José María Martín. Una historia contada y cantada sobre el maravilloso mundo del blues necesita un ambiente interiorista, algo muy íntimo, como si estuvieras en el salón de una enorme mansión sureña, con una gran chimenea y velas por doquier, con alguien que te importa, te emociona y a quién quieres impresionar. Una luz tenue, rodeada de sonidos con personalidad: una voz ronca gutural desgarrada, o una voz femenina cargada de intención, pueden hacer que tu velada sea tan diferente que empezarás a amar el blues sin paliativos. ¡Cualquier camino es bueno para amar el blues! La seducción de sus sonidos embriagan a la persona hasta hacerla esclava del ritmo. La sensación de miedo que sobrecoge tu alma en esos momentos en los que el blues cadenciosamente se derrama a tu alrededor evocando viejos y ancestrales rituales demoníacos,
¿Tendrá algo que ver el blues con el vudú? New Orleans, el diablo, el vudú y el blues, excitante combinación. Caminando por las calles de New Orleans puedes escuchar el origen de toda la música que nos apasiona, hueles el peligro en sus rincones más oscuros y sientes un cosquilleo en la nuca que te indica que el diablo anda al acecho. New Orleans es musicalmente el gran embudo de América, todo lo que bajaba o subía por el Mississippi sedimentaba allí. Allí se cocinaron a la vez jazz, blues, zydeco y vudú, a fuego lento durante años y muchas de las canciones compuestas por sus artistas versan sobre esa ancestral religión y sus prácticas. Habitualmente se han asociado estas músicas con el diablo, pero no exactamente ese concepto malvado del diablo cristiano, sino más bien con un ser al que se considera un “viajero”, también conocido como el “hombre negro grande”, una entidad que abre caminos y otorga talento y si no que se lo pregunten al genial Robert Johnson (Robert Leroy Johnson, Greenwood, Mississippi, 8 de mayo de 1911, 16 de agosto de 1938) en su encuentro en un cruce de caminos en Clarksdale (Mississippi) entre las carreteras 49 y 61. Cuenta la leyenda que Robert Johnson se encontró con el mismísimo Lucifer en un polvoriento cruce de caminos, y que éste le propuso entregarle el secreto del blues y hacerle conseguir un dominio de la guitarra como nadie más podría alcanzar. El precio: entregarle a cambio su alma.
El vudú se encuentra entre las religiones más antiguas del mundo. El tráfico de esclavos hacia América produjo un fuerte fenómeno de sincretismo entre las complejas y ordenadas mitologías de las diferentes culturas africanas al verse mezcladas con las creencias cristianas o de otras religiones nativas de los lugares donde arribaron los esclavos arrancados de África. El sincretismo no es más que la unión de dos culturas o ideologías para formar una nueva. Y este fenómeno se da cuando dos sistemas religiosos, con todas sus creencias, costumbres, ritos, formas de organización y normas éticas respectivas se unen para formar un sistema nuevo.
Si bien el sincretismo es un resultado natural del matizaje, a su vez permite dar cauce a la energía creadora de un pueblo cuando sus propias obras culturales están prohibidas, controladas o dominadas. Es la combinación de dos visiones del mundo: en la sincronización es donde se da el tan mentado encuentro de culturas; es la forma de sobrevivir de la cultura dominada en el caso de una conquista, una guerra o migraciones masivas de personas de un lugar a otro.
Del sincretismo que tuvo lugar en el nuevo continente además del vudú americano surgiría el vudú haitiano y un gran número de derivativos: la Regla de Ocha o Santería en Cuba, la Santería en República Dominicana, el Candomblé, la Umbanda y Kimbanda en Brasil, así como las manifestaciones africanistas en Puerto Rico y los demás países del área del Caribe, etc…
En el vudú se considera que existe una entidad sobrenatural última, llamada de diversas maneras, siendo las más habituales Bondye, término derivado del francés bon Dieu (buen Dios) o Mawu (en ocasiones se hace referencia a una pareja, Mawu y Lisá), regente del mundo sobrenatural, deidad suprema que permanece ajena al mundo de los humanos, por lo que la comunicación con ese mundo sobrenatural ha de llevarse a cabo a través de los numerosos loas: el Barón Samedi, la Maman Brigitte, Damballa, etc, …entidades también sobrenaturales que actúan como deidades intermediarias y que conforman de hecho el eje central del vudú, teniendo cada uno de ellos una personalidad diferente y múltiples modos de ser alabados: canciones, bailes, símbolos rituales.
