Asumir la responsabilidad de mi vida

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Asumir la Responsabilidad
Asumir la Responsabilidad para Crecer

José Gómez Barbadillo. En la medida en que noto que mi vida se desarrolla de una forma más plena y que poco a poco avanzo hacia una experiencia más efectiva de mí mismo, compruebo cada vez más el componente de victimismo que ha caracterizado mis años pasados. Con frecuencia me he definido como una persona depresiva que sólo de forma muy ocasional atravesaba épocas de mayor bienestar. Tan escasas han sido estas épocas una vez dejé atrás mi infancia, que puedo señalarlas sin temor a dejar alguna de ellas en el olvido. El año que acabe COU, mi tercer año de carrera, el año que hice la mili, mi primer año en Andújar,… Es como si mi estado natural hubiera sido estar dormido, y sólo en ocasiones contadas mi alma despertara y empezara a ver un mundo diferente, lleno de vida y colorido. Pero este mundo nuevo duraba sólo unos meses, tras los cuales me volvía a sumir en la melancolía y de nuevo unas pesadas cortinas se cerraban sobre la luz, dejándome nuevamente en las sombras de una prisión mental por momentos ligeramente soportable.

Ahora entiendo que en esos momentos de oscuridad emergía con toda la fuerza mi papel de víctima. Ese momento en que culpas a todo el mundo y a todo lo que te sucede de la incapacidad para vivir de forma plena. Ese momento en que parece que la felicidad te ha sido vedada porque te ha tocado la desdicha de nacer en el seno de una familia determinada, una sociedad concreta, un momento en la historia que determina unas circunstancias adversas, cuando no un carácter depresivo, heredado de forma inexorable como se hereda el color de los ojos.

En su libro, “Aunque le de miedo, hágalo igual” Susan Jeffers da las claves para escapar de un papel de víctima y asumir de forma definitiva la responsabilidad de nuestra propia vida. Siete pasos, siete puntos que conviene leer y releer con frecuencia.

Asumir la responsabilidad de la vida implica ser consciente de que pase lo que pase en la vida siempre tengo la opción de elegir. Cada mañana cuando me levanto sólo yo decido si quiero abrir las cortinas, levantar las persianas y dejar que entre la luz en mi habitación o por el contrario mantengo la casa en la oscuridad. Yo, y sólo yo, elijo como me quiero sentir y cual es la actitud que voy a adoptar.

Hace un año, en un momento difícil en mi actividad profesional tomé conciencia de que ante determinadas situaciones que desencadenaban el mecanismo de mi enfado, yo tenía la opción de aferrarme con fuerza a ello o por el contrario alejar de mi pensamiento las imágenes que lo provocaban. Poco a poco me fui dando cuenta de que con esta actitud mi vida ganaba en luminosidad. También me di cuenta de que ante una situación que me indignaba yo tenía la opción de buscar cómplices con los que desahogar mi frustración o por el contrario elegir no hacerlo. Me di cuenta de que compartir la frustración en busca de desahogo, si bien es una actitud que puede proporcionar inicialmente cierto alivio, a la larga amplifica el malestar inicial al recrearlo una y otra vez. Elegir no compartirlo cortaba la espiral del enfado y al cabo de unos minutos me hacía sentir mejor. Siempre hay alternativas. Y yo elijo que alternativa quiero para mí.

Habitualmente tratamos de buscar culpables o responsables de las cosas que nos suceden. Pero también aquí hay posibilidad de elegir. Con frecuencia me he quejado de la familia en la que nací y crecí. Muchas veces la he culpado a ella de mi escaso desarrollo, de mi carácter pesimista, de mi cobardía ante las dificultades de la vida, de mi indecisión en situaciones en que he visto a otras personas actuar con toda la naturalidad del mundo. Pero la realidad es que podía haberme centrado en potenciar los aspectos positivos de mi vida en familia y de las personas que formaban parte de ella. Y no lo hice. En un momento determinado podía haber ejercido mi poder de decir lo que no me parecía bien y pedir respeto. Y no lo hice. La verdad es que cuando cumplí 18 años podía haber elegido irme y distanciarme de ella. Y no lo hice. Asumir la responsabilidad de la propia vida implica no culpar a nada ni nadie de las circunstancias que nos toca vivir porque en el fondo, las circunstancias que tenemos son siempre resultado de las decisiones que hemos tomado. O de las que no hemos tomado… Si alguien me está haciendo daño y yo no se lo hago ver porque miedo a las posibles consecuencias en términos de enfado, rechazo, abandono…, en el fondo estoy eligiendo no actuar y de esta forma consiento la situación. Por tanto, me encuentro en el sitio en que estoy por las decisiones que he tomado, o he dejado de tomar en el pasado. Visto desde este punto de vista no tiene sentido descargar la culpa en circunstancias externas a nosotros.

