Apartar el miedo
«Cuando el arquero dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad».

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«Cuando el arquero dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad».
«Cuando el arquero dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad».

José Gómez Barbadillo. Existe un antiguo proverbio oriental que dice… «Cuando el arquero dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad». No continua el proverbio, pero se puede intuir que continúa afirmando que cuando dispara con la presión de querer ganar un premio, ya ha perdido parte de su habilidad. Esto es algo que debería sonarnos muy cercano ya que la presión por conseguir un resultado determinado paradójicamente nos suele alejar del mismo.

Por eso el arquero que dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad. Por eso el pintor que pinta ilusionado es capaz de conseguir grandes obras. Por eso el guitarrista que toca sin público es capaz de disfrutar plenamente con su música. La ausencia de todo miedo permite desarrollar plenamente la habilidad que llevamos dentro de nosotros. En mi profesión lo he visto continuamente. Cuando realizo una intervención con miedo a las posibles complicaciones, mi desempeño es lento, errático, defectuoso y no me quedo satisfecho nunca con el resultado final de la misma. Por el contrario cuando opero ilusionado, confiado en mi habilidad entonces disfruto de mi desempeño y finalizo la intervención con la sensación de haberme superado. Ambos extremos no son casuales. Definen a la perfección los dos estados en los que puede encontrarse el hombre… el estado de supervivencia frente a otro estado que ha recibido muchos nombres pero que tiene uno que particularmente me gusta: el estado de flujo.

El instinto de supervivencia, presente en todos los seres vivos, prepara al organismo para una respuesta de lucha o de huida ante la percepción de un peligro. El cerebro emocional radicado en el sistema límbico provoca una serie de cambios bioquímicos que preparan al cuerpo para una de estas dos respuestas. Cierto día contemplaba un documental sobre la sabana africana. Donde un rebaño de gacelas pastaba tranquilamente, la irrupción de un león, rompía abruptamente el equilibrio. Rápidamente las gacelas emprenden la huida. Y huyen justo hasta el momento en el que el león atrapa a una de ellas y comienza a devorarla. Es en ese momento, cuando cesa la amenaza, cuando el resto de las gacelas recuperan su estado previo a la activación del mecanismo de supervivencia y vuelven a la actividad de pastar. La respuesta de supervivencia desaparece en el momento en que desaparece la amenaza. Y el organismo recupera su homeostasis. Desgraciadamente el ser humano es capaz de “imaginar” amenazas es decir, anticipar, hacer presentes en el “ahora” posibilidades futuras. En estas situaciones el estado de supervivencia puede verse activado de forma casi permanentemente. Y respondemos con lucha o huida en situaciones que carecen de una amenaza real. Cuando esto ocurre, nos hemos instalado en la ansiedad. Si en vez de tratarse de una gacela estuviésemos nosotros en la sabana africana seguramente nunca dejaríamos de correr. ¡Nos inquietaría la posibilidad de que el león se hubiese quedado con hambre!

En este estado de supervivencia, cuando es necesario defenderse de una amenaza mediante el recurso a la lucha o la huida, es imposible la creatividad. La sensación de amenaza canaliza toda la energía del organismo para hacer frente a dicha amenaza. La creatividad pertenece a otro estado natural… El estado de flujo. Es en el estado de flujo donde el hombre encuentra la inspiración para dar lugar a grandes obras. Es un estado descrito a menudo por deportistas de elite y artistas como un momento en que uno se distancia de sus manos y empieza a contemplarse actuando desde fuera. Como si su cuerpo estuviera animado por una energía invisible que le impide parar. Un estado donde la conciencia se separa de la actividad y esta fluye por si sola a través del cuerpo. Es en ese estado de flujo donde el arquero tiene toda su habilidad. Es en el estado de supervivencia donde la pierde.

 El «flujo» es un estado de olvido de uno mismo, el opuesto de la reflexión y la preocupación, un estado en el que la persona, en lugar de perderse en el desasosiego, se encuentra tan absorta en la tarea que está llevando a cabo, que desaparece toda conciencia de sí mismo y abandona hasta las más pequeñas preocupaciones de la vida cotidiana (salud, dinero e incluso hasta el hecho de hacerlo bien). Dicho de otro modo, los momentos de «flujo» son momentos en los que el ego se halla completamente ausente. Paradójicamente, sin embargo, las personas que se hallan en este estado exhiben un control extraordinario sobre lo que están haciendo y sus respuestas se ajustan perfectamente a las exigencias cambiantes de la tarea. Y aunque el rendimiento de quienes se hallan en este estado es extraordinario, en tales momentos la persona está completamente despreocupada de lo que hace y su única motivación descansa en el mero gusto de hacerlo.

Daniel Goleman, en su libro “Inteligencia Emocional” describe así el estado de flujo en palabras de un famoso compositor: «Usted se encuentra en un estado extático en el “que se siente como si casi no existiera. Así es como lo he experimentado yo en numerosas ocasiones. En esos casos, mis manos parecen vacías de mi y yo no tengo nada que ver con lo que ocurre sino que simplemente contemplo maravillado y respetuoso todo lo que sucede. Y eso es algo que fluye por sí mismo.»”

