Hoy voy a ser feliz
Sé feliz.

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Sé feliz.
Sé feliz.

José Gómez Barbadillo. En la vida nos movemos con muchas conductas estereotipadas. Una de ellas es la creencia generalizada de que a una edad determinada las personas no pueden cambiar. Nos identificamos con nuestras pautas de conducta y llegamos a creernos que somos esas pautas. Cualquier esfuerzo encaminado a cambiar aspectos de nuestra forma de ser que no nos gustan parecen condenados al fracaso. Tenemos dentro de nosotros una parte malvada que disfruta boicoteando nuestros intentos de cambiar. Y ello en cualquier proyecto que emprendamos, bien sea una pérdida de peso, una mayor dedicación al deporte o ejercicio físico o una decisión bien motivada para emprender algún tipo de estudio o formación. Es como si dentro de nosotros lleváramos un Mr. Hyde, una oculta y malvada personalidad aparejada al Dr. Jekyll en la novela del escritor Robert Louis Stevenson, que nos convenciera de la inutilidad de cualquier empeño en el que nos queramos emplear profundamente.

Hace un par de años, yo me encontraba atravesando una mala época. Problemas personales, familiares y laborales se entremezclaban en una síntesis  bien tamizada impidiéndome disfrutar de cada momento de cada día. La situación llegó a ser tan desesperada que llegue a estar convencido de que necesitaba un cambio en mi vida, sin saber muy bien a donde me llevaría eso. Dicen que los personajes que han sufrido grandes transformaciones han pasado por épocas de gran sufrimiento. Sería la noche oscura del alma de la que habla San Juan de Cruz. Pues en mi caso, la insatisfacción con mi vida había llegado a tal grado que cambiar se me antojaba una necesidad vital. Hasta ese momento había buscado en todos los lados posibles… la Iglesia, la Psicología, la Autoayuda,…, las conversaciones con determinadas personas que aparecían en mi vida como un regalo de Dios,… Nada de eso parecía ser de ayuda. Todo lo más, resultaba útil durante un corto espacio de tiempo. Pero el final era volver a caer en la misma situación de todos los días. En la convicción de que a causa de mi forma de ser no podía cambiar y que estaba condenado a reproducir una y otra vez las mismas pautas. Mi Mr. Hyde, mi facción malvada contra mí, salía victoriosa una y otra vez.

Tomé la decisión de cambiar porque ya no soportaba más el sufrimiento. Pero lo que ahora comprendo es que eso no significa que el sufrimiento se acabe. Las mismas circunstancias desagradables y negativas que hasta ese momento lo provocaban siguen estando presentes en mi vida. Y nada ni nadie puede hacer que dejen de ocurrir. Sin embargo, ahora tengo una visión algo diferente. Ahora pienso que el sufrimiento tiene un sentido. A partir del momento en que he decidido que voy a cambiar mi vida porque quiero encontrar la paz, las experiencias negativas que siguen presentándose se convierten en herramientas para la transformación. Oportunidades para aprender a responder de forma diferente. Son pruebas que nos permiten practicar nuestra determinación de cambiar y nos dan la oportunidad de responder de una manera diferente a como lo hemos hecho hasta ahora.

El 2016 debe venir cargado de nuevos propósitos.
El 2016 debe venir cargado de nuevos propósitos.

Vivimos condicionados por hábitos. Hábitos adquiridos a través de años y años de travesía por nuestra vida. Ante una situación concreta tendemos a responder de una forma concreta que nos ha resultado útil anteriormente. Y tras años y años de repetición, en nuestro cerebro se han establecido circuitos neuronales automáticos, ajenos a la conciencia, que responden automáticamente ante determinadas situaciones. Es como la persona que conduce un coche. Ya no piensa conscientemente “voy a cambiar la marcha” sino que cuando se dan las circunstancias adecuadas lo hace porque su cerebro está utilizando “atajos”, circuitos preestablecidos, para realizar esa acción sin el concurso de la corteza cerebral que es donde radica la conciencia. Esos hábitos hacen que ante una situación concreta, nuestra mente responda de la forma en que lo ha hecho anteriormente. Y cuando una experiencia es negativa el resultado es la rememoración de las emociones que en situaciones anteriores acompañaron a esa experiencia. El cerebro no distingue entre presente, pasado y futuro, y la huella bioquímica de una emoción es similar aunque la experiencia se diera en el pasado. En este sentido, podemos decir que nuestro pasado nos condiciona una y otra vez.

Recientemente he intervenido a un paciente que ha sufrido una complicación grave. El recuerdo de experiencias pasadas similares con su huella bioquímica impresa, junto con la percepción de una amenaza en el futuro, la posibilidad de la muerte, han condicionado en mí la recreación de todos estos acontecimientos fisiológicos y mentales. En un primer momento, mi mente y mi cuerpo respondieron exactamente de la misma forma que lo había hecho anteriormente. Miedo, ansiedad, palpitaciones,…, bloqueo emocional. Idéntica situación, una complicación quirúrgica grave, me ha vuelto a colocar en el mismo sitio de siempre. Pero esta vez he hecho algo distinto. He contemplado la situación como una oportunidad. El que en mi vida aparezcan situaciones desagradables no va a cambiar. Pero lo que si puedo cambiar es mi percepción de la situación. En el pasado siempre fue negativa. Percibo una amenaza a mi ego. Siento el fracaso. Me preocupa que mi imagen se resienta. Me siento culpable. Porque es evidente que la situación actual de mi paciente tiene que ver con el daño controlado que yo le infligí. Y tengo tendencia a la huída porque me siento amenazado… y no tengo nadie con quien luchar…

Hoy puedo responder de la misma forma en que he respondido una y mil veces… O puedo responder de una forma diferente. Y si respondo de una forma diferente, estoy creando un hábito nuevo.

