José María Martín. No recuerdo ni como, ni cuando, ni donde ocurrió. Solo sé que no era y que de repente fui.
Me desperté inmerso en un “a modo de” atlas sonoro absolutamente desconocido para mí pero que no me daba la sensación de nuevo por desconocido. Había un deje vagamente familiar en esa cadencia voluptuosa y sensual, en ese ritmo trepidante y melancólico que ora se tornaba sereno e íntimo, ora enloquecía lleno de compás.
Al dar mis nuevos primeros pasos comprendí que otra vez había ocurrido. La maldición de mi existir seguía a mi lado fuerte, con paso firme, sin detenerse a pensar en algo que no fueran sus maquiavélicos objetivos planteados en la mismísima creación.
De nuevo aunque no sabía dónde estaba: ni época, ni tierra. El lenguaje del sonido me hablaba de manera clara y nítida, y yo lo comprendía perfectamente. Sonidos provenientes de mil artilugios extraños e incomprensibles y voces de tonos diferentes se fundían en un solo mensaje armónico, con cadencia de palabra, un crisol de sonidos que se encontraban inmersos en una única envolvente sonora y sobrecogedora y que mi mente volvió a definir de forma inequívoca: de nuevo la música inundaba mi ser y me hablaba con claridad antes de saber quién era y donde estaba.
¡Sí! Realmente tengo motivos para sentirme y creerme diferente a lo demás conocido. Cada día que intento retomar mis recuerdos me encuentro en un almacén vacío. Sé que deben estar ahí pero soy incapaz de encontrarlos y solo la música me permite recordar vagamente que existo desde hace mucho tiempo, que entiendo ese lenguaje y que una nueva vida se empieza a formar a mi alrededor ¿cómo siempre…? ¡No lo sé…!
La cadencia, intensidad, ritmo y éxtasis de los sonidos eran nítidas palabras en mis oídos a través de las sensaciones que generaban en mi alma. De repente los sonidos se transformaban en una gran masa de agua en movimiento, con cadencia acompasada, con continuidad rítmica, sensual, y la primera imagen visual que se formaba en mi interior era a partir de esa paz y serenidad, de esos sonidos y que rápidamente sugerían a mi ser una primera palabra mágica: el mar.
El mar; principio y fin; siempre me mostraba mi alma cautiva, me la presentaba, y al hacerme de “cicerone” me devolvía a la realidad del momento. Mis despertares siempre tuvieron lugar después de que los sonidos crearan en mi mente la primera palabra, la que me daba el soplo de vida y alumbraba mi nuevo existir: el mar. Y así el mar se convirtió en el elemento de unión entre el presente que me tocaba vivir y el pasado desconocido que pretendía salir a la luz, aunque sin conseguirlo.
De nuevo estaba aquí, vagamente consciente, en medio de una oscuridad que empezaba a romperse por pequeños rayos de luz que se filtraban entre sus sombríos mantos y envuelto en sonidos indescriptibles y bellos. Lentamente pude abrir los ojos que tardaron un tiempo indefinido en completar su labor, pude aclarar mi cerebro para que permitiera que la luz a mi alrededor fuera dando forma a los componentes misteriosos que me rodeaban y así mostrarme en imágenes lo que las sensaciones producidas por los sonidos me llevaban diciendo desde hacía ya un tiempo: estás en una nueva realidad y ¡tienes que empezar a vivirla! La música es esa realidad. ¡Vívela! Puro sentimiento personal.
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