Córdoba Buenas Noticias » José Gómez Barbadillo http://cordobabuenasnoticias.com Periódico provincial de información general Sun, 11 Dec 2016 20:39:32 +0000 es-ES hourly 1 http://wordpress.org/?v=4.2.4 Interdependencia http://cordobabuenasnoticias.com/2016/07/28/interdependencia/ http://cordobabuenasnoticias.com/2016/07/28/interdependencia/#comments Thu, 28 Jul 2016 12:05:48 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=46916
Interdependencia.
Interdependencia.
José Gómez Barbadillo. Vivimos en una realidad interdependiente. Cuando me levanto por las mañanas doy un beso a mi mujer y a mi hija. Salgo a trabajar. Dejo el coche en el aparcamiento y saludo al vigilante deteniéndome a veces a charlar con él. Paso por delante de la vendedora de la ONCE y la saludo sonriendo porque me resulta graciosa esa cancioncilla con la que anima a acercarse a posibles compradores. Nos miramos a los ojos, sonreímos mutuamente y sigo mi camino. Saludo a compañeros, pacientes, familiares… Tomo decisiones sobre la salud y el tratamiento de los pacientes a mi cargo para las cuales dependo de otros profesionales. Espero a mi mujer para comer y compartimos los problemas comunes. Salgo a hacer alguna compra y me dejo llevar por la experiencia del vendedor. Charlo con amigos a los que expongo situaciones personales o escucho y aconsejo. Me enriquezco del contacto con determinadas personas que aportan crecimiento a mi vida. En fin, casi nada de lo que hago durante el día implica soledad y autosuficiencia.

¿Qué significa la interdependencia? La interdependencia no es dependencia ni tampoco es independencia. Es reconocer que somos independientes pero que en la relación con los demás podemos superar nuestras capacidades y nuestros logros, alcanzando los mejores resultados posibles. De esta manera, las relaciones interpersonales se convierten en una de las herramientas más potentes para desarrollarnos y alcanzar nuestros objetivos. Es en la experiencia del compañero que me ayuda en una intervención quirúrgica donde alcanzo mi mejor desempeño. Es en el consejo que me da un buen amigo donde tomo las mejores decisiones. Es en el afecto sincero que me muestra mi familia cada día donde encuentro la versión más elevada de mi mismo.

Daniel Goleman, en “La Práctica de la Inteligencia Emocional” describe la capacidad de establecer redes efectivas de conocimiento, confianza y competencia como una de las características que diferencian a los trabajadores brillantes del resto de trabajadores. Las personas que tienen desarrollada esta capacidad, reconocen, ante la presentación de cualquier reto, a los individuos clave que le pueden ayudar o dar respuesta a las necesidades planteadas. Hace diez años participé en la creación de un grupo andaluz de cirujanos interesados en la coloproctología. En este momento, me siento contento, satisfecho y seguro de haber establecido una buena red de alianzas. Así, hoy conozco quien trabaja en esta área en cada hospital de Andalucía. Y más aún, entre todos hemos sido capaces de fomentar una relación enriquecedora y constructiva y se que puedo recurrir a las personas que en algún momento de mi vida profesional me pueden ayudar en algún aspecto del que yo tenga una carencia. Eso es interdependencia.

Stephen Covey en su libro “Los siete hábitos de las personas altamente efectivas” explica que la clave para establecer relaciones interpersonales efectivas reside en lo que él denomina la cuenta bancaria emocional. De la misma forma que mantener una cuenta bancaria con saldo implica realizar ingresos periódicos y ser conscientes de los reintegros que realizamos, cultivar una relación interpersonal efectiva exige mantener permanentemente un saldo suficiente, una reserva emocional, en la cuenta bancaria que abrimos cuando comenzamos a cultivar la relación con otra persona. Las pequeñas asperezas, las faltas de respeto, el rechazo, la comparación, el juicio; los compromisos rotos, las expectativas poco claras, la duplicidad, la deslealtad con las personas que no están presentes o la disculpa continua poco sincera suponen reintegros con cargo a la cuenta bancaria emocional que mantenemos con otra persona. Por el contrario, hacemos un depósito a favor nuestro cuando nos esforzamos en comprender a otras personas, prestamos atención a las pequeñas cosas, mantenemos nuestros compromisos, somos claros con las expectativas que tenemos respecto a otros, somos íntegros y disculpándonos sinceramente al realizar un reintegro.

Comprender a otra persona no implica tener que estar de acuerdo con ella. Significa que tengo una actitud de escucha activa, intentando conocer desde que lugar y bajo que marco toma sus decisiones. Implica escuchar con respeto sin interrumpir y sin querer imponer mi manera de ver el mundo. Cuando hablo con un paciente que expresa una queja, que se encuentra enfadado, no tengo porque responder de forma airada, a la defensiva. En estas situaciones trato de escuchar, entender lo que me está diciendo, asumir la situación concreta desde la cual me está hablando y asegurarle que le estoy escuchando. Esto no significa que tenga que estar de acuerdo con lo que recibo y si es el caso cuando me corresponde hablar trato de hacerle entender por qué no puedo estar de acuerdo con él. Pero me suelo sentir satisfecho si pese a mostrar mi desacuerdo entiendo que le ha quedado claro que lo he escuchado con atención y que siento el máximo respeto por él como persona.

Existen dos tipos de personas en relación al tipo de comprensión que nos prestan. Por un lado están los cómplices. Los cómplices son aquellas personas que te lamen las heridas. Aquellas personas que te tratan desde lo que eres. Si te comportas como víctima te tratarán como víctima. Son aquellos que te dicen “pobre… no te preocupes. Has hecho lo correcto. Es cierto que la vida se porta mal contigo. Aquí estoy yo para escucharte”. Frente a los cómplices, existe otro tipo de personas que son los aliados. Los aliados son las personas que te tratan desde lo que tú quieres llegar a ser. Desde tus objetivos y tus sueños. Son aquellos que te dicen “es posible que te hayas equivocado pero si quieres crecer debes levantarte y seguir intentándolo. Aquí me tienes para lo que necesites pero eres tú quien tiene que asumir la responsabilidad de tus actos”. Establecer una alianza significa que nos ayudamos mutuamente a conseguir nuestros sueños. No nos conformamos con curarnos las heridas sino que nos espoleamos para avanzar y aproximarnos cada vez más a nuestras metas. Procurar comprender a la otra persona implica precisamente eso. La pregunta por tanto que tengo que hacerme es ¿de qué personas quiero rodearme, de cómplices o de aliados? Pero sobre todo… ¿cómo trato de comprender a las personas? ¿desde una alianza para conseguir llegar a donde queremos llegar o desde una complicidad con lo que somos que no nos permite avanzar y nos mantiene siempre en el mismo sitio?

Prestar atención a las pequeñas cosas implica desarrollar la capacidad de observación y tener un elevado nivel de conciencia del momento presente. Cuando estamos habituados a tener una palabra amable, con frecuencia ésta llegará a otra persona en un momento en que la necesita. Hoy día las tecnología nos lo ha puesto fácil. Un mensaje de WhatsApp deseando buenos días, una llamada preguntando por como ha resultado un día difícil, una frase inspiradora en Twitter o un pensamiento enriquecedor en Facebook pueden lograr un efecto inimaginable de manera que aumenten nuestro saldo bancario emocional. En esto es excepcional mi amigo Ángel. Desde hace muchos, muchos meses Ángel nos saluda todas las mañanas y nos despide todas las noches con un audio motivador de propia creación que envía a través de WhatsApp. Es un pequeño gran detalle saber que Ángel se acuerda todos los días de mí. Que soy importante para él. De esta forma, cada día, engrandece más el saldo de la cuenta bancaria emocional que mantiene conmigo.

Hace ya algún tiempo que he decidido sonreír a la gente con la que me relaciono. Y hacerlo así ha rendido frutos impresionantes. Con el tiempo empiezas a notar que la gente también te sonríe. Un día descubres que la gente te trata de una forma diferente. Más adelante aprecias que personas con las que apenas has intercambiado un par de palabras se dirigen a ti con afecto y confianza. Prestar atención a las pequeñas cosas, mantener una mirada afectuosa, tratar de tener una palabra agradable con alguien que tiene un mal día, una sonrisa, supone en definitiva hacer ingresos en nuestra cuenta bancaria emocional. Porque sonreír o dedicar una palabra amable a alguien que se siente ese día triste, desgraciado, solo,… puede ser, sin saberlo, la tabla a la que esa persona se agarre para mantenerse a flote y no hundirse definitivamente. Y tener la posibilidad de salvar a alguien en un momento dado aumenta extraordinariamente el saldo de nuestra cuenta. Aún cuando la mayoría de las veces no seamos conscientes de ello.

Mantener los compromisos es esencial para generar confianza. Esto es lo que hace Ángel. A pesar del cansancio que supone hacer todos los días lo mismo, mantiene inalterable su compromiso con el envío de los audios motivadores. Nada vacía más rápidamente el saldo de una cuenta emocional que no responder a las expectativas que hemos generado. Desde hace algún tiempo me gusta decirle a los pacientes que tengo que operar algo así: “la intervención tiene riesgos. No puedo garantizarle que no vaya a haber complicaciones. Lo que sí puedo garantizarle es que si es el caso, yo voy a estar a su lado. Que si hay que luchar nos ponemos el casco y nos vamos a la batalla. A vencer a la complicación”. Porque la expectativa más grande que tiene un paciente es no sentirse abandonado. Y no deja de sonar en mi mente un principio de un maestro que escuche una vez… “la responsabilidad de haber causado eventualmente un daño a quien puso su confianza en ti es intransferible”. Está en nuestra mano aceptar o no un compromiso. Pero una vez aceptado es necesario mantenerlo.

La integridad personal consiste en tratar a todas las personas según el mismo conjunto de principios. Es posible tratar de comprender, prestar atención a las pequeñas cosas, mantener las promesas, y aclarar las expectativas sin que por ello se constituyan reservas de confianza si las personas con las que me relaciono perciben que actúo de forma poco íntegra. Y atento contra la integridad personal de dos maneras. La primera faltando a la verdad. La segunda manifestando deslealtad. Así que uno de los modos más importantes de poner de manifiesto la integridad es evitar toda comunicación engañosa, desleal o que no respeta la dignidad de las personas. La otra forma es ser leales con quienes están ausentes. Haciéndolo así construimos la confianza de los que están presentes. Este principio ha cambiado mi vida. No es una utopía. Cuando en un grupo de gente se comienza a hablar mal de alguien, ahora se que tengo la opción de abstenerme de participar e incluso de expresar que no debería hablarse mal de quien no puede participar. Es una opción que tengo y a la que acudo con cierta frecuencia para recordarme que la libertad última radica en mi capacidad de elegir la respuesta que quiero dar sobre la base de los valores y principios que yo libremente he elegido.