Una vez experimenté algo así en mi vida. Cuando preparaba mi examen MIR (Médico Interno Residente).  Fue una época preciosa. Me retiré a mi casa de Villa del Río donde llevaba una vida casi monacal. Me levantaba temprano y emprendía el plan de estudios que me había propuesto. Mis paradas diarias se limitaban a lo justo: comer, charlaba un rato con las personas que trabajaban en la farmacia de mi padre más que nada por mantener una cierta actividad social y por las noches antes de cenar me daba un baño en la piscina. Luego me acostaba. Todo el tiempo restante lo dedicaba a estudiar. Era capaz de estudiar 14 horas diarias y cada día me levantaba más entusiasmado pensando en cumplir el reto que me había propuesto para ese día. Las horas pasaban casi sin darme cuenta y apenas sentía cansancio. A medida que avanzaba me sentía más entusiasmado y llegaba un momento que era incapaz de parar. Esos momentos en la piscina, de noche, a oscuras, solo, han quedado en mis recuerdos como momentos de gran plenitud. Estudiar en esas circunstancias no era en absoluto una tarea cansada y aburrida. Mi actividad era incesante y casi que me observaba desde fuera asombrado de la capacidad y la ilusión desplegada. En este momento soy capaz de reconocer que en esos días fui capaz de fluir plena y libremente.

En esta sociedad, en este momento de la historia, vivimos casi permanentemente en un estado de supervivencia. Percibimos amenazas en todas las áreas de nuestra vida. Las enormes presiones derivadas de la sociedad, la empresa, la familia, la educación,… han creado en nuestras mentes creencias tan arraigadas que nos llenan de miedos. Miedo a perder el trabajo, miedo a ser abandonado, miedo a no ser querido, miedo a no triunfar, miedo a padecer problemas económicos, miedo a los problemas de salud… pero en el fondo de todos estos miedos uno siempre se encuentra con el miedo central que rige nuestra existencia que no es otro que el miedo a no ser capaz, a no valer, y consecuentemente a no ser querido. Buscamos la aprobación, la aceptación de los demás demostrando que somos valiosos. Y eso nos lleva a un estado permanente de hacer. Y si no sabemos o no podemos, no importa. Lo que cuenta es que no se note. Invertimos una cantidad enorme de energía en hacer para ser valorados, aceptados, queridos. Pero confundimos lo que hacemos con lo que somos.

Ante esta realidad es necesario emprender un proceso de cambio. Un proceso de crecimiento personal. En realidad lo más importante en ese proceso, ese caminar hacia las propias metas y sueños, es el progreso personal cuando nos enfrentamos a los numerosos retos del camino y a nuestros propios miedos. Es necesario aceptar plenamente los retos que la vida nos presenta. ¡Cambia la perspectiva! La vida no es sufrimiento. La vida es crecimiento. Y uno crece cuando se enfrenta a sus miedos. Detrás de esa lucha está la posibilidad de construir una vida más plena. En definitiva de reivindicar el lugar en que nos corresponde vivir la mayor parte del tiempo que es el estado de flujo.

Este mundo es dual. Podemos tomar nuestras decisiones desde el amor o desde el miedo. Si tomamos nuestras decisiones desde el amor, tratamos de acercarnos a aquello que queremos. Si tomamos nuestras decisiones desde el miedo, tratamos de alejarnos de aquello que no queremos. Amor o miedo. Flujo vs supervivencia. ¿En que estado queremos vivir?

El dicho oriental sobre el arquero nos sugiere que cuando nos apegamos a la necesidad de ganar (y por tanto a la posibilidad de perder), nuestra capacidad de dar lo mejor de nosotros mismos deja paso a la ansiedad por lograr (o el miedo de no lograr) el triunfo.

Ambición y miedo. Son las dos caras de la misma moneda por cuanto maniatan nuestra mente, nos mantienen en estado de supervivencia, apartan del goce nuestro desempeño y nos llevan a errar en nuestras acciones alejándonos del lugar en el que por nuestra capacidad y mérito deberíamos situarnos. La paradoja de la vida es que si fuésemos capaces de vencer los miedos imaginarios, toda la energía que quedaría libre nos permitiría fluir. Y en ese estado de flujo probablemente conseguiríamos todo aquello que se nos escapa mientras nos vemos inmersos en un estado de supervivencia continuo.

Una vieja canción swahili, la canción del guerrero, proclama… “El sentido de la vida está en la lucha. La victoria o la derrota están en manos de los Dioses. Así pues, celebremos la lucha”. Una vez más: hay que aceptar que los resultados no nos corresponden. Los resultados, situados en el ámbito de lo futuro, son algo que no existe. Lo único que existe es el presente. Lo que está en nuestras manos hacer. Eso es lo único que tenemos. Y lo haremos todo mucho mejor, y los resultados llegarán, tal y como llegó el resultado de mi examen MIR,  si somos capaces de fluir en lugar de defendernos.

 Por lo tanto… ¡celebremos la lucha!

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