¿Por qué no dejé a mi familia cuando pude hacerlo? ¿Por qué no abandoné un trabajo que me estaba haciendo sentir insatisfacción? Probablemente porque algún beneficio obtenía de estas situaciones aunque no fuera consciente de ello. Asumir la responsabilidad de mi vida implica reconocer e identificar los resultados que me mantienen atascado en una situación determinada. Y cuando comprendo cuales son esos beneficios, entonces mi conducta cobra sentido. En mi vida ha habido momentos en los que me he sentido atascado en mi situación laboral y profesional. Me he quejado continuamente de ella y sin embargo no he hecho nada por cambiarla. ¿Qué beneficios son los que he obtenido de mantenerme con la sensación de estar “atascado” en un trabajo que no me hace sentir bien? Probablemente varios. Primero, no tengo que afrontar la incertidumbre, el malestar y la incomodidad de los primeros momentos de empezar a trabajar en un sitio nuevo; o quizás que no tengo que afrontar el posible fracaso de no encontrar otro trabajo; o quizás que no tengo que dedicar más energía a empezar de cero en otro sitio y restársela a mi tiempo personal; o quizás que en mi trabajo actual, aunque no me sienta cómodo, se que puedo desempeñarme bien sin necesidad de ser cuestionado… Ante estos riesgos, yo elijo lo que me parece un mal menor. Ser consciente de esto supone asumir la responsabilidad. Mi situación de estar “atascado” es también fruto de las decisiones que tomo, o que no tomo. A partir de ahí tengo dos opciones responsables: seguir en mi trabajo actual y elegir sentirme satisfecho o bien buscar otro trabajo más satisfactorio. Lo que no vale desde el punto de vista de la responsabilidad con la propia vida es mantenerme en el mismo sitio y continuar quejándome.

Asumir la responsabilidad de mi vida implica ser consciente de los momentos en que no la he asumido, de los momentos en que me he comportado como víctima. Con frecuencia he culpado a mi jefe a mi familia o a mis amigos de no tratarme de la forma que me merezco. Una clave importante en los momentos en que siento enfado, tristeza, queja, culpa con respecto a alguien es preguntarme qué es lo que yo estoy dejando de hacer conmigo y que exijo o reprocho a otros que no hagan por mí. Le reprocho a mi jefe que no me valora, ¿me estoy valorando yo?, le reprocho a mi mujer que no se preocupa por mí, ¿me estoy preocupando yo de mí mismo?, le recrimino a un amigo que se ha olvidado de mí, ¿me tengo yo en primer plano en mi vida?. Cuando surge alguna emoción negativa en mi vida que me ancla a una situación de malestar, enfado, tristeza, culpa, queja,… suele ser una señal que me indica que no estoy asumiendo la responsabilidad de mi vida. Es entonces cuando puedo preguntarme, ¿qué estoy dejando de hacer yo con respecto a mí mismo? y una vez conocida la respuesta puedo empezar a hacerlo.

Pero también puedo y suelo culparme a mí mismo de las situaciones que me disgustan de mi vida. Si estoy en un sitio doloroso como consecuencia de las decisiones que he tomado en el pasado, entonces debería sentirme mal por haber tomado esas decisiones. Pero también aquí hay la posibilidad de elegir. Asumir la responsabilidad de la propia vida implica no culparme a mí mismo ya que en cada momento, con el nivel de desarrollo que tengo, actúo de la mejor forma que puedo y sé. En momentos pasados de mi vida, respondí de forma muy emocional y visceral a sensación de abandono por parte de algunos amigos y decidí que no quería volver a saber nada de ellos. En este momento, con el nivel de desarrollo que he alcanzado quizá hubiera actuado de otra forma. En aquel momento, con los recursos que tenía, hice lo que consideré que era lo mejor para mi equilibrio interior. No pasa nada. La vida es un proceso de aprendizaje. Estamos continuamente en el camino hacia una mayor realización de nosotros y se trata de un proceso de ensayo y error. Visto desde esta perspectiva, asumir la responsabilidad de nuestra vida supone querernos y reconocer los avances que hemos hecho en lugar de castigarnos por los errores que cometimos y que hoy no cometeríamos.