Finalmente, cuando a pesar de todo he tenido una aspereza, cuando he realizado un juicio, cuando no he sido capaz de mantener un compromiso,… no pasa nada. No soy perfecto. Siempre tengo la posibilidad de disculparme. La disculpa sincera genera un efecto rebote, un mayor saldo en mi cuenta siempre que se cumpla una condición… ser sincero. Disculparme continuamente por las mismas cosas sin mostrar un auténtico deseo de cambiar los errores, cayendo en lo mismo una y otra vez, genera falta de credibilidad y una merma en mi saldo. Una vez comprobé esto de primera mano. Una de las mejores relaciones profesionales y personales que he tenido se construyó precisamente sobre una disculpa.

Ocupaba yo el puesto de Director Médico en el hospital de Andújar y cometí un error con una persona que por otro lado mostraba un enorme compromiso conmigo. Inicialmente no me dijo nada pero al cabo de una hora se atrevió a expresar con toda la humildad del mundo las razones por las que creía que yo estaba equivocado. Cuando puse en la balanza el compromiso que esta persona había mostrado en todo momento conmigo, comprendí que había hecho una aplicación mezquina de las normas en las que había basado mi decisión. Lo reconocí, me disculpé sinceramente y enmendé el error. Conseguí ganar una colaboradora increíble y una amiga aún mejor. En aquel momento desconocía la idea de Covey de una cuenta bancaria emocional, pero ahora reconozco que convertí un reintegro en uno de los mayores depósitos que había hecho en mi vida.

Theodore Roosevelt, el que fuera vigesimosexto presidente de los Estados Unidos de América dijo una vez “El ingrediente más importante en la fórmula del éxito es saber llevarse bien con las personas.” La interdependencia supone que siendo independientes, podemos beneficiarnos de lo que los demás nos pueden aportar para crecer, avanzar y conseguir nuestros objetivos en la vida. Pero este enriquecimiento que conseguimos de la relación con los demás es bidireccional y también enriquecemos la vida de otras personas.

La idea de la cuenta bancaria emocional me resulta apasionante. La imagen es muy reveladora. De la misma forma que el saldo deposito/reintegro positivo aporta tranquilidad a mi vida diaria porque me garantiza que algo estoy haciendo bien, en las relaciones interpersonales me ocurre igual. Cuando los depósitos superan a los reintegros siento la conciencia tranquila, una satisfacción duradera y la sensación íntima de estar contribuyendo a crear un mundo mejor a mi alrededor. En el fondo, son las relaciones con las personas lo que da valor a la vida.

Como dijo el poeta y místico hindú Rabindranath Tagore “Dormí y soñé que la vida era alegría; desperté y vi que la vida era servicio. Actué y contemplé, que el servicio es alegría.

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Sentir plenamente la vida http://cordobabuenasnoticias.com/2016/04/27/sentir-plenamente-la-vida/ http://cordobabuenasnoticias.com/2016/04/27/sentir-plenamente-la-vida/#comments Tue, 26 Apr 2016 23:13:33 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=43546 Todo. Yo soy todo. Alegría y tristeza. Miedo y enfado. Disgusto y aceptación. Luz y oscuridad, Paz y tribulación…
Todo. Yo soy todo. Alegría y tristeza. Miedo y enfado. Disgusto y aceptación. Luz y oscuridad, Paz y tribulación…

José Gómez Barbadillo. Desde hace algún tiempo intento encontrar todos los días espacios para escribir. Cada mañana me propongo dedicar al menos diez o quince minutos a recoger en el papel experiencias, emociones, descubrimientos que voy haciendo. Antes de salir para trabajar, unas veces con algo más de tiempo, otras veces más apurado, agarro cuaderno y bolígrafo y me siento ilusionado con disposición de dejarme llevar por la inspiración. A veces las palabras fluyen fáciles. Guiado por una frase que ha llamado mi atención, una reflexión leída en un libro, que me ha hecho pensar o un sentimiento profundo de gratitud, mi mano parece tomar vida propia y página tras página, los espacios en blanco empiezan a cubrirse de palabras. Otras veces sin embargo no encuentro un pensamiento claro que me arrastre detrás de las páginas del cuaderno. Y entonces suelo hacerme la pregunta “¿cómo me siento hoy?”. Contestar a esa pregunta supone tomar conciencia de mi estado emocional y a través de él conocerme un poco más a mí mismo. Y este trabajo, me ayuda.

Se atribuye a Paul Ekman la primera definición de las emociones básicas. Investigando las expresiones faciales de diversos grupos étnicos humanos ante un estímulo, Ekman encontró que las expresiones faciales de las emociones no son determinadas culturalmente, sino que son más bien universales y tienen, por consiguiente, un origen biológico. Sobre la base de las expresiones faciales reconocibles en todos los grupos humanos se encuentran aquellas que expresan el enfado o ira, el asco o disgusto, el miedo, la alegría, la tristeza y la sorpresa. Ekman definió estas seis emociones como básicas. Posteriormente, se ha puesto en duda que la sorpresa y el disgusto formen parte de las emociones reconocidas universalmente, de manera que hoy día se reconocen invariablemente como emociones básicas universales sólo la alegría, la tristeza, el miedo y el enfado.

Pero existen muchísimas más emociones que estas cuatro. Robert Plutchik propone que las emociones básicas, a las que él añade la anticipación y la confianza, pueden graduarse en tres niveles de intensidad de forma que cada una de estas ocho emociones dan lugar a veinticuatro. Así, el miedo podría graduarse como aprensión, miedo y terror. Por otro lado, la combinación de emociones primarias daría lugar a emociones secundarias y la combinación de emociones secundarias originaría emociones terciarias y sucesivamente. La consecuencia de todo ello es que existe una gran cantidad de estados emocionales que difícilmente sabemos identificar. Una amplia constelación de emociones con múltiples matices. No es extraño por lo tanto que cuando se pregunta a una persona o a un grupo de personas cómo se sienten en un momento dado, la mayoría tiende a responder con las palabras “bien” o “mal”. Estas expresiones implican la dificultad que habitualmente tenemos para reconocer diferentes tipos de emociones. “Bien” puede implicar alegría, serenidad, satisfacción, confianza, ilusión,… mientras que “Mal” no permite conocer si la persona que se siente de esta forma siente tristeza, disgusto, enfado o ansiedad, por poner un ejemplo.

Prestar atención a nuestros estados emocionales y tratar de indagar en ellos se convierte en una herramienta de gran valor para conocernos mejor a nosotros mismos. Y en este sentido me doy cuenta de la gran variedad y colección de estados emocionales que presento. Disgustado el domingo, enfadado el lunes, triste el martes, sereno el miércoles, ilusionado y optimista el jueves, satisfecho el viernes… Esta ha sido mi última semana. Son tantas emociones, tantos estados emocionales los que puedo experimentar, que ninguno de ellos realmente me define. No soy ninguno de ellos. Así que tratar de definirme a través de alguno es una tarea absurda. Y sin embargo eso es lo que he hecho toda mi vida. Me he contado la historia de que soy triste, melancólico, depresivo… Sí, ese es el relato de mi vida. Tan falso como una buena copia de un cuadro. Tan engañoso como una moneda de latón. Y sin embargo, lo he comprado una y mil veces sin discutir

Jeff Foster, en su libro “La Aceptación más Profunda” señala que lo que somos realmente es un vasto océano de conciencia donde pueden aparecer miles de olas. Cada experiencia en nuestra vida es como una ola del océano. Unas olas pueden ser serenas y tranquilas, otras pueden ser violentas y tumultuosas. Pero todas las olas forman parte del océano y al océano vuelven. Ninguna de ellas puede hacer daño al océano al que pertenecen. Así son nuestras experiencias en la vida. Van y vienen. Unas son agradables y placenteras y me hacen sentir feliz. Otras son desagradables y violentas y me provocan sensaciones de malestar. Pero lo único constante es que van y vienen. Ninguna de ellas define al océano. El océano no es placentero, ni sereno, ni violento, ni desagradable. El océano es todas y cada una de esos estados a la vez. Todos forman parte de él.

Dicen que Einstein pudo desarrollar las teorías de la relatividad y del efecto fotoeléctrico porque previamente tuvo una imagen del fenómeno que le hizo comprenderlo. Literalmente “lo vio”. Y a partir de esta imagen puedo desarrollar su teoría. Para mí la imagen del océano me ha hecho “ver” que yo no soy triste ni alegre, ni pacífico ni violento. Ninguna de esas etiquetas me define. En el vasto océano de conciencia que es cada persona, somos todas esas cosas a la vez. Todas forman parte de nosotros. Y en lo más profundo de nuestra experiencia, todo está bien. Lo que ocurre es que me he creado un relato de mi vida en el que me defino por alguna experiencia recurrente y me cuesta trabajo aceptar, rechazo, aquello que pone en entredicho lo que me proporciona una cuestionable identidad.

Desde un punto de vista neurolinguístico, cometemos este error una y mil veces cuando utilizamos de forma inadecuada el verbo ser. Cuando digo “yo soy triste”, “yo soy irascible”, “yo soy miedoso”, … estamos utilizando un tiempo gramatical que no es el correcto. El presente habitual es un tiempo que se utiliza para expresar acciones que se realizan de manera mantenida en el tiempo. Existe otro tiempo que es el presente continuo que implica acciones que se están realizando en este momento. Desde la perspectiva del océano, decir “yo soy irascible” implica utilizar inadecuadamente el presente habitual. Sería más correcto decir “en este momento estoy siendo irascible”. Otra posibilidad es dejar de identificarnos con nuestros estados emocionales y depositar la responsabilidad no en lo que somos sino en lo que hacemos y así podríamos decir “en este momento me estoy comportando de forma irascible”. Lo que es una realidad es que “yo no soy irascible” porque la experiencia de ser irascible, o de comportarme de forma irascible, no es sino una más de las miles de olas del océano. Y el océano es absolutamente incatalogable. Podemos expresarnos como nos parezca oportuno, pero lo que no debemos es caer en la trampa del lenguaje e identificarnos con un estado emocional que es absolutamente transitorio.

¿Qué es entonces lo que queda fuera del relato de mi vida? Todo. Yo soy todo. Alegría y tristeza. Miedo y enfado. Disgusto y aceptación. Luz y oscuridad, Paz y tribulación… Todas esas experiencias forman parte de mí y no tiene sentido rechazar ninguna de ellas. Fuera del relato que me cuento a mí mismo, soy la vida entera, que fluye a través de mí. Soy el vasto océano de conciencia donde todas las olas aparecen y se retiran. Todas las olas sin excepción. Toda la vida fluye a través de mí, forma parte de mi.

El historiador romano Cayo Salustio Crispo, más conocido como Salustio lo expreso de forma clara y diáfana: “Cuando por fin regresas a tu tierra, descubres que no era tu vieja casa lo que extrañabas, sino tu niñez”. Como en los cuentos del Grial donde el caballero vuelve siempre al hogar después de haber luchado contra dragones y sorteado mil vicisitudes, buscamos permanentemente algo definitivo que nos permita sentirnos bien. Ansiamos volver a casa, habiendo encontrado aquello que de sentido a nuestra vida. Anhelamos recuperar la esencia que perdimos al crecer. Buscamos eternamente fuera de nosotros, rechazando aquellas experiencias que creemos que nos apartan de ese estado esencial. Y la búsqueda no acaba hasta que nos damos cuenta de que no hay nada que buscar. Que fuera del relato que nos hacemos de nuestra vida nunca hemos dejado de estar completos porque es la vida entera, sin opuestos, la que fluye a través de nosotros.

