La mejor receta: cocinar para dignificar

Alba Cardenas

Alba Cardenas

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De todas las cocinas que se puedan hacer, la que se hace con amor es la verdadera. Aún me cuesta contener las lágrimas, y es que si la cocina hoy en día se mide por las sensaciones que provoca sobre nuestros sentidos, creo que más que esta cocina hay pocas que me puedan emocionar tanto.

La dignidad de quien saborea una receta hecha con el mayor de los cariños se ve acrecentada cucharada a cucharada, y es que la cocina puede llegar a dignificar, a transmitir emociones más allá de nuestros sentidos. La Hermana Antonia es a lo que ha dedicado su vida. Fundadora del comedor social de los Trinitarios, sigue pese a sus años, de manera incansable, dando amor en los fogones.

Era la primera vez que visitaba un comedor social y la verdad, tenía muchas reticencias por aquello de la empatía: no quiero molestar.

Pero desde que entré por esa puerta de la muralla del Marrubial, la sonrisa de quienes me recibieron me hizo percatarme de otra cosa, allí lo que se sirve no es comida, es dignidad.

La dignidad la da el cariño con el que se cocina, la da sentarte a escuchar a quien no tiene nada, la da visitarlo cuando está enfermo, a fin de cuentas, hoy he aprendido que la dignidad la da el amor, y eso mismo es lo que hay en esa cocina, mucho amor.

A ver, que esto es un blog de gastronomía y no se me olvida, tampoco se me olvida el olor de esos magníficos guisos que se estaban preparando allí hoy para todos esos amigos que la vida ha puesto por sendas complicadas.

El olor a guiso ya se las prometía, en una olla de dimensiones imperantes, llevaba toda la mañana cociendo a fuego lento un guiso de manitas de cerdo, magro, patatas y verdura. Muchos ingredientes se le presumían porque saltaban a la vista: patata, zanahoria, brócoli, guisantes, espárragos, alcachofas, etc. ¡Qué pinta! ¡qué olor! Aun escribiendo estas líneas me viene el aroma de ese estofado a la mente. Sinceramente me ha recordado a la casa de la abuela, de la mía: a serenidad, a cariño, a patio, a naranjo, a cocina casera sin prisas. No sabéis cuanto me alegra ver lo que estas mujeres hacen de su cocina.

La mejor receta: cocinar para dignificar

Al lado de esta olla, había un señor perol que empezaba a sofreír en su aceite algunos básicos que toda base de cocina aprueba. Antes de preguntar para qué eran, la Hermana Antonia, religiosa trinitaria, me comentó que en el perol iban a cocinar un arroz, un plato extra para los musulmanes, que dice la hermana que como no comen cerdo también hay que respetarlos y hacerles que se sientan como en casa, qué escuela más bonita de cómo se hace el bien sin mirar a quién.

Me cuentan que todo lo que iba a poder encontrar entre tanto cucharón era producto fresco y de calidad, y no es necesario que me lo afirmaran ellas, el segundo plato del día ya lo mostraba: allí había unas pijotas con más de una cuarta de la mano de un vasco. Grandes, abiertas y sin raspas, con un brillo, que daba ya pistas de su frescura. Enharinadas con un poquito de sal y fritas en aceite de oliva a alta temperatura, tanta como para dejar un bocado crujiente y con sabor a mar en nuestro paladar.

El menú lo cierran siempre una ensalada cargada de minerales, que son esenciales en toda dieta mediterránea y fruta del tiempo, porque un toque dulce y con vitaminas siempre lo va agradecer nuestro cuerpo.

Entre 70 y 90 personas suelen ser los comensales que a diario visitan el comedor de los Trinitarios, muchos otros son ayudados con alimentos esenciales, pero igual de frescos y buenos para que en sus casas cocinen a su gusto para cubrir su necesidades vitales, pero con sabor, porque el objetivo de este volcán de solidaridad es intentar ayudar pero sobre todo dignificar. Y de eso no me cabe ni la menor duda, los guisos que allí se preparaban no envidian los de cualquier casa, el amor que les sale  hacia sus comensales ya lo quisiera cualquiera de los restaurantes del estrellato michelín.

Al mando de estos fogones, se encuentra Mari Carmen, una señora que ya solamente hablar con ella te traslada su conocimiento y buen hacer en la cocina. La hermana Antonia, inagotable y con las manos llenas de dulzura, es el motor que mueve tanto condimento, y en su ayuda salen otras dos señoras de bandera, Loli y nuestra anónima voluntaria. El último, en esto hermoso equipo humano es Juan, un trabajador ejemplar y por lo que todo el mundo me cuenta allí, una excelente persona con una difícil y a su vez bonita historia. Juan pisó por primera vez aquel comedor asintiendo la ayuda que estos hermanos trinitarios le ofrecían, la calle era su hogar en aquel momento, pero la dignidad y el amor de esta santa orden, le ayudaron a dignificarse como persona y encontrar una nueva vida y oportunidad laboral, ahora colabora trabajando en el comedor, por el cual me dice la Hermana Antonia que mira más que por su casa. Un tío simpático, algo introvertido, pero con mucha nobleza.

Si todas las comidas son imprescindibles para cubrir esta carencia de quienes más lo necesitan, hay una comida al año que es más que especial, la de Nochebuena. Me pide la Hermana Antonia que resalte esta beneficencia, y es que por lo visto hay un grupo de chicos que en su día pasaron por el colegio de los maristas, y tuvieron la mala experiencia de perder a uno de sus amigos en un accidente aéreo. Siempre honraron su memoria, pero más aún cuando decidieron que el mejor homenaje que le podían dar a su amigo era guardando unos ahorros todos los meses para dar y servir la comida de Navidad a los que menos tienen, esta es su manera de honrar al amigo que les dejó. Bonito, ¿verdad? Este tipo de cosas me hacen pensar que tal vez el ser humano aún guarde mucha divinidad en sus actos y que el silencio de estos no sea tan mediático como lo que vende, lo catastrófico, lo negativo o los actos propios de la maldad.

En esta visita al comedor de los trinitarios he comprobado como forman una sola familia todos los que están allí, ya sea por trabajo, vocación, servicio o necesidad. Que Antonia dejó su Jaén natal para dedicar su vida a los demás y creerme que ya me gustaría tener el brillo de sus ojos y como transmiten alegría y paz. Que los robos que ha sufrido el comedor, no han hecho nada más que despertar más solidaridad entre los cordobeses, ciudad y vecinos a los que están más que agradecidos.

Me dice la Hermana Antonia, que todos sus “familiares” que allí se sientan llenos de necesidad de alimentarse, de ser queridos, escuchados, son los preferidos de Dios, y no lo pongo en duda, al igual que tampoco dudo que Dios ha elegido unas manos casi divinas para darle mucho amor y sabor a sus vidas.

Por desgracia, son muchas más las personas necesitadas de esta ciudad, hoy he conocido unas cocinas que viven de la providencia divina y que en 27 años no han dejado a nadie sin comer en su comedor por falta de alimento, que muy dignamente cocinan. Os invito y me invito a ayudar, dar comida, voluntariado (tan importantes como que sin ellos nada de esto sería posible), donaciones económicas, todo es poco cuando se trata de amar a quienes más lo necesitan.

Por la parte gastronómica me quedo más que tranquilo, benditas manos, ¡qué manera de cocinar!. Y es que en el comedor de los trinitarios no solamente se cubre necesidad, se llena de amor muchos corazones y sobre todo con dignidad.

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