Asumir la responsabilidad de mi vida implica acallar al charlatán, esa voz interior que continuamente me está advirtiendo de todos los males que me pueden ocurrir, esa voz interior que no quiere que me arriesgue, esa voz que continuamente está buscando experiencia pasadas en mi memoria para asustarme y desalentarme en la búsqueda de mis metas. Necesitamos imperiosamente acallar al charlatán y dar paso a esa otra voz interior afectuosa que nos tranquiliza, que nos da seguridad, que es afectuosa. Esa voz que algunos llaman alma. Esa chispa divina que llevamos dentro de nosotros y que sólo quiere nuestro bien.

Felicidad
En busca de la felicidad personal

Cuando cursaba sexto de medicina tuve una discusión con un profesor al salir de un examen. Fue una discusión airada en el contexto de una forma pésima de impartir la asignatura y que de alguna forma representaba el sentir colectivo del curso. Esa noche no dormí. Mi charlatán interior me auguraba todo tipo de catástrofes: “no vas a aprobar en la vida, te has ganado un enemigo poderoso, tú con tu sentimiento de Robin Hood has puesto en peligro tu carrera, eres tonto, deberías dedicarte a ti mismo y dejar de luchar batallas ajenas,…”. Esa noche, arrodillado en el suelo de mi habitación escuché una voz diferente. Una voz que me decía, “reconduce la situación, habla con el catedrático, explícale el malestar del curso con la asignatura y pide disculpas por tu comportamiento personal si ha ofendido a alguien”. Al día siguiente fue eso lo que hice. No sólo resultó que el catedrático me escuchó con gran respeto, tuvimos una conversación constructiva sino que además el clima de la asignatura cambió, y aunque durante todo el curso tuve que estar escuchando los comentarios cargados de ironía hacia mí del profesor en cuestión, al final conseguí la calificación de matrícula de honor. Hasta donde recuerdo, creo que fue la primera vez que conseguí callar al charlatán y escuchar la voz de mi alma.

Finalmente, asumir la responsabilidad de mi vida implica establecer mis objetivos y metas y caminar con paso firme hacia ellos. Y estos objetivos y metas deben ser integrales. Con frecuencia fijamos objetivos y metas en el área laboral y profesional, pero nos olvidamos de nosotros mismos. Una adecuada programación de objetivos y metas en la vida debe abarcar la esfera personal, la esfera social y la esfera profesional, dándole la misma importancia o más a nuestras metas personales. Si hemos definido lo que queremos en nuestra vida y mantenemos el foco en ello, tendremos más capacidad de manejar con serenidad los altibajos que en otras circunstancias nos anclarían en el papel de víctima.

Decía San Agustín… “Yo soy dos, y estoy en cada uno de los dos por completo”. Siempre me resultó enigmática esa frase, a no ser que San Agustín se estuviera refiriendo a la esquizofrenia, cosa que no imagino. Pues así es: yo soy dos: un charlatán negativo y pesimista y un consejero sabio y afectuoso. ¿Desde cual de los dos yo quiero mirar la vida? ¿Desde el miedo o desde la alegría por la belleza del mundo una vez que descorro las cortinas? Al asumir la responsabilidad de mi vida hoy me siento un poco más libre y camino con paso más firme hacia mis metas y objetivos, el primero de los cuales es vivir de una forma más efectiva. Una vez liberado de la tentación de sentirme víctima empiezo a reconocer que mi vida es más plena. Hoy por fin, las gruesas cortinas que solían oscurecer mi vida han sido retiradas y la visión de un día cálido y luminoso ocupa la mayor parte de mis días

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