 

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Ser amable http://cordobabuenasnoticias.com/2016/01/26/ser-amable/ http://cordobabuenasnoticias.com/2016/01/26/ser-amable/#comments Tue, 26 Jan 2016 07:00:47 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=40431 José Gómez Barbadillo. “Nadie es tan pobre que no pueda regalar una sonrisa”. (“Sonrisa”, poema anónimo)

                          “Con una sonrisa puedo comprar todas esas cosas que no se venden”. (“Con una sonrisa”, José Luís Perales)

 

Ser amable.
Ser amable.

Me encanta pasear en las tardes de los fines de semana. Me preparo con ropa y calzado adecuado; cojo mi cuaderno, mi bolígrafo y mis auriculares y emprendo la marcha. Con el único objetivo de empezar a andar y no saber donde ni cuando voy a acabar. Ocasionalmente mi mente se evade y empieza a recorrer pensamientos obsesivos en torno a cuestiones pendientes. Pero cuando me doy cuenta de ese rumbo errático, pongo de nuevo la atención en los pasos que doy o en la música que escucho, me sonrío con compasión y retorno a la conciencia del momento presente. Es en ese momento cuando me siento uno con todo lo que me rodea. Y entonces siento una plenitud en mi vida que me lleva a ser amable con todo lo que me encuentro a mi alrededor. A sonreír al anciano que se cruza en mi camino, a bendecir a la pareja que pasa a mi lado o a acariciar a un perro que camina sujeto a su amo a través de una correa. En ciertos momentos me quedo mirando al cielo y me siento agradecido y conmovido por la bondad de todo lo que existe.

Albert Einstein, una de las mentes más claras que ha alumbrado la humanidad dijo en una ocasión que cada persona en el universo debe tomar la decisión más importante de su vida cuando se pregunta si vive en un universo amigable o en un universo hostil. Me gusta la palabra amigable. Ser amigable significa ser digno de ser considerado amigo. Pero aun hay otra palabra que me gusta más. Es la palabra amable. Ser amable implica ser digno de ser amado. Una persona amable es una persona que puede ser amada. Por eso me gusta ser amable conmigo mismo, ser amable con las personas que forman parte de mi día a día y ser amable con la creación en su conjunto.

Frente a los que piensan que el mundo no reúne las condiciones para ser considerado un lugar amable, o más aún, que no existen motivos para mantener una actitud amable con la vida, me gustaría compartir la experiencia vital de Victor Frankl.

Viktor Frankl.
Viktor Frankl.

Viktor Frankl era un médico austriaco, judío, de cierto prestigio en la sociedad vienesa a través de sus trabajos sobre psiquiatría, en la época en que Austria fue anexionada al III Reich. La deriva criminal del nazismo lo condujo a un campo de concentración. En su obra “El Hombre en Busca de Sentido” Frankl relata la experiencia propia y de otros prisioneros del campo de concentración de Auswitch y los mecanismos que hicieron posible que algunos prisioneros sobrevivieran a la guerra mientras que otros sucumbieran e incluso buscaran voluntariamente la muerte para escapar del horror de aquella experiencia. Cuenta Victor Frankl, que al ingresar en el campo de concentración, cuando se vio desnudo delante de los carceleros nazis, comprendió que habiéndole quitado todo, sólo le quedaba una cosa y que esa no se lo podían quitar. A esa última y preciada posesión le llamó la libertad última: la libertad de elegir la respuesta ante la agresión. Y a través de la imaginación, del recuerdo de los seres queridos, de la esperanza de un futuro mejor o de la experiencia de comunión con la naturaleza, provocaba la confusión de los responsables del campo de concentración que no entendían de donde podía Frankl sacar la fortaleza.

La libertad de elegir la respuesta ante las circunstancias que nos presenta la vida define un tipo de paradigma acerca de la comprensión del mundo. El paradigma de la responsabilidad. El paradigma de las personas proactivas. El paradigma de las personas que no dicen “no puedo” sino que dicen “quiero”. Etimológicamente la palabra responsabilidad significa “habilidad para responder”, lo que coincide plenamente con la libertad última de Victor Frankl: la libertad de elegir la respuesta adecuada. Podemos decir entonces que Victor Frankl fue una persona “responsable”.

Frente al paradigma de la responsabilidad, el otro gran paradigma acerca de la comprensión del mundo es el paradigma del victimismo. Desde la postura de la víctima, la responsabilidad de lo que le ocurre está fuera de él. Es el mundo exterior, hostil y amenazador, el responsable de su situación. Y frente a ello solamente se puede responder de forma defensiva. Las personas impregnadas de esta visión del mundo no eligen la respuesta sino que reaccionan de forma automática sobre la base de creencias irracionales. Responsabilidad frente a victimismo, proacción frente a reacción, convicción de que yo puedo crear mi vida frente a impotencia e imposibilidad de cambiar nada…

La persona victima ve el mundo como un entorno hostil y reacciona frente a todo lo que le ocurre. La persona responsable ve el mundo como un sitio amable y elije sus respuestas tratando siempre de devolver la amabilidad que recibe. Personalmente he decidido ser amable con el mundo. Elijo tener una sonrisa y una palabra agradable con las personas con las que me cruzo a lo largo del día. Los pacientes que trato y sus familias, la gente que forma la enorme plantilla del hospital y que influyen en mi trabajo a la vez que yo influyo en la suya, la persona despistada que me pregunta donde se hace determinada prueba, el taxista que me lleva a algún sitio cuando voy con prisa, el abuelo que me cruzo en la calle y que saca su sabiduría para ilustrarme, el peluquero que me pela,…

Enhamed Enhamed. / Foto: Youtube/ Cuatro.
Enhamed Enhamed. / Foto: Youtube/ Cuatro.

Enhamed Enhamed es un deportista de élite. Nadador del Club Natación Metropole, es considerado por muchos el mejor nadador paralímpico de la historia, tras haber conseguido el mejor resultado de un nadador en unas paralimpiadas con la consecución de 4 medallas de oro en los Juegos Paralímpicos de Pekín 2008, hito que le supuso ser considerado el “Michael Phelps español”. Enhamed es ciego. Perdió la vista de forma súbita a los ocho años. Sin embargo el prefiere decir que “gano la ceguera”. Enhamed Enhamed descubrió a los 21 años que es necesario cambiar las preguntas que nos hacemos a nosotros mismos porque si hubiera seguido preguntándose por qué perdió la vista no hubiera podido disfrutar de todas las cosas que la vida le ha dado desde su nuevo estado de invidente. Confiesa que a estas alturas no cambiaría todas las medallas que ha ganado por recuperar la vista ya que su vida ha sido muy enriquecedora gracias a las oportunidades que le ha dado la ceguera. En la actualidad, además de trazarse nuevos retos deportivos, desarrolla su labor profesional como coach, impartiendo conferencias a ejecutivos de empresas, colectivos de trabajadores y estudiantes, transmitiendo una serie de conocimientos que ayuden a la superación y motivación personal. A sus 28 años, y con sus circunstancias a cuestas, Enhamed ha decidido ser amable con la vida y sonreir al mundo. Y ayudar a los demás a sonreir a pesar de sus circunstancias. Desde luego ha alejado de su vida la tentación de responder desde el paradigma de la víctima. Este ejemplo,  como el de Victor Frankl nos enseñan que a pesar de lo que nos ocurre en la vida uno siempre puede elegir la respuesta. Y que desde la responsabilidad, podemos sacarle el máximo partido a nuestras vidas a pesar de las condiciones más adversas.

Pero al final de todo, la persona más importante con la que tengo que ser amable es conmigo mismo. La persona con la que voy a estar siempre. La persona que nunca me va a dejar. La persona con la que comparto 24 horas al día 365 días al año. Yo. Y reconozco que con frecuencia soy un tirano conmigo. Me enfado cuando cometo un error. Me digo que no sirvo cuando quiero emprender una tarea y encuentro dificultades. Soy duro y castigador como no lo sería con nadie ajeno a mí que se encontrara en una situación idéntica. Por lo tanto, el mayor de los retos es observarme, comprenderme y aceptarme como soy. Y cuando lo hago, una sonrisa brota de mi interior de manera espontánea e ilumina mi rostro. Es en esos momentos cuando me siento completamente en paz conmigo mismo. Por eso me gusta pasear. Porque son los momentos en los que me encuentro. Y eso me hace sentir tal gratitud hacia todo, que sonrío hacia fuera pero pongo mi mejor  sonrisa para mí.

Estudios científicos parecen demostrar que necesitamos hasta diecisiete músculos para sonreír, pero este número se eleva hasta cuarenta y tres si lo que hacemos es fruncir el ceño. Sabiendo esto, parece que vale más la pena sonreír, aunque solo sea por ahorrar trabajo a nuestro sistema muscular. En el fondo es una cuestión de eficiencia energética. Así que, ¿por qué no sonreir más?

Sonrisa.
Sonrisa.

Proactividad Vs reactividad. La clave es desde donde respondemos a las circunstancias externas que sacuden nuestra vida. ¿Permitir que nuestra conducta sea un reflejo automático de los programas que están instalados en nuestra mente o por el contrario basar nuestra conducta en las decisiones que tomamos desde nuestra libertad interior, desde los principios y valores que hemos establecido como nuestros? Para mí la respuesta está clara. Elijo desde los principios y valores que yo he elegido. Y sonrío.

¿Vivo en un universo hostil o en un universo amable? Esa es la pregunta que cada uno tiene que responder. Personalmente desde que he descubierto que el mundo es un sitio amable, camino por la vida como cuando salgo a pasear por las tardes… ilusionado. Y entonces la vida se convierte en una aventura apasionante.

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Hoy voy a ser feliz http://cordobabuenasnoticias.com/2016/01/01/hoy-voy-a-ser-feliz-2/ http://cordobabuenasnoticias.com/2016/01/01/hoy-voy-a-ser-feliz-2/#comments Fri, 01 Jan 2016 19:45:35 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=39500 Sé feliz.
Sé feliz.

José Gómez Barbadillo. En la vida nos movemos con muchas conductas estereotipadas. Una de ellas es la creencia generalizada de que a una edad determinada las personas no pueden cambiar. Nos identificamos con nuestras pautas de conducta y llegamos a creernos que somos esas pautas. Cualquier esfuerzo encaminado a cambiar aspectos de nuestra forma de ser que no nos gustan parecen condenados al fracaso. Tenemos dentro de nosotros una parte malvada que disfruta boicoteando nuestros intentos de cambiar. Y ello en cualquier proyecto que emprendamos, bien sea una pérdida de peso, una mayor dedicación al deporte o ejercicio físico o una decisión bien motivada para emprender algún tipo de estudio o formación. Es como si dentro de nosotros lleváramos un Mr. Hyde, una oculta y malvada personalidad aparejada al Dr. Jekyll en la novela del escritor Robert Louis Stevenson, que nos convenciera de la inutilidad de cualquier empeño en el que nos queramos emplear profundamente.