El vudú en sus principios carecía de un clero y de una liturgia propia debido a que fue una religión perseguida por los esclavistas, que obligaban a sus esclavos a convertirse al cristianismo. El vudú ha sido y un fuerte referente en la cultura popular debido a la atribuida capacidad de los bokor para resucitar a los muertos y hacerlos trabajar en su provecho (zombis), así como la de provocar la muerte a voluntad. El Bokor (brujo) es un sacerdote de la tradición Petro del vudú. Dentro del vudú existen varias tradiciones, diferentes todas entre si y algunas de ellas se enmarcan en lo que se conoce popularmente como vudú blanco, tradición del vudú más entroncada en la luz, la denominada magia blanca, limpieza de espíritus, manipulación del amor para conseguir enlaces deseados y no tiene nada que ver con manipular voluntades.
Sin embargo la tradición Petro del vudú trabaja con otro panteón de espíritus, más densos y dañinos, con resultados mucho más sensacionales. El vudú Petro si manipula a los espíritus y rompe con los patrones de la magia blanca, pudiendo ser considerada una forma de magia negra.
Siempre ha tenido muchísimo interés popular en el vudú, como elemento folcklórico y tradicional, los denominados muñecos de vudú, muy referenciados en la literatura y el cine. A dichos muñecos, pequeños fetiches con forma humanoide fabricados con diversos materiales, la creencia popular los asociaba al espíritu de una determinada persona y se creía que lo que se inflingía al muñeco, lo sufría en realidad la persona representada. Así dentro de los rituales de magia negra se clavaban agujas al muñeco en algún lugar del cuerpo o se le aplica algún tipo de martirio, y la persona vinculada sufra algún tipo de mal o una maldición.
Otra creencia popular que ha recibido una inmensa atención mediática es la figura del loup-garou, lougarou, hombre lobo, licántropo, ser demoníaco resultante de la transformación de una persona atrapada en una maldición por la que se transformaba en hombre lobo bajo la atracción de la luna llena.
Uno de los primeros artistas en introducir el concepto de vudú en la música popular fue el incomparable Screaming Jay Hawkins, pionero del rock teatral y maestro de Alice Cooper y Marylin Manson, que combinaba su voz sopranesca con espectáculos impactantes y macabros; ataúdes, calaveras, enormes serpientes y referencias al vudú.
Si hablamos de vudú y de New Orleans es obligatoria referencia Dr John, John Rebennack, leyenda viva de la ciudad que introdujo la tradición del vudú a toda una generación, la hippy en los 60 y 70. Comenzó su carrera como guitarrista, pero en un altercado en un hotel de Florida le dispararon en el dedo anular y tuvo que pasarse al piano.
Desde que se lanzó en solitario siempre apostó por una cuidada puesta en escena, con vestimentas inspiradas en el culto a la magia, el vudú y el paganismo afrocubano. Tomó el nombre de Dr.John de una de las grandes autoridades del vudú, el Dr John Montaigne, líder de la comunidad negra a finales del S XIX y temido por los poderosos por sus conexiones con la tradición Petra. Su primer disco: Gris Gris, jugueteaba alegremente con el vudú, mezclando la música propia de New Orleans: blues, jazz, zydeco, con la psicodelia, incluso el funk, en un extraño ritual sonoro que hipnotizaba. La relación del blues con el vudú se extendió mucho más allá de las fronteras de Lousianna. Uno de los pioneros de la harmónica blues atrapado en la atracción vudú fue el irascible Sonny Boy Williamson, un tipo de talento precoz que enseguida abandonó su Jackson natal para viajar a Chicago.
Pero tontear con el diablo no es recomendable para nadie y menos para un bluesman. Si no que se lo pregunten a Robert Johnson (envenenado por un marido engañado en la barra de un local donde estaba tocando) o a Sonny Boy Williamson que se dio cuenta de esta recomendación un poco tarde, en 1948 cuando tras una actuación en The Plantation Club (en el South Side de Chicago) algún marido celoso o algún rival más irascible que él le clavó un picahielos en la cabeza, o pregunten en el Clarksdale’s Riverside Hotel donde la mamá del blues Bessie Smith se encontró con la muerte después de sufrir un accidente en la carretera 61. ¿Casualidadades? ¡Ya hablaremos del club de los 27!
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