Todo. Yo soy todo. Alegría y tristeza. Miedo y enfado. Disgusto y aceptación. Luz y oscuridad, Paz y tribulación…

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Todo. Yo soy todo. Alegría y tristeza. Miedo y enfado. Disgusto y aceptación. Luz y oscuridad, Paz y tribulación…

José Gómez Barbadillo. Desde hace algún tiempo intento encontrar todos los días espacios para escribir. Cada mañana me propongo dedicar al menos diez o quince minutos a recoger en el papel experiencias, emociones, descubrimientos que voy haciendo. Antes de salir para trabajar, unas veces con algo más de tiempo, otras veces más apurado, agarro cuaderno y bolígrafo y me siento ilusionado con disposición de dejarme llevar por la inspiración. A veces las palabras fluyen fáciles. Guiado por una frase que ha llamado mi atención, una reflexión leída en un libro, que me ha hecho pensar o un sentimiento profundo de gratitud, mi mano parece tomar vida propia y página tras página, los espacios en blanco empiezan a cubrirse de palabras. Otras veces sin embargo no encuentro un pensamiento claro que me arrastre detrás de las páginas del cuaderno. Y entonces suelo hacerme la pregunta “¿cómo me siento hoy?”. Contestar a esa pregunta supone tomar conciencia de mi estado emocional y a través de él conocerme un poco más a mí mismo. Y este trabajo, me ayuda.

Se atribuye a Paul Ekman la primera definición de las emociones básicas. Investigando las expresiones faciales de diversos grupos étnicos humanos ante un estímulo, Ekman encontró que las expresiones faciales de las emociones no son determinadas culturalmente, sino que son más bien universales y tienen, por consiguiente, un origen biológico. Sobre la base de las expresiones faciales reconocibles en todos los grupos humanos se encuentran aquellas que expresan el enfado o ira, el asco o disgusto, el miedo, la alegría, la tristeza y la sorpresa. Ekman definió estas seis emociones como básicas. Posteriormente, se ha puesto en duda que la sorpresa y el disgusto formen parte de las emociones reconocidas universalmente, de manera que hoy día se reconocen invariablemente como emociones básicas universales sólo la alegría, la tristeza, el miedo y el enfado.

Pero existen muchísimas más emociones que estas cuatro. Robert Plutchik propone que las emociones básicas, a las que él añade la anticipación y la confianza, pueden graduarse en tres niveles de intensidad de forma que cada una de estas ocho emociones dan lugar a veinticuatro. Así, el miedo podría graduarse como aprensión, miedo y terror. Por otro lado, la combinación de emociones primarias daría lugar a emociones secundarias y la combinación de emociones secundarias originaría emociones terciarias y sucesivamente. La consecuencia de todo ello es que existe una gran cantidad de estados emocionales que difícilmente sabemos identificar. Una amplia constelación de emociones con múltiples matices. No es extraño por lo tanto que cuando se pregunta a una persona o a un grupo de personas cómo se sienten en un momento dado, la mayoría tiende a responder con las palabras “bien” o “mal”. Estas expresiones implican la dificultad que habitualmente tenemos para reconocer diferentes tipos de emociones. “Bien” puede implicar alegría, serenidad, satisfacción, confianza, ilusión,… mientras que “Mal” no permite conocer si la persona que se siente de esta forma siente tristeza, disgusto, enfado o ansiedad, por poner un ejemplo.

Prestar atención a nuestros estados emocionales y tratar de indagar en ellos se convierte en una herramienta de gran valor para conocernos mejor a nosotros mismos. Y en este sentido me doy cuenta de la gran variedad y colección de estados emocionales que presento. Disgustado el domingo, enfadado el lunes, triste el martes, sereno el miércoles, ilusionado y optimista el jueves, satisfecho el viernes… Esta ha sido mi última semana. Son tantas emociones, tantos estados emocionales los que puedo experimentar, que ninguno de ellos realmente me define. No soy ninguno de ellos. Así que tratar de definirme a través de alguno es una tarea absurda. Y sin embargo eso es lo que he hecho toda mi vida. Me he contado la historia de que soy triste, melancólico, depresivo… Sí, ese es el relato de mi vida. Tan falso como una buena copia de un cuadro. Tan engañoso como una moneda de latón. Y sin embargo, lo he comprado una y mil veces sin discutir