Hace un par de años, yo me encontraba atravesando una mala época. Problemas personales, familiares y laborales se entremezclaban en una síntesis  bien tamizada impidiéndome disfrutar de cada momento de cada día. La situación llegó a ser tan desesperada que llegue a estar convencido de que necesitaba un cambio en mi vida, sin saber muy bien a donde me llevaría eso. Dicen que los personajes que han sufrido grandes transformaciones han pasado por épocas de gran sufrimiento. Sería la noche oscura del alma de la que habla San Juan de Cruz. Pues en mi caso, la insatisfacción con mi vida había llegado a tal grado que cambiar se me antojaba una necesidad vital. Hasta ese momento había buscado en todos los lados posibles… la Iglesia, la Psicología, la Autoayuda,…, las conversaciones con determinadas personas que aparecían en mi vida como un regalo de Dios,… Nada de eso parecía ser de ayuda. Todo lo más, resultaba útil durante un corto espacio de tiempo. Pero el final era volver a caer en la misma situación de todos los días. En la convicción de que a causa de mi forma de ser no podía cambiar y que estaba condenado a reproducir una y otra vez las mismas pautas. Mi Mr. Hyde, mi facción malvada contra mí, salía victoriosa una y otra vez.

Tomé la decisión de cambiar porque ya no soportaba más el sufrimiento. Pero lo que ahora comprendo es que eso no significa que el sufrimiento se acabe. Las mismas circunstancias desagradables y negativas que hasta ese momento lo provocaban siguen estando presentes en mi vida. Y nada ni nadie puede hacer que dejen de ocurrir. Sin embargo, ahora tengo una visión algo diferente. Ahora pienso que el sufrimiento tiene un sentido. A partir del momento en que he decidido que voy a cambiar mi vida porque quiero encontrar la paz, las experiencias negativas que siguen presentándose se convierten en herramientas para la transformación. Oportunidades para aprender a responder de forma diferente. Son pruebas que nos permiten practicar nuestra determinación de cambiar y nos dan la oportunidad de responder de una manera diferente a como lo hemos hecho hasta ahora.

El 2016 debe venir cargado de nuevos propósitos.
El 2016 debe venir cargado de nuevos propósitos.

Vivimos condicionados por hábitos. Hábitos adquiridos a través de años y años de travesía por nuestra vida. Ante una situación concreta tendemos a responder de una forma concreta que nos ha resultado útil anteriormente. Y tras años y años de repetición, en nuestro cerebro se han establecido circuitos neuronales automáticos, ajenos a la conciencia, que responden automáticamente ante determinadas situaciones. Es como la persona que conduce un coche. Ya no piensa conscientemente “voy a cambiar la marcha” sino que cuando se dan las circunstancias adecuadas lo hace porque su cerebro está utilizando “atajos”, circuitos preestablecidos, para realizar esa acción sin el concurso de la corteza cerebral que es donde radica la conciencia. Esos hábitos hacen que ante una situación concreta, nuestra mente responda de la forma en que lo ha hecho anteriormente. Y cuando una experiencia es negativa el resultado es la rememoración de las emociones que en situaciones anteriores acompañaron a esa experiencia. El cerebro no distingue entre presente, pasado y futuro, y la huella bioquímica de una emoción es similar aunque la experiencia se diera en el pasado. En este sentido, podemos decir que nuestro pasado nos condiciona una y otra vez.

Recientemente he intervenido a un paciente que ha sufrido una complicación grave. El recuerdo de experiencias pasadas similares con su huella bioquímica impresa, junto con la percepción de una amenaza en el futuro, la posibilidad de la muerte, han condicionado en mí la recreación de todos estos acontecimientos fisiológicos y mentales. En un primer momento, mi mente y mi cuerpo respondieron exactamente de la misma forma que lo había hecho anteriormente. Miedo, ansiedad, palpitaciones,…, bloqueo emocional. Idéntica situación, una complicación quirúrgica grave, me ha vuelto a colocar en el mismo sitio de siempre. Pero esta vez he hecho algo distinto. He contemplado la situación como una oportunidad. El que en mi vida aparezcan situaciones desagradables no va a cambiar. Pero lo que si puedo cambiar es mi percepción de la situación. En el pasado siempre fue negativa. Percibo una amenaza a mi ego. Siento el fracaso. Me preocupa que mi imagen se resienta. Me siento culpable. Porque es evidente que la situación actual de mi paciente tiene que ver con el daño controlado que yo le infligí. Y tengo tendencia a la huída porque me siento amenazado… y no tengo nadie con quien luchar…

Hoy puedo responder de la misma forma en que he respondido una y mil veces… O puedo responder de una forma diferente. Y si respondo de una forma diferente, estoy creando un hábito nuevo.

Mi intención ha sido ayudar. En esta nueva situación, puedo seguir ayudando. Hay una persona triste, preocupada, con ansiedad a la que puedo ayudar de otra forma. Además de hacer lo que tenga que hacer, incluyendo una o varias reintervenciones hasta solucionar el problema, puedo hacer algo diferente a huir… Puedo acompañar, tranquilizar, apoyar, despejar miedos,… Puedo creer en mi capacidad y habilidad. Y puedo confiar en Dios, la conciencia universal, la mente infinita, la sabiduría ancestral o el campo cuántico universal. Aún así mi viejo yo, condicionado por los hábitos, se resiste. No quiere cambiar porque le pesa el posible fracaso y la decepción. Demasiadas cicatrices en el cuerpo. Pero el fracaso y la decepción ya lo tengo. ¿Hay otra opción? En lugar de mantenerme quieto y ausente esta vez me voy a poner el casco y me voy a la batalla de la vida con compasión, con amor, con entrega. Sin pensar en los resultados porque no me pertenecen. Pertenecen a Dios.

Vivimos muy condicionados.
Vivimos muy condicionados.

Carlos González Vallés, un jesuita español que ha pasado la mayor parte de su vida en la India, cuenta en uno de sus libros como cierto día observaba a un grupo de operarios que laboriosa y afanosamente trataban de levantar un templete, una especie de pérgola donde sentarse a contemplar el paisaje, en las proximidades de un lago. A lo largo de varios días, pusieron los cimientos, levantaron el eje central. Sobre éste fueron colocando el armazón de madera que daría sustento al tejado. Con cierta lentitud exasperante para un occidental fueron dando forma al objeto de sus desvelos. Cuando al final retiraron las planchas de madera que sostenían el encofrado y observaban satisfechos el fruto de su trabajo, un estruendo ensordecedor precedió el derrumbe del afán de varios días. Lo que le llamó la atención al autor fue que tras unos momentos de estupor, los trabajadores que tan laboriosamente habían levantado el templete rompieron a reir. Lejos de nuestra mentalidad occidental tan orientada a resultados, para la mentalidad oriental lo importante es el proceso en sí. El resultado sencillamente no les pertenece. Como en mi caso… lo único que me pertenece es actuar de la mejor manera posible. Y confiar en Dios, en la vida, en que haciendo todo lo posible, el resultado sea favorable para todos.

Aceptar las experiencias negativas que nos presenta cada día con una actitud diferente. Y esa actitud diferente es dar una respuesta diferente. Sólo así las experiencias nuevas pueden reemplazar a las experiencias antiguas que nos mantienen una y otra vez anclados en el pasado.

Pero las experiencias memorizadas son, como he dicho antes, hábitos dependientes de circuitos neuronales bien establecidos. Y cuesta deshacerse de ellos. Por lo tanto hay que contar con que una y otra vez volverán a salir los viejos hábitos. Nunca hay que olvidarlos. Pero si sabes que están ahí y que en algún momento aparecerán, si sabes identificarlos en cuanto asoman, si no te identificas con ellos y los ves desde fuera como un observador externo, entonces siempre puedes ir echándolos de tu vida diciéndote… ¡CAMBIA!

Ahora me doy cuenta de que trabajar el cambio en momentos emocionalmente negativos es un gran regalo. Nunca he hecho este trabajo cuando he estado en esta situación. Siempre he querido hacerlo cuando me encontrara bien y fuerte. Ahora me doy cuenta de que ESTA es la ocasión adecuada. Este es el momento necesario del que siempre he huido. Esta es la experiencia que tengo que trabajar. En lugar de retirarme del mundo y encerrarme en una concha a esperar que pase el momento, este es el día en que tengo que trabajar. Hoy tengo la experiencia que la vida me ofrece. Hoy es el día en el que tengo que aprender algo que sea realmente importante. Algo que suponga un auténtico salto cuántico en mi existencia.

Hoy es un día precioso. Hoy elijo ser feliz. Con lo que tengo. Con la preocupación, ansiedad, miedo, incertidumbre,… Hoy voy a ser feliz.

No voy a esperar a que se resuelva la situación de mi paciente. No voy a esperar a que pase el congreso que me tiene atareado preparando una conferencia. No voy a esperar a que llegue el fin de semana. Ni tampoco voy a esperar a las vacaciones. Elijo no esperar más. Elijo aprender de la experiencia que vivo. Elijo pensar de forma diferente. Elijo confiar en Dios y abandonarme; renunciar a querer tener el control de todo. Elijo sentirme parte de la conciencia universal y mantenerme conectado a la fuente, consciente de que hay una inteligencia superior, que tiene un plan para mí, que formo parte de ese plan y que acepto lo que venga porque lo que venga es bueno para mí; porque esa inteligencia superior a la que estoy conectado sólo desea mi bien.

Estoy preparado para recibir todo lo bueno que la vida me quiera dar. Así que elijo ser feliz sin postergarlo más. Aprendiendo de las experiencias que me pone delante la vida. Y dando gracias por ellas.

Este es el reto. No es fácil. Pero ahora me parece ilusionante.

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Apartar el miedo http://cordobabuenasnoticias.com/2015/12/04/apartar-el-miedo/ http://cordobabuenasnoticias.com/2015/12/04/apartar-el-miedo/#comments Fri, 04 Dec 2015 07:00:05 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=38607 «Cuando el arquero dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad».
«Cuando el arquero dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad».

José Gómez Barbadillo. Existe un antiguo proverbio oriental que dice… «Cuando el arquero dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad». No continua el proverbio, pero se puede intuir que continúa afirmando que cuando dispara con la presión de querer ganar un premio, ya ha perdido parte de su habilidad. Esto es algo que debería sonarnos muy cercano ya que la presión por conseguir un resultado determinado paradójicamente nos suele alejar del mismo.

Por eso el arquero que dispara gratuitamente tiene con él toda su habilidad. Por eso el pintor que pinta ilusionado es capaz de conseguir grandes obras. Por eso el guitarrista que toca sin público es capaz de disfrutar plenamente con su música. La ausencia de todo miedo permite desarrollar plenamente la habilidad que llevamos dentro de nosotros. En mi profesión lo he visto continuamente. Cuando realizo una intervención con miedo a las posibles complicaciones, mi desempeño es lento, errático, defectuoso y no me quedo satisfecho nunca con el resultado final de la misma. Por el contrario cuando opero ilusionado, confiado en mi habilidad entonces disfruto de mi desempeño y finalizo la intervención con la sensación de haberme superado. Ambos extremos no son casuales. Definen a la perfección los dos estados en los que puede encontrarse el hombre… el estado de supervivencia frente a otro estado que ha recibido muchos nombres pero que tiene uno que particularmente me gusta: el estado de flujo.

