis de menos la sensación de libertad de los dieciocho, la vitalidad de los veinticinco o la estabilidad de los cuarenta, pero espero que jamás deseéis, al final del camino, poder tener cinco años otra vez para cambiar todo lo que habéis y, sobre todo, lo que no habéis vivido.
Comentarios recientes