Mi intención ha sido ayudar. En esta nueva situación, puedo seguir ayudando. Hay una persona triste, preocupada, con ansiedad a la que puedo ayudar de otra forma. Además de hacer lo que tenga que hacer, incluyendo una o varias reintervenciones hasta solucionar el problema, puedo hacer algo diferente a huir… Puedo acompañar, tranquilizar, apoyar, despejar miedos,… Puedo creer en mi capacidad y habilidad. Y puedo confiar en Dios, la conciencia universal, la mente infinita, la sabiduría ancestral o el campo cuántico universal. Aún así mi viejo yo, condicionado por los hábitos, se resiste. No quiere cambiar porque le pesa el posible fracaso y la decepción. Demasiadas cicatrices en el cuerpo. Pero el fracaso y la decepción ya lo tengo. ¿Hay otra opción? En lugar de mantenerme quieto y ausente esta vez me voy a poner el casco y me voy a la batalla de la vida con compasión, con amor, con entrega. Sin pensar en los resultados porque no me pertenecen. Pertenecen a Dios.

Vivimos muy condicionados.
Vivimos muy condicionados.

Carlos González Vallés, un jesuita español que ha pasado la mayor parte de su vida en la India, cuenta en uno de sus libros como cierto día observaba a un grupo de operarios que laboriosa y afanosamente trataban de levantar un templete, una especie de pérgola donde sentarse a contemplar el paisaje, en las proximidades de un lago. A lo largo de varios días, pusieron los cimientos, levantaron el eje central. Sobre éste fueron colocando el armazón de madera que daría sustento al tejado. Con cierta lentitud exasperante para un occidental fueron dando forma al objeto de sus desvelos. Cuando al final retiraron las planchas de madera que sostenían el encofrado y observaban satisfechos el fruto de su trabajo, un estruendo ensordecedor precedió el derrumbe del afán de varios días. Lo que le llamó la atención al autor fue que tras unos momentos de estupor, los trabajadores que tan laboriosamente habían levantado el templete rompieron a reir. Lejos de nuestra mentalidad occidental tan orientada a resultados, para la mentalidad oriental lo importante es el proceso en sí. El resultado sencillamente no les pertenece. Como en mi caso… lo único que me pertenece es actuar de la mejor manera posible. Y confiar en Dios, en la vida, en que haciendo todo lo posible, el resultado sea favorable para todos.

Aceptar las experiencias negativas que nos presenta cada día con una actitud diferente. Y esa actitud diferente es dar una respuesta diferente. Sólo así las experiencias nuevas pueden reemplazar a las experiencias antiguas que nos mantienen una y otra vez anclados en el pasado.

Pero las experiencias memorizadas son, como he dicho antes, hábitos dependientes de circuitos neuronales bien establecidos. Y cuesta deshacerse de ellos. Por lo tanto hay que contar con que una y otra vez volverán a salir los viejos hábitos. Nunca hay que olvidarlos. Pero si sabes que están ahí y que en algún momento aparecerán, si sabes identificarlos en cuanto asoman, si no te identificas con ellos y los ves desde fuera como un observador externo, entonces siempre puedes ir echándolos de tu vida diciéndote… ¡CAMBIA!

Ahora me doy cuenta de que trabajar el cambio en momentos emocionalmente negativos es un gran regalo. Nunca he hecho este trabajo cuando he estado en esta situación. Siempre he querido hacerlo cuando me encontrara bien y fuerte. Ahora me doy cuenta de que ESTA es la ocasión adecuada. Este es el momento necesario del que siempre he huido. Esta es la experiencia que tengo que trabajar. En lugar de retirarme del mundo y encerrarme en una concha a esperar que pase el momento, este es el día en que tengo que trabajar. Hoy tengo la experiencia que la vida me ofrece. Hoy es el día en el que tengo que aprender algo que sea realmente importante. Algo que suponga un auténtico salto cuántico en mi existencia.

Hoy es un día precioso. Hoy elijo ser feliz. Con lo que tengo. Con la preocupación, ansiedad, miedo, incertidumbre,… Hoy voy a ser feliz.

No voy a esperar a que se resuelva la situación de mi paciente. No voy a esperar a que pase el congreso que me tiene atareado preparando una conferencia. No voy a esperar a que llegue el fin de semana. Ni tampoco voy a esperar a las vacaciones. Elijo no esperar más. Elijo aprender de la experiencia que vivo. Elijo pensar de forma diferente. Elijo confiar en Dios y abandonarme; renunciar a querer tener el control de todo. Elijo sentirme parte de la conciencia universal y mantenerme conectado a la fuente, consciente de que hay una inteligencia superior, que tiene un plan para mí, que formo parte de ese plan y que acepto lo que venga porque lo que venga es bueno para mí; porque esa inteligencia superior a la que estoy conectado sólo desea mi bien.

Estoy preparado para recibir todo lo bueno que la vida me quiera dar. Así que elijo ser feliz sin postergarlo más. Aprendiendo de las experiencias que me pone delante la vida. Y dando gracias por ellas.

Este es el reto. No es fácil. Pero ahora me parece ilusionante.

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