El instinto de supervivencia, presente en todos los seres vivos, prepara al organismo para una respuesta de lucha o de huida ante la percepción de un peligro. El cerebro emocional radicado en el sistema límbico provoca una serie de cambios bioquímicos que preparan al cuerpo para una de estas dos respuestas. Cierto día contemplaba un documental sobre la sabana africana. Donde un rebaño de gacelas pastaba tranquilamente, la irrupción de un león, rompía abruptamente el equilibrio. Rápidamente las gacelas emprenden la huida. Y huyen justo hasta el momento en el que el león atrapa a una de ellas y comienza a devorarla. Es en ese momento, cuando cesa la amenaza, cuando el resto de las gacelas recuperan su estado previo a la activación del mecanismo de supervivencia y vuelven a la actividad de pastar. La respuesta de supervivencia desaparece en el momento en que desaparece la amenaza. Y el organismo recupera su homeostasis. Desgraciadamente el ser humano es capaz de “imaginar” amenazas es decir, anticipar, hacer presentes en el “ahora” posibilidades futuras. En estas situaciones el estado de supervivencia puede verse activado de forma casi permanentemente. Y respondemos con lucha o huida en situaciones que carecen de una amenaza real. Cuando esto ocurre, nos hemos instalado en la ansiedad. Si en vez de tratarse de una gacela estuviésemos nosotros en la sabana africana seguramente nunca dejaríamos de correr. ¡Nos inquietaría la posibilidad de que el león se hubiese quedado con hambre!

En este estado de supervivencia, cuando es necesario defenderse de una amenaza mediante el recurso a la lucha o la huida, es imposible la creatividad. La sensación de amenaza canaliza toda la energía del organismo para hacer frente a dicha amenaza. La creatividad pertenece a otro estado natural… El estado de flujo. Es en el estado de flujo donde el hombre encuentra la inspiración para dar lugar a grandes obras. Es un estado descrito a menudo por deportistas de elite y artistas como un momento en que uno se distancia de sus manos y empieza a contemplarse actuando desde fuera. Como si su cuerpo estuviera animado por una energía invisible que le impide parar. Un estado donde la conciencia se separa de la actividad y esta fluye por si sola a través del cuerpo. Es en ese estado de flujo donde el arquero tiene toda su habilidad. Es en el estado de supervivencia donde la pierde.

 El «flujo» es un estado de olvido de uno mismo, el opuesto de la reflexión y la preocupación, un estado en el que la persona, en lugar de perderse en el desasosiego, se encuentra tan absorta en la tarea que está llevando a cabo, que desaparece toda conciencia de sí mismo y abandona hasta las más pequeñas preocupaciones de la vida cotidiana (salud, dinero e incluso hasta el hecho de hacerlo bien). Dicho de otro modo, los momentos de «flujo» son momentos en los que el ego se halla completamente ausente. Paradójicamente, sin embargo, las personas que se hallan en este estado exhiben un control extraordinario sobre lo que están haciendo y sus respuestas se ajustan perfectamente a las exigencias cambiantes de la tarea. Y aunque el rendimiento de quienes se hallan en este estado es extraordinario, en tales momentos la persona está completamente despreocupada de lo que hace y su única motivación descansa en el mero gusto de hacerlo.

Daniel Goleman, en su libro “Inteligencia Emocional” describe así el estado de flujo en palabras de un famoso compositor: «Usted se encuentra en un estado extático en el “que se siente como si casi no existiera. Así es como lo he experimentado yo en numerosas ocasiones. En esos casos, mis manos parecen vacías de mi y yo no tengo nada que ver con lo que ocurre sino que simplemente contemplo maravillado y respetuoso todo lo que sucede. Y eso es algo que fluye por sí mismo.»”

Una vez experimenté algo así en mi vida. Cuando preparaba mi examen MIR (Médico Interno Residente).  Fue una época preciosa. Me retiré a mi casa de Villa del Río donde llevaba una vida casi monacal. Me levantaba temprano y emprendía el plan de estudios que me había propuesto. Mis paradas diarias se limitaban a lo justo: comer, charlaba un rato con las personas que trabajaban en la farmacia de mi padre más que nada por mantener una cierta actividad social y por las noches antes de cenar me daba un baño en la piscina. Luego me acostaba. Todo el tiempo restante lo dedicaba a estudiar. Era capaz de estudiar 14 horas diarias y cada día me levantaba más entusiasmado pensando en cumplir el reto que me había propuesto para ese día. Las horas pasaban casi sin darme cuenta y apenas sentía cansancio. A medida que avanzaba me sentía más entusiasmado y llegaba un momento que era incapaz de parar. Esos momentos en la piscina, de noche, a oscuras, solo, han quedado en mis recuerdos como momentos de gran plenitud. Estudiar en esas circunstancias no era en absoluto una tarea cansada y aburrida. Mi actividad era incesante y casi que me observaba desde fuera asombrado de la capacidad y la ilusión desplegada. En este momento soy capaz de reconocer que en esos días fui capaz de fluir plena y libremente.

En esta sociedad, en este momento de la historia, vivimos casi permanentemente en un estado de supervivencia. Percibimos amenazas en todas las áreas de nuestra vida. Las enormes presiones derivadas de la sociedad, la empresa, la familia, la educación,… han creado en nuestras mentes creencias tan arraigadas que nos llenan de miedos. Miedo a perder el trabajo, miedo a ser abandonado, miedo a no ser querido, miedo a no triunfar, miedo a padecer problemas económicos, miedo a los problemas de salud… pero en el fondo de todos estos miedos uno siempre se encuentra con el miedo central que rige nuestra existencia que no es otro que el miedo a no ser capaz, a no valer, y consecuentemente a no ser querido. Buscamos la aprobación, la aceptación de los demás demostrando que somos valiosos. Y eso nos lleva a un estado permanente de hacer. Y si no sabemos o no podemos, no importa. Lo que cuenta es que no se note. Invertimos una cantidad enorme de energía en hacer para ser valorados, aceptados, queridos. Pero confundimos lo que hacemos con lo que somos.

Ante esta realidad es necesario emprender un proceso de cambio. Un proceso de crecimiento personal. En realidad lo más importante en ese proceso, ese caminar hacia las propias metas y sueños, es el progreso personal cuando nos enfrentamos a los numerosos retos del camino y a nuestros propios miedos. Es necesario aceptar plenamente los retos que la vida nos presenta. ¡Cambia la perspectiva! La vida no es sufrimiento. La vida es crecimiento. Y uno crece cuando se enfrenta a sus miedos. Detrás de esa lucha está la posibilidad de construir una vida más plena. En definitiva de reivindicar el lugar en que nos corresponde vivir la mayor parte del tiempo que es el estado de flujo.

Este mundo es dual. Podemos tomar nuestras decisiones desde el amor o desde el miedo. Si tomamos nuestras decisiones desde el amor, tratamos de acercarnos a aquello que queremos. Si tomamos nuestras decisiones desde el miedo, tratamos de alejarnos de aquello que no queremos. Amor o miedo. Flujo vs supervivencia. ¿En que estado queremos vivir?

El dicho oriental sobre el arquero nos sugiere que cuando nos apegamos a la necesidad de ganar (y por tanto a la posibilidad de perder), nuestra capacidad de dar lo mejor de nosotros mismos deja paso a la ansiedad por lograr (o el miedo de no lograr) el triunfo.

Ambición y miedo. Son las dos caras de la misma moneda por cuanto maniatan nuestra mente, nos mantienen en estado de supervivencia, apartan del goce nuestro desempeño y nos llevan a errar en nuestras acciones alejándonos del lugar en el que por nuestra capacidad y mérito deberíamos situarnos. La paradoja de la vida es que si fuésemos capaces de vencer los miedos imaginarios, toda la energía que quedaría libre nos permitiría fluir. Y en ese estado de flujo probablemente conseguiríamos todo aquello que se nos escapa mientras nos vemos inmersos en un estado de supervivencia continuo.

Una vieja canción swahili, la canción del guerrero, proclama… “El sentido de la vida está en la lucha. La victoria o la derrota están en manos de los Dioses. Así pues, celebremos la lucha”. Una vez más: hay que aceptar que los resultados no nos corresponden. Los resultados, situados en el ámbito de lo futuro, son algo que no existe. Lo único que existe es el presente. Lo que está en nuestras manos hacer. Eso es lo único que tenemos. Y lo haremos todo mucho mejor, y los resultados llegarán, tal y como llegó el resultado de mi examen MIR,  si somos capaces de fluir en lugar de defendernos.

 Por lo tanto… ¡celebremos la lucha!

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La rueda del paciente http://cordobabuenasnoticias.com/2015/06/12/la-rueda-del-paciente/ http://cordobabuenasnoticias.com/2015/06/12/la-rueda-del-paciente/#comments Fri, 12 Jun 2015 09:22:56 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=32277 La rueda del paciente
La rueda del paciente

José Gómez Barbadillo. Pablo Neruda escribió:¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil bajo la lluvia?”. 

Owen Korn dijo: ¿Hay algo más triste y más solo en el mundo que un cirujano con su enfermo complicado?

Los medios de comunicación actuales nos ofrecen una imagen de la medicina omnipotente. Pareciera que la tecnología y el grado de conocimiento actual han elevado el nivel de la asistencia sanitaria a límites cercanos a la infalibilidad. Las expectativas de la sociedad acerca de los resultados del tratamiento de las enfermedades son tan elevadas que existe un reducido nivel de tolerancia a los resultados desfavorables. La televisión y la prensa nos saludan diariamente con los grandes logros obtenidos por médicos, equipos y hospitales de un nivel científico y asistencial extraordinario. No abundan por el contrario noticias relacionadas con la asistencia y las condiciones en que se presta la misma en los centros hospitalarios de un nivel medio que es donde se atiende a la mayoría de los pacientes.  La cirugía, el tratamiento de las enfermedades por medios quirúrgicos, es particularmente sensible a este fenómeno. Siempre he pensado que la respuesta a un tratamiento médico depende de la respuesta a un fármaco. Si el medicamento y la dosis están correctamente prescritos la falta de respuesta o la aparición de eventos adversos ante el mismo es “culpa” exclusivamente del producto farmacéutico o del organismo del paciente que muestra resistencia al mismo. Por el contrario, los cirujanos tratamos las enfermedades provocando una agresión al paciente. Una agresión controlada en la que hemos calibrado que la consecuencia del “daño” infligido compensa el propio daño provocado. Sin embargo, esto no siempre es así. Y cuando aparece la complicación, ni los cirujanos, ni los pacientes ni sus familias, somos capaces de quitarnos de encima la sensación de que la “culpa” de los males que desde este momento arrastra el paciente está íntimamente relacionada con nuestro desempeño.