Jeff Foster, en su libro “La Aceptación más Profunda” señala que lo que somos realmente es un vasto océano de conciencia donde pueden aparecer miles de olas. Cada experiencia en nuestra vida es como una ola del océano. Unas olas pueden ser serenas y tranquilas, otras pueden ser violentas y tumultuosas. Pero todas las olas forman parte del océano y al océano vuelven. Ninguna de ellas puede hacer daño al océano al que pertenecen. Así son nuestras experiencias en la vida. Van y vienen. Unas son agradables y placenteras y me hacen sentir feliz. Otras son desagradables y violentas y me provocan sensaciones de malestar. Pero lo único constante es que van y vienen. Ninguna de ellas define al océano. El océano no es placentero, ni sereno, ni violento, ni desagradable. El océano es todas y cada una de esos estados a la vez. Todos forman parte de él.

Dicen que Einstein pudo desarrollar las teorías de la relatividad y del efecto fotoeléctrico porque previamente tuvo una imagen del fenómeno que le hizo comprenderlo. Literalmente “lo vio”. Y a partir de esta imagen puedo desarrollar su teoría. Para mí la imagen del océano me ha hecho “ver” que yo no soy triste ni alegre, ni pacífico ni violento. Ninguna de esas etiquetas me define. En el vasto océano de conciencia que es cada persona, somos todas esas cosas a la vez. Todas forman parte de nosotros. Y en lo más profundo de nuestra experiencia, todo está bien. Lo que ocurre es que me he creado un relato de mi vida en el que me defino por alguna experiencia recurrente y me cuesta trabajo aceptar, rechazo, aquello que pone en entredicho lo que me proporciona una cuestionable identidad.

Desde un punto de vista neurolinguístico, cometemos este error una y mil veces cuando utilizamos de forma inadecuada el verbo ser. Cuando digo “yo soy triste”, “yo soy irascible”, “yo soy miedoso”, … estamos utilizando un tiempo gramatical que no es el correcto. El presente habitual es un tiempo que se utiliza para expresar acciones que se realizan de manera mantenida en el tiempo. Existe otro tiempo que es el presente continuo que implica acciones que se están realizando en este momento. Desde la perspectiva del océano, decir “yo soy irascible” implica utilizar inadecuadamente el presente habitual. Sería más correcto decir “en este momento estoy siendo irascible”. Otra posibilidad es dejar de identificarnos con nuestros estados emocionales y depositar la responsabilidad no en lo que somos sino en lo que hacemos y así podríamos decir “en este momento me estoy comportando de forma irascible”. Lo que es una realidad es que “yo no soy irascible” porque la experiencia de ser irascible, o de comportarme de forma irascible, no es sino una más de las miles de olas del océano. Y el océano es absolutamente incatalogable. Podemos expresarnos como nos parezca oportuno, pero lo que no debemos es caer en la trampa del lenguaje e identificarnos con un estado emocional que es absolutamente transitorio.

¿Qué es entonces lo que queda fuera del relato de mi vida? Todo. Yo soy todo. Alegría y tristeza. Miedo y enfado. Disgusto y aceptación. Luz y oscuridad, Paz y tribulación… Todas esas experiencias forman parte de mí y no tiene sentido rechazar ninguna de ellas. Fuera del relato que me cuento a mí mismo, soy la vida entera, que fluye a través de mí. Soy el vasto océano de conciencia donde todas las olas aparecen y se retiran. Todas las olas sin excepción. Toda la vida fluye a través de mí, forma parte de mi.

El historiador romano Cayo Salustio Crispo, más conocido como Salustio lo expreso de forma clara y diáfana: “Cuando por fin regresas a tu tierra, descubres que no era tu vieja casa lo que extrañabas, sino tu niñez”. Como en los cuentos del Grial donde el caballero vuelve siempre al hogar después de haber luchado contra dragones y sorteado mil vicisitudes, buscamos permanentemente algo definitivo que nos permita sentirnos bien. Ansiamos volver a casa, habiendo encontrado aquello que de sentido a nuestra vida. Anhelamos recuperar la esencia que perdimos al crecer. Buscamos eternamente fuera de nosotros, rechazando aquellas experiencias que creemos que nos apartan de ese estado esencial. Y la búsqueda no acaba hasta que nos damos cuenta de que no hay nada que buscar. Que fuera del relato que nos hacemos de nuestra vida nunca hemos dejado de estar completos porque es la vida entera, sin opuestos, la que fluye a través de nosotros.