2 septiembre 2014
José Gómez Barbadillo. Os quiero presentar a Emilio. Emilio es un paciente mío. Y lo traigo aquí porque me ha enseñado mucho estos últimos días.
Emilio es una persona de 44 años que hace un año tuvo la mala fortuna de encontrarse con un cáncer de recto en su vida. Como las desgracias nunca vienen solas, la enfermedad, tremendamente agresiva afectaba además a la vejiga urinaria y uno de los dos uréteres. Después de un dilatado tiempo en el que discutíamos y discutíamos que era lo mejor para él… que si quimioterapia primero, que si radioterapia mejor, que si cirugía, “pero…, es que es un caso muy difícil”… decidí que necesitaba una operación aún a sabiendas de la dificultad y el riesgo que entrañaba. Lo operé hace algo más de un año. Extirpar la enfermedad necesitó de un abocamiento del colon y de los uréteres a la piel lo cual lo dejó con dos bolsas para recoger heces y orina. Aún así, nunca vi a Emilio una mala cara. Incluso tuvo una complicación por la que tuvo que ser reintervenido. Pero ni por esas. Cuando me veía se reía. Le preguntaba por qué y me decía que porque se alegraba de verme.
Este año he tenido que reintervenirlo de nuevo. La operación fue difícil pero salió bien. Sin embargo a los dos días tuvo una hemorragia masiva. Puesto en la disyuntiva de intentar controlar la hemorragia con una nueva intervención fui consciente de que la cirugía había llegado a su límite y que, aún pudiendo hacer muchas cosas desde el punto de vista quirúrgico, difícilmente podíamos hacer algo que realmente le ayudara y no le complicara más la vida. Fue la decisión más dolorosa que he tomado en mi carrera de cirujano. Dejar morir a un paciente a quien apreciaba profundamente, convencido de que no había nada más que pudiera hacer, fue una decisión que me produjo una gran frustración. Me fui del hospital ese día con lágrimas en los ojos, despidiéndome de Emilio, que estaba chocado e inconsciente. A la mañana siguiente, al volver, convencido de que Emilio habría fallecido, me encontré con un Emilio riéndose y pegando saltos en la cama. Sorprendentemente la hemorragia había cesado y Emilio se había recuperado. Embargado por la emoción me acerqué a él y le cogí de la mano. “Emilio, me alegra muchísimo verte” le dije. “Yo también” me dijo. “Sí. Pero es que ayer estabas muy malito”. “Ya. Pero hoy ya estoy bien” me dijo riéndose.
En los días siguientes fui acercándome cada vez más a él consciente de que la vida no había puesto a Emilio en mi vida por casualidad. “Eres una gran persona” le dije un día. “¿Recuerdas lo que te dije el año pasado cuando me operaste?” me preguntó a bocajarro. No lo recordaba. Pero el se empeñó en explicármelo. “El año pasado, cuando me ibas a operar yo pregunté a las enfermeras como eras. Todas me dijeron que estaba en muy buenas manos. Y lo he comprobado. Así que si yo soy bueno y tú también, esto no tiene más remedio que salir bien”. Mis lágrimas estuvieron a punto de desbordarse al escuchar estas palabras. Tanta confianza y tanta esperanza sólo pueden proceder de un corazón en paz. Poco antes, me había preguntado si para el fin de semana podría estar de alta ya que era el bautizo de un sobrino y el era el padrino. “Claro que sí” le dije. “Que suerte tiene tu sobrino de tener el pedazo de padrino que va a tener”.
Sólo una vez vi contrariado a Emilio. Cuando le di el alta para ir al bautizo, a última hora le expliqué que mejor se quedaba 24 horas más para poder retirar con seguridad un catéter que tenía insertado en la arteria. Ya había avisado a su familia. Aún así me dijo que si tenía que quedarse se quedaba. ¿Y quien es el guapo que le dice que no?. Reingresó tras el bautizo. Completamente feliz. Se le retiró el catéter y hace unos días se fue de alta.
Emilio me ha enseñado que cada uno decide como quiere que sea su vida. Podemos elegir lamentarnos, quejarnos, estar tristes, quedarnos con lo negativo. O podemos elegir vivir con lo que la vida nos da. Con lo bueno y con lo malo. Con Emilio he recordado algo que con frecuencia perdemos en el día a día de la consulta que no acaba, del quirófano que va mal, del agravio que no podemos soportar, de la queja por el jefe, del gesto que malinterpretamos del compañero,… Lo que he hecho consciente es que tengo mil y un motivos para estar agradecido. Agradecido por vivir. Porque la vida es una lección que cada día nos da la oportunidad de aprender y mejorar. Y quien ha aprendido ya todas las lecciones es capaz de ser feliz en la adversidad. Con dos estomas, con múltiples reintervenciones y con un pronóstico incierto. Pero también con una sonrisa en la boca, con una familia agradecida, con un ahijado afortunado… y también con un pobre cirujano con la boca abierta.
John Lennon, el mítico componente de la banda “The Beatles”, escribía en una canción. “La vida es aquello que pasa mientras estás ocupado haciendo planes”. Y así suele ser. Nos perdemos el disfrutar del momento presente acosados la ansiedad ante el futuro. Pues ya no quiero hacer más planes. Hoy una vez más, reafirmo mi compromiso de vivir el presente, agradecido por las muchas cosas buenas que hay en mi vida. Pero también por las malas. Porque si soy como soy es porque he aprendido de las adversidades y sacando mi determinación, he luchado por salir delante y me he hecho más fuerte.
Gracias Emilio.
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