Cuando decidí formarme como cirujano pensaba en la satisfacción que me produciría poder curar a mis pacientes con la ayuda de mi cabeza y de mis manos. Nadie me preparó sin embargo para la realidad del paciente complicado. Nadie nos prepara para ello. Se trata de una lección dura, difícil y desgarradora que aprendemos paso a paso, día a día, a la que nunca te acostumbras y que nunca se finaliza. Para quien no pertenezca a este entorno, puede resultar difícil entender como de repente se para tu mundo. Al recibir una llamada de un compañero de guardia que puede llegar en cualquier momento. Durante una celebración. Descansando en tu casa. Habiendo salido de viaje… Al llegar una mañana al hospital y darte cuenta que el paciente que operaste el día anterior no está en su habitación, ha bajado a la Unidad de Cuidados Intensivos o simplemente ha tenido que ser reintervenido en la guardia. Incredulidad, negación, rabia,… todas esas emociones se juntan en un momento. Posteriormente viene la aceptación y la necesidad de tomar decisiones, sabiendo que la posibilidad de que el paciente necesite una reintervención, que tú no deseas realizar en absoluto, es bastante probable. Junto a ello se instala una sensación creciente de inquietud y preocupación por la situación clínica y la posible evolución desfavorable del paciente. No puedes dejar de tomar en consideración sus sentimientos y los de su familia. El miedo, la inquietud,… la incertidumbre. La falta de confianza en el nuevo escenario que se abre si su cirujano, la persona en la que él confía, no está presente en ese momento. Y salvo que te sea físicamente imposible decides ir al hospital. A cualquier hora. En cualquier momento. Aparcando o posponiendo tu propia vida a otro momento porque en ese momento no hay nada más importante que responder por entero a la confianza que el paciente tiene depositada sobre ti. En ocasiones hay que aguantar las, por otro lado comprensibles, muestras de desilusión y reproche de tu familia que se pregunta, a veces de forma manifiesta pero siempre en el mudo silencio, si no hay nadie que pueda hacer frente a la urgencia. Si tú resultas indispensable. Pero tú piensas con determinación que la responsabilidad de haber causado eventualmente un daño a quien puso su confianza en ti es algo intransferible. Y te marchas. Rumiando en silencio, segundo a segundo, qué es lo que pudiste hacer mal. Que pudiste haber hecho de forma incorrecta. Que fue lo que falló. Deseando volver atrás y evitar o cambiar aquellos gestos que ahora consideras que no fueron perfectos. Pero no puedes volver atrás. Llegas al hospital con el corazón en un puño. Con un redoble de tambor en tu pecho. Porque temes aquello con lo que te vas a enfrentar. Piensas que aún hay una alternativa. Que quizás las cosas no sean tan graves como te han dicho. Que quizás alguien se ha equivocado y que el problema que tiene el paciente no sea tan serio. Te agarras a esa minúscula posibilidad con más fe que razón. A veces ocurre así. Pero no es lo normal. No es lo habitual que compañeros cirujanos, anestesistas, intensivistas,…, con un nivel de formación magnífico estén equivocados cuando te han llamado. Atraviesas los pasillos, montas en los ascensores. Los compañeros y conocidos que te encuentras te miran, te sonríen y se asombran de que estés allí a horas tan inusuales. Tu pones una sonrisa forzada y saludas educadamente. Pero no tienes ganas de dar explicaciones. Desearías no estar allí. Pero no puedes hacer otra cosa. Te acercas a la habitación del paciente con el corazón encogido. No puedes sacudirte la sensación de haberle fallado y lo miras desviando la vista. No te salen las palabras. Balbuceas unos segundos hasta que las palabras empiezan a fluir. Cuesta trabajo decir a un paciente que necesita una reintervención en este momento. Sin más demoras. Sin tiempo para pensar o asumir la nueva situación. Pero la experiencia caso tras caso, año tras año, te va proporcionado algunos recursos. Tras la aceptación viene el momento de poner en marcha el procedimiento de la reintervención. Preparar un quirófano que no siempre está disponible. A veces la espera es larga. Pasan horas y horas y tú sólo deseas que la espera se acabe. A veces te vuelves a tu casa y pides a los compañeros que te visen cuando el paciente esté en quirófano. Pero tu vida ese día está en suspenso esperando una llamada. Ya está el paciente en quirófano. Empiezas a tranquilizarte. La subida de adrenalina actúa como un eficaz tranquilizante. Empieza la intervención y te olvidas del nerviosismo anterior. Ahora sólo importa solucionar el problema, sacar adelante al paciente. Que se recupere bien y sin problemas. A veces es difícil. La situación es grave y se requieren medias heroicas y una gran dosis de fe. Haces lo que tienes que hacer. Termina la intervención. Ahora falta informar a la familia. Te sientes más tranquilo. Pero aún tienes por delante un reto: afrontar el miedo, las dudas, la intranquilidad, y también con frecuencia, la desconfianza y la agresividad del entorno familiar que no alcanza a comprender la diferencia entre una negligencia y una complicación quirúrgica. Y después de horas de temor, ansiedad, espera y mucho cansancio, aún tienes que echar mano de tus habilidades de comunicación y reconducir la situación con paciencia, tolerancia, comprensión y serenidad evitando perder los nervios ante quien con frecuencia los tiene definitivamente perdidos. Ya has superado la prueba. Ahora te cambias de ropa. El cansancio se hace más evidente. Han sido horas de tensión y por fin puedes empezar a respirar. No deseas otra cosa que volver a casa y relajarte. Respiras con ansia el aire de la calle al salir del hospital y emprendes la vuelta. Pero si crees que aquí ha acabado todo estás equivocado. En los días siguientes tienes que volver a reevaluar la situación, confirmar que todo va bien y esperar que no aparezcan nuevas complicaciones que pongan de nuevo en marcha la rueda del paciente complicado.

Esta es la vida real de un cirujano. Un aspecto no conocido. Una parte que no se ve de nuestro quehacer diario.  Evidentemente no todos los cirujanos somos iguales. Como en todo tipo de personas, hay cirujanos más sensibles, más empáticos, más compasivos y otros más fríos, más distantes, más inexpresivos. Pero todos llevamos por dentro nuestro particular sufrimiento ante aquello que se instala en nuestra cabeza y nuestro pecho cuando se pone en marcha la rueda del paciente complicado.

Una vez, tuve que reintervenir una paciente mayor con la que había llegado a tener una relación especialmente enriquecedora. Era una auténtica señora que despertó en mí una profunda sensación de respeto. Cuando terminó la intervención, una vez recuperada de la anestesia, en Reanimación, le dije… Carmen, ya hemos terminado. Ha salido todo muy bien. Ella, con una mirada afectuosa me dijo: “Me alegro mucho. Por ti”. Comprendí que esa paciente había mirado dentro de mi alma y había comprendido lo que es la rueda del paciente complicado. Por encima de la apariencia de seguridad y autosuficiencia que mostramos a veces, dentro de nosotros existe un alma que se siente insegura y que sufre con el sufrimiento de nuestro paciente. Aquella persona que puso su confianza, plena, en nosotros. Y ese es un contrato que obliga para siempre. Un contrato que no se puede romper y que es intransferible.

Es duro. Pero también es gratificante. San Francisco de Asís dijo una vez: “Quien trabaja con las manos es un operario. Quien trabaja con las manos y la cabeza es un artesano. Pero quien trabaja con las manos, la cabeza y el corazón es un artista”. No somos omnipotentes. No somos infalibles. Somos seres humanos y no estamos libres de cometer errores. Pero yo me alegro de saber que tengo una profesión, que me permite sacar el arte que todos llevamos dentro.

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Superar las limitacines http://cordobabuenasnoticias.com/2015/05/05/superar-las-limitacines/ http://cordobabuenasnoticias.com/2015/05/05/superar-las-limitacines/#comments Tue, 05 May 2015 10:27:50 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=29796 Aprendiendo a vivir.
Aprendiendo a vivir.

José Gómez Barbadillo. Últimamente me he acostumbrado a ir caminando desde casa al hospital por las mañanas. La distancia es corta, unos 10 ó 15 minutos. En el pasado he vivido con tanta sensación de urgencia que perder esos minutos andando cada mañana me parecía un despilfarro. Pero ahora lo hago. Incluso en los días de frío de este invierno, me gusta sentir el aire gélido en mi cara. Me abrigo bien con bufanda, guantes y gorra y me dispongo a disfrutar de esos diez minutos que cada mañana me regala la vida. Y ciertamente es un regalo porque cada día descubro algo que hasta ahora me pasaba inadvertido. Este otoño me sorprendía el silbido conjunto de bandadas de pájaros que anidan en los árboles de la Avenida Virgen de los Dolores. Estaban ahí siempre. Pero hasta ahora yo nunca los había escuchado.

En estos últimos días, cada mañana me sorprendo observando a una chica con secuelas de poliomielitis que arrastra sus pies y tobillos sobre dos muletas y se desplaza a lo largo de mi camino con más fortaleza y perseverancia que soltura o habilidad. Pero camina rumbo hacia su trabajo inasequible al desaliento. Y todas las mañanas me hace reflexionar sobre la apasionante aventura de vivir y el privilegio de ser una persona íntegra tanto física como neurológicamente. Pensaba escribir “mentalmente”. Pero me asusta la osadía de definirme como mentalmente íntegro en este mundo de locos en el que vivimos.
Estoy aprendiendo a vivir…

Sobre todo si medito en la fortuna de estar vivo y lleno de salud. Y en la fortuna de haber disfrutado hasta ahora de una vida plena. Es motivo de agradecimiento reconocer que tengo todas las posibilidades para desarrollarme. Posibilidades que otra gente no ha tenido.

Las posibilidades que los que han fallecido a una edad temprana ya no tendrán.

Las posibilidades que los que tienen una limitación física nunca tendrán. Un ciego, un parapléjico, un paciente con pérdida de miembro superior; nunca podrá llegar a ser un cirujano como yo y disfrutar plenamente de la satisfacción que yo siento ayudando con mis manos a otras personas.

Las posibilidades que los que tienen alguna limitación neurológica no tendrán. Discapacitados mentales, paralíticos cerebrales, pacientes con secuelas de accidentes cerebrovasculares,… nunca podrán avanzar en el conocimiento, contribuir al desarrollo de la ciencia y experimentar el goce que yo siento aprendiendo y enseñando; transmitiendo conocimientos a otras personas y a otras generaciones.
Las posibilidades que los que tienen algún trastorno mental no tendrán. Pacientes con esquizofrenia, delirantes crónicos, trastornos del personalidad, pacientes con depresión endógena mayor;…nunca podrán disfrutar de la alegría que yo he sentido esta tarde al ver el sol iluminando la tierra con una luz cautivadora y calentandola después de estos días pasados de intenso frío.

Dios, el universo, la vida, el destino,… (cada cual elija lo que mejor se adapte a sus creencias) me ha dado todas las posibilidades para hacer con mi vida lo que quiero. Lo que tengo es lo que he elegido. Con mis decisiones, acertadas o no, he construido mi presente. Sin ninguna limitación que me lo impida. Yo he elegido. Y sigo eligiendo cada día. Puedo hacer de mi vida un paraíso o un infierno. Pero en cualquier caso esa es mi opción.

