LA LOCURA MAS CUERDA DE LA NAVIDAD

DiagonalCQ

Que extraño todo, cada año la Navidad es una fiesta que de seguir adelantándose terminará en puertas del verano, claro eso, y que algunos lo celebran tanto, que se olvidan de que están celebrando. Esto me recuerda a una conversación con Pepe, que decía aquello de que tanto se preocupó tanto aquel bodeguero por como debían ser las botellas, que al final se olvido de echarles el vino. En fin normal que tanta luz nos aturda.

Hoy os propongo un plato muy diferente, un menú solo para valientes.

Un buen puchero. Siempre se ha caracterizado por llevar de “tó”, de todo aquello que se pueda imaginar, y aún así sigue saliendo rico, sigue dándonos ese calor para atemperar nuestro cuerpo, y por supuesto alimentar desde la boca al ombligo nuestras ansias por comer. De esas ansias por comernos la vida, de ese calor de un abrazo que siempre echamos en falta, ¡ay! Cuanto afecto necesitamos cuando no estamos llenos. Lo mas importante es que esté rico, si una vida no sabe a nada, es porque nos la estamos comiendo sin sal, que curiosa paridad. Sin embargo yo soy de los que  también se equivoca y se pasa el tiempo poniendo ingredientes sin cesar al puchero, ¡qué no! ¡qué así no está mas bueno! Es mas cuestión de medidas, buen gusto y fuego lento. Así se cocina rico, calentito y pero sobre todo con mucho esmero.

 

Llevo toda la semana ingiriendo alimentos y no hay muchos que me sienten tan bien como este puchero. Por que la vida no se mide por momentos, la vida más bien se mide mas bien por cucharones de amor. Algunos pensarán que soy un romántico culinario, pues la verdad que sí que lo soy, pero es que me estoy acostumbrando últimamente a platos muy severos, con su punto de sal, pero muy digestos. La vida, como buen puchero, se suele cocinar a fuego lento, es cierto que el hambre nos hace probar, muchas veces, bien caliente mas de una cucharada, por eso del hambre desatado, y quema, vaya que si queman las cosas de aquí abajo, más cuando toca probarlas antes de tiempo y cuando aún están hirviendo. Pero vamos a darle otro tono a esta mesa que es muy agradecida. Esta noche he querido sentar en  mi mesa a medio cielo. Unos cogieron puerta temprano, otros ni tan siquiera lo dijeron, los mas extrañados los que salieron los últimos también muchos primeros, pero no es el cielo un sitio donde haya malos alimentos, ni lugar para culo de mal asiento. Es mas bien una comida tan divina que es imposible resistirse a no probarla después de solamente acercar la nariz al puchero… mmmm, probar un trocito de cielo. ¿ A qué sabe? (sonrío) Sabe abrazos, sabe a reencuentros, sabe a conversaciones pendientes, sabe a “qué mas da si estás estupendo”, saber sabe a todo lo bueno.

Muchos entienden que no hay más vida fuera del huerto, que la tierra en la que se plantan es la única para la nacieron, ¡qué no muchachos! Que uno sea zanahoria, patata o garbanzo donde está bueno es en el puchero. Lo que pasa que es muy fácil enredarse donde uno fue plantado, tanto que al final lo importante es crecer para convertirse en un digesto alimento, como esa zanahoria que cuece lentamente y da sabor al puchero, vitaminas a nuestro cuerpo, y mejora hasta la vista de un tuerto, casí ná.

 

Hoy brindaba y con los pies en la tierra, pero miraba empujando con los ojos al cielo, disfrutando de muchos antojos navideños y recuerdos, pero sobre todo disfrutando de todo aquello que tengo.

No echo más en cuenta hoy lo que tengo si no todo aquello con lo que se me ha recompensado a lo largo de este lento y pausado puchero, esta vida. Brindo por tanto amor, como para aguantar el calor de los mugidos de dos nobles animales, más fidedignos a una profecía, que a la realidad del momento. Amor como para hospedarse en el lugar más inhóspito, sin tarjeta sanitaria que valga y la sola compañía de una madre, blanca paloma divina, y de la paciencia de un humilde carpintero, noble  un señor  de los de verdad. En mi casa están bajo luces blancas, cálidas y sin mucho meneo, así represento un aposento de la pequeña ciudad de Belén donde tengo un niño que nace para rugir y termina siendo la docilidad personificada, Enmanuel. Que suerte de premio como ciudad, sin más mérito que el de ser la pequeña y humilde villa que abre la puerta al resto del universo.

 

Pues sí hoy me sabe la noche a puchero, anís, mantecados y a cielo. Me faltan cucharas y me sobran sentimientos, pero estoy contento, porque alguien ya cocinó esto para mí y para el mundo entero. Hacer una tormenta de recuerdos, y ser muy selectos, recoged solamente aquellos que os desplacen las mejillas por encima de los ojos y os provoquen dos hoyuelos, esos son los recuerdos que se llevan festejando toda la eternidad en el cielo. Mucha alegría para el buen puchero, mucho jaleo, mucho amor el que nos está lloviendo. Pues sí tal vez tantas luces, viernes negros, y ausencias,no nos permitan verlo, pero la lluvia siempre deja su impronta húmeda y si uno no se resguarda a estas alturas, hasta su hielo. Que importa ya la comida, compañía, y regalos, si la vida ya es un bien de por si, casi seguro el más preciado, pero la sillas que este año no están ocupadas

en la mesa, están vacías, tened por seguro que no se han quedado en recuerdos, se están zampando el mejor de los guisos, el que se sirve en el cielo.

¿Reservas? No son necesarias, aquí está todo el mundo invitado,  tal vez se tarde entrar dependiendo de como está la cola de gente, pero hasta entonces uno puede probar la mejor selección de la casa por adelantado: parrillas de cariño, confituras de perdón, antojos de amistad, y por supuesto el plato principal de la casa puchero de Amor.

 

No importa las rencillas del cocinado, porque finalmente aquí se termina siempre brindando, no hay estomago más agradecido que el de aquel que desgasta su vida amando.

 

Feliz Navidad.

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