Otros no pueden decir lo mismo desgraciadamente. El ciego no ha podido elegir. El paralítico cerebral no ha podido elegir. El tetrapléjico no ha podido elegir. El esquizofrénico no ha podido elegir. Ellos son los bufones de Dios como retrata el novelista irlandés Morris West en una novela de idéntico nombre. Son personas especiales porque nos recuerdan nuestra propia debilidad sin que hayamos tenido que pasar por ella. Por eso son especiales.

Pero aún siendo los bufones de Dios, esta gente nos da más lecciones. Porque aún en la limitación, uno puede superarse a sí mismo y construir un auténtico paraíso.

Todo el mundo conoce la historia de Stephen Hawking. Más aún estos días en que su vida ha sido llevada al cine en una película que lleva por título “La Teoría del Todo”. Stephen Hawking ha pasado la mayor parte de su vida encerrado dentro de un cuerpo inmovilizado que sólo le permite mover los ojos. Sin embargo, su cerebro intacto, le ha permitido trascender la limitación hasta el punto de que probablemente sea el físico más importante del siglo XX después de Einstein. Y sus libros sobre comología, son amenos y divertidos, escritos con un lenguaje asequible y lleno de pasión. “Historia del Tiempo” y ”El Gran Diseño” son libros que me han apasionado y con los que he aprendido muchísimo sobre esta amplia “casa” en la que moramos.

Y hay muchos héroes anónimos como Stephen Hawking.

Albert Casals es un joven viajero que publica libros de mucho éxito en Cataluña. Empezó a viajar solo a los 15 años, con dos particularidades: sin prácticamente dinero y subido a una silla de ruedas, ya que no puede andar desde que, a los cinco años, sufriera una leucemia. En “El mundo sobre ruedas” relata episodios de sus viajes en los que está a punto de ser arrastrado por un tsunami, cae en manos de contrabandistas o se encuentra lesionado y solo en medio de la nada, pero nunca pierde el sentido del humor.

Nick Vujicic es un australiano de 25 años que nació sin piernas ni brazos. Aun con sus limitaciones, ahora es famoso y admirado en medio mundo. En su libro “Una vida sin límites” explica que si bien de niño imaginaba que con piernas y brazos, sería feliz para el resto de su vida, en un momento determinado descubrió que eso no era verdad sino una ficción. El síndrome de: “si tan sólo tuviera x cosa, sería feliz”… una alucinación colectiva en la que aprendió a no caer. Nick Vujicic es ahora un orador internacional que viaja por el mundo dando charlas sobre fortaleza interior, sobre todo para jóvenes. Le encanta su trabajo, su vida y está rodeado de amigos que le aman. Pero, sobre todo, Nick es un tipo fuerte y feliz.

Jean-Dominique Bauby era redactor jefe de la revista Elle en Francia. La vida le sonreía. Un ajetreado viernes, después de una intensa jornada de trabajo, conduciendo por una apacible carretera a París empezó a sentirse mal, veía doble y la cabeza le daba vueltas como si se hubiese tomado un LSD. Paró inmediatamente en el arcén. En pocos minutos, entraba en coma, aquejado de un accidente cardiovascular grave. Meses después, cuando Jean-Dominique despertó, se dio cuenta de que, a resultas de un derrame cerebral, estaba totalmente paralizado. No podía mover la cabeza. No podía articular palabra. Estaba encerrado en su propio cuerpo. Se hallaba como sumergido en las profundidades del mar, metido en una escafandra de plomo. Hasta aquí, la historia de este hombre no difiere mucho de la de miles de personas con parálisis. La diferencia es que Bauby decidió escribir un libro sobre su experiencia que titularía “La escafandra y la mariposa”. Ideó un sistema para comunicarse parpadeando con su único ojo y dictar así el libro a una escribiente que acudía todas las tardes al hospital. Bauby explica en el libro algunas de sus emociones más penosas: «Un día me resulta divertido que a mis 44 años me laven, me den la vuelta, me limpien el trasero y me pongan pañales como a un niño de pecho. Al día siguiente, todo ello se me antoja el colmo del patetismo y una lágrima surca la espuma de afeitar que un auxiliar extiende por mis mejillas. […] Me sentiría el hombre más dichoso del mundo si sólo pudiera tragar el exceso de saliva que invade mi boca de forma permanente…». Sin embargo, aunque parezca increíble, esos momentos de crisis fueron pocos.

En general, Jean-Dominique fue feliz durante el tiempo en que vivió paralizado. En su libro, siempre habla de su capacidad para apreciar las cosas buenas de su vida, en su caso, usando la imaginación: «Entonces, la escafandra se vuelve menos opresiva y la mente puede vagar como una mariposa. Hay tanto que hacer… Se puede emprender el vuelo por el espacio o el tiempo, partir hacia la Tierra del Fuego o la Tierra del Fuego o la Corte del rey Midas. O bien hacer una visita a la mujer amada, deslizarse a su lado y acariciarle el rostro, todavía dormido. O construir castillos en el aire, conquistar el vellocino de oro, descubrir la Atlántida, realizar los sueños de la infancia o las fantasías de la edad adulta». El caso de Jean-Dominique Bauby, y muchos miles más, nos demuestran que es posible gozar de la vida aun en las circunstancias más extremas. ¡Sí, es posible! Es posible ser feliz estando paralizado o gravemente enfermo. ¡Es posible tener una vida plena, es posible sentirse realizado!

Carlos, es un chico de treinta y tantos años, parapléjico a raíz de un accidente con una motocicleta veinte años atrás. Ahora colabora con colegios, autoescuelas, asociaciones de pacientes,… impartiendo charlas sobre seguridad vial. Sus charlas son emocionantes. Sabe captar la atención del público que le escucha con fragmentos de su vida, de sus necesidades, de su capacidad de adaptación, todo ello aderezado con humor. Es consciente de que su vida sigue teniendo valor incluso en una silla de ruedas y se niega a dejar de vivir. Pero quiere dedicar todos sus esfuerzos a conseguir prevenir situaciones como la suya, ayudar a quienes se ven en una situación parecida a aprender a vivir y a conseguir de las administraciones pertinentes más recursos y más dedicación para seguir trabajando en estos dos objetivos.

Joaquín era un compañero mío. Una buena persona, un leal compañero y un padre de familia comprometido. Hace dos años fue diagnosticado de Esclerosis Lateral Amiotrófica, un padecimiento que poco a poco va provocando parálisis en todas las neuronas motoras hasta que se produce la muerte por parada respiratoria ya que falla la posibilidad de contraer el tórax. Mientras tanto el paciente que la sufre queda postergado a estar en silla de ruedas, dependiente para todo de personas externas ya que todos sus músculos están paralizados. Con una mente plenamente funcional, encerrado en un cuerpo que no se mueve. A pesar de ser médico y conocer el pronóstico fatal de la enfermedad, Joaquín eligió hacer la vida agradable a los demás. Todos los que íbamos a verlo salíamos con el corazón esponjado comentando lo agradable y fácil que Joaquín nos hacía el rato que estábamos con él. Jamás una queja salió de su boca. Sólo aceptación y agradecimiento por nuestras visitas y por la atención abnegada de su familia. Hace dos meses falleció. Tal como vivió. Sin dar un ruido. Y con agradecimiento por todo y para todos.

Mi héroe anónima, la chica con las secuelas de la poliomielitis con la que me cruzo cada mañana, también le echa coraje, valor y entusiasmo todos los días cuando se arrastra literalmente hacia su puesto de trabajo.

Hombres y mujeres como ella, como Stephen, Albert, Nick, Bauby, Carlos o Joaquín nos pueden ayudar a ver una nueva realidad y construir una vida maravillosamente positiva porque son la prueba viviente e irrefutable de que los seres humanos tenemos esa segunda opción: la de negarnos a amargarnos la vida y la de decir sí y encontrar la belleza en cualquier parte.

No. No es cierto lo que decía al principio cuando pensaba que soy afortunado porque hay gente que nunca tendrá las oportunidades que yo tengo de ser feliz plenamente. Porque hay muchas posibilidades de ser feliz. Hay personas que con sus limitaciones han transcendido y han hecho de su vida un mundo pleno llegando a límites a los que otras personas con integridad física, neurológica y emocional no han sido capaces de llegar. Probablemente las oportunidades no son las mismas pero aún así han decidido elegir cual iba a ser su vida. Siempre se puede elegir. Sólo hace falta pasión y coraje así como un amor extraordinario por vivir. Desde mi integridad corporal y emocional, decido hoy buscar ese coraje, vivir con pasión y mostrar amor en todo lo que hago. Los pequeños “Bufones de Dios” en este caso me han dado una lección de vida de una valor extraordinario. Gracias.

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Mantenerse en lo positivo http://cordobabuenasnoticias.com/2015/02/04/mantenerse-en-lo-positivo/ http://cordobabuenasnoticias.com/2015/02/04/mantenerse-en-lo-positivo/#comments Wed, 04 Feb 2015 11:16:21 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=22196 ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?
¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?

José Gómez Barbadillo. Un viejo cuento oriental cuenta la historia de un campesino tan pobre que sólo tenía un caballo. Un día el caballo se escapó y huyó hacia las praderas donde no fue posible alcanzarlo. Los vecinos de este hombre fueron todos apenados a mostrarle su consuelo, su cariño y su apoyo y trataban de confortarlo en su mala suerte. “¿Buena Suerte? ¿Mala Suerte? ¿Quién lo sabe?” contestó sin embargo el campesino y sin dar muestras de desánimo o desesperación, volvió a sus tareas. Tres semanas más tarde, el caballo huido volvió y para gozo de todos los que lo vieron, arrastraba tras de sí toda una manada de caballos salvajes de las montañas. Esta vez todos los vecinos se pusieron en camino para alegrarse con el campesino y transmitirle su alegría por su buena suerte. “¿Buena Suerte?¿Mala Suerte? ¿Quién lo sabe?” contestó de nuevo el campesino y como la vez anterior volvió a sus tareas sin dar muestras de especial alegría. Algunas pocas semanas después, quiso el destino que el único hijo del campesino tratando de domar uno de los caballos salvajes se cayera y se rompiera una pierna. La gente de nuevo se puso en marcha para transmitir solidaridad, apoyo y comprensión al campesino ante la mala suerte. “¿Buena Suerte?¿Mala Suerte? ¿Quién lo sabe?” contestó de nuevo el campesino y como la vez anterior volvió a sus tareas indiferente. Aún unas semanas más tarde, se declaró una guerra y reclutaron para el ejército a todos los jóvenes mayores de 16 años excepto al hijo del campesino que por tener la pierna rota fue declarado exento. La historia continua y probablemente el campesino continuaría diciendo lo mismo una y otra vez: ¿Buena Suerte?¿Mala Suerte? ¿Quién lo sabe?

Me gusta especialmente este cuento y no me canso de contarlo. En un momento determinado de mi vida me abrió los ojos a una perspectiva diferente. Creo que esta secuencia de claroscuros, altibajos, rachas de distinta suerte, es una constante que todo el mundo ha podido experimentar en su vida. Hay épocas en las que la vida fluye, creativa, poderosa, constructiva,… llena de energía e ilusionante. Creemos que por fin hemos entrado en la plenitud de nuestra existencia y confiamos que seguirá así. Por el contrario, en otras épocas, parece que todo sale mal. Los problemas y las desgracias se encadenan unas a otras y pensamos que la vida es sufrimiento y que no hay manera de escapar de ello. Cuando acabé mi periodo de formación como cirujano, encadené una racha positiva. A pesar de que  el futuro laboral en aquellos años parecía sombrío, encontré rápidamente un trabajo. Durante los meses que pasé allí, se abrió un hospital nuevo y me presenté para un puesto de cirujano. Para redondear aún más la jugada, el puesto de Jefe de Cirugía lo ocupó un buen amigo mío con el que llevaba muchos años trabajando lo cual nos ilusionó mucho a los dos. Poder trabajar juntos y poner en marcha un proyecto nuevo era una experiencia fascinante. Pudimos formar un equipo de cirujanos y amigos. Habíamos sido todos compañeros durante la residencia y nos conocíamos bien. Ese escenario, la posibilidad de que al terminar nuestra formación pudiéramos trabajar todos juntos en un hospital de nueva apertura era un sueño con el que fantaseábamos durante esos años. Un sueño a priori improbable. Y sin embargo ese sueño se cumplió. La noche que me enteré con quien iba a trabajar la recuerdo como una de las noches más emocionantes de mi vida. No pude dormir pensando en lo afortunado que me sentía y como el destino parecía elegirme para algo cuando se encadenaban tantas circunstancias favorables. Como resulta más que evidente, esa racha acabó. Dos años después empecé a encadenar situaciones negativas hasta el punto que 2002-2004 fueron de los años que recuerdo como peores de mi vida. Pero esa es otra historia…

Hay aún otra lección más profunda en este cuento oriental.  Tiene que ver con la libertad. Si nunca estamos seguros de que tomando una decisión que nos parece buena el resultado sea positivo y a la inversa, si no podemos estar seguros de que tomando una decisión mala el resultado sea negativo, entonces… podemos sentirnos un poco más libres para actuar. Con frecuencia dudamos de emprender una acción por miedo a que salga mal. Sin embargo hemos visto que un resultado negativo puede ser un paso intermedio necesario para que al final la historia acabe bien. Si no hubiera escapado el caballo del campesino, éste no se hubiera visto agraciado con la llegada inesperada de una manada de caballos. La decisión no importa, porque nunca podemos estar seguros de cual va a ser el resultado final de nuestras acciones. Si no puedo estar seguro de que lo que haga con la mejor intención va a acabar bien; si no puedo estar seguro de que si me equivoco con mi decisión y genero un mal, este mal sea irreversible,… entonces no tengo porque tener miedo de tomar decisiones.  La única regla es actuar con la mejor intención posible.

Decía la mística inglesa Juliana de Norwich “Al final, todo, todo,…, saldrá bien”. Recientemente he leído una frase parecida extraída de una película de cine del año 2011, “El Exótico Hotel Marigold”. “Al final todo saldrá bien, y si no sale bien es que no es el final”, con esta optimista frase, el insistente encargado del deficiente Hotel Marigold intenta convencer a sus clientes recién llegados de que su estancia en el hotel va a ser satisfactoria. La idea es la misma si bien enriquecida con cierto grado de humor en el cine. Pero en este proceso dialéctico entre rachas buenas y rachas malas, la tendencia final siempre va a aproximarse a lo positivo.

“Reality Transurfing”, que podría traducirse como “Navegando a través de las olas de la Realidad”, es una trilogía de libros escrita por un autor ruso que se llama Vadim Zeland. En ella, se establece una curiosa teoría acerca de la vida, teoría que de alguna forma pretende establecer un escenario físico a la percepción de muchas corrientes espirituales e incluso de la psicología cognitiva, de que nuestra realidad depende de nuestras emociones y estas dependen de nuestros pensamientos, de manera que eligiendo los pensamientos positivos nos desplazamos, como el surfista lo hace entre las olas, a través de diferentes líneas de la vida a aquellos escenarios en que se cumple la realidad que creamos con nuestros pensamientos. Una realidad positiva si mantenemos pensamientos positivos frente a una realidad negativa si los pensamientos que ocupan nuestra mente son negativos.

Me gusta esto de poder sentirme libre para actuar. Lo que yo haga es irrelevante para el resultado final de la secuencia de acciones que se pone en marcha con mis decisiones y actos. La única cosa que tengo que tener en cuenta es elegir las actitudes positivas. Si trato de hacer consciente y firmemente aquello que en mi humilde, y con frecuencia errónea, opinión sirve para ayudar a los demás, y mantengo en mi mente pensamientos positivos hacia todo lo que me rodea, las olas de la vida me desplazarán progresivamente hacia una realidad favorable. Para mí y para la gente que me rodea. Y entonces podremos decirle al exótico encargado del Hotel Marigold… “Pues sí mi querido amigo. Este sí es el final”.

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Recuerdo a todos los que un día nos dejaron http://cordobabuenasnoticias.com/2014/12/30/recuerdo-a-todos-los-que-un-dia-nos-dejaron/ http://cordobabuenasnoticias.com/2014/12/30/recuerdo-a-todos-los-que-un-dia-nos-dejaron/#comments Tue, 30 Dec 2014 10:51:09 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=19623 Equipaje. / Foto: minernm.blogspot.com
Equipaje. / Foto: minernm.blogspot.com

José Gómez Barbadillo. “Y cuando llegue el día del último viaje y esté al partir la nave que nunca a de tornar, me encontrareis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”. (Antonio Machado, “Retrato”)

Navidad… La tradición ha hecho que estas fiestas sean ocasiones especiales para reunirse con la familia y compartir con las personas más estrechamente ligadas a nuestra vida unos momentos intensos que el resto del año nos hurta demasiado a menudo. Sin embargo, este carácter familiar de las fiestas hace que mucha gente se sienta desgraciada a causa de pérdidas, generalmente padres, o abuelos,… aunque de todo tipo de pérdidas podrían hablarnos determinadas personas. Mucha gente, a medida que su camino por la vida se vuelve más avanzado, trata de escapar de estos días y siente que la imposición social de felicidad le agobia y le resulta estéril. Yo he sido una de esas personas desde hace muchos años. Se bien de lo que hablo.

Recientemente, he tenido a mi alrededor varios casos de gente muy cercana a mí que han perdido un ser querido. Hace ya unos años que yo perdí a mis dos padres. Esa circunstancia me ha hecho crecer. Creo que he madurado bastante desde entonces. Por eso, contemplo ahora con una perspectiva serena la cuestión de la muerte. Pero aún así, no dejó de sentir compasión por la gente que sufre cuando se enfrenta a la pérdida de una persona que formó parte importante de su vida. Y estos días son tristes para algunas personas por esta razón. Por eso quisiera trasladar a quien se encuentre en esta “”ocasión para la tristeza” una forma diferente de ver y vivir nuestro recuerdo de los que ya no están con nosotros. Frente a un pensamiento uniforme y generalizado reclamo el derecho a tener un pensamiento lateral que nos abra perspectivas diferentes en nuestra forma de afrontar el día a día.

La vida es un viaje. Un día nos subimos a un tren y empezamos a viajar. Se trata de un viaje muy especial. Sabemos que un día se acaba. Pero no sabemos donde vamos ni en que momento nos tendremos que bajar del tren. Lo único que está en nuestra mano es disfrutar del viaje. Llenarnos la vista con los sitios preciosos que descubrimos en nuestro camino y esperar con ilusión la siguiente estación.

A lo largo de este viaje suben y bajan viajeros continuamente al tren. Unos nos dejan en la misma estación en la que subimos nosotros. Por eso nuestro recuerdo de ellos es fugaz. Otros han bajado antes y nunca los llegamos a conocer. Pero sabemos de ellos porque nos encontramos que los asientos en los que nos sentamos están todavía calientes y vamos descubriendo objetos olvidados que nos indican que ese asiento perteneció en otro momento a otro viajero. Los ocupantes más veteranos del vagón nos hablan de ellos y casi los llegamos a conocer aunque nunca los hayamos visto. El tren tiene muchos vagones. Es imposible conocer a todo el mundo. Y realmente a quien conocemos bien es a los viajeros de nuestro vagón.  Aunque una vez que llevamos un tiempo sentados, empezamos a movernos por otros vagones. Hacemos cada vez con más frecuencia visitas a los compartimentos colindantes. Y empezamos a pasar más tiempo en ellos. Luego volvemos a nuestro vagón. Y en estas visitas a otros vagones casi siempre encontramos alguna persona con la que nos gusta pasar cada vez más tiempo.

El viaje atraviesa etapas muy diversas. Hay tormentas, lluvias, nieve,… Hay días soleados que nos permiten ver paisajes de gran belleza. Hay momentos en los que el tren se detiene y no sabemos si continuará andando. Hay épocas en las que perdemos las ganas de viajar. Incluso desearíamos bajarnos ya. Hay momentos tristes cuando se bajan algunas de las personas con las que llevamos más tiempo y a las que hemos cogido más afecto. Pero sobre todo hay momentos de diversión, alegría y risas en nuestro vagón y en los vagones adyacentes.

Estos días son una ocasión estupenda para acordarse de los viajeros que dejaron el tren. De los que no conocimos pero hemos conocido y llegado a querer a través de los recuerdos de los que sí los conocieron. Nuestros antepasados que se fueron antes de nuestra llegada al mundo pero que dejaron impresos en nuestros genes su firma y son responsables de que hayamos llegado a la vida. De los viajeros que nos acogieron cuando subimos al vagón. Nuestros abuelos, padres, tíos,… familiares en general. Que no sólo han dejado impresa su firma genética en nosotros sino también su rubrica emocional. Nos hicieron como somos. Con sus decisiones y acciones, acertadas o equivocadas, actuaron con nosotros lo mejor que supieron y pudieron sobre la base de su educación, sus valores y sus creencias. Y si somos como somos es por ellos. Y es un motivo para estar agradecido. No sólo han dejado su huella genética y emocional en nosotros sino que también han dejado escrita su ausencia en los múltiples recuerdos materiales que llenan nuestras casas. De los viajeros que nos fuimos encontrando en vagones cercanos al nuestro y con los que disfrutamos días de alegría, risa y entusiasmo. Nuestros maestros, amigos, compañeros,… Ellos nos dieron confianza y seguridad. Nos dieron un motivo para querer crecer y vivir.  Además de contribuir a configurarnos emocionalmente, nos hicieron el camino alegre. Y en muchas ocasiones calmaron nuestros miedos ante los nubarrones, atascos y detenciones en nuestro sendero.  Finalmente, de los viajeros de otros vagones a los que nunca conocimos. También merecen nuestro recuerdo porque sin ser conscientes, compartimos una experiencia única: el viaje de la vida.

La gente que nos acompaña es un gran regalo. Por eso hoy quiero tener este recuerdo para los que ya se bajaron del tren. Porque no los olvido. Porque soy como soy gracias a ellos. Porque aunque han dejado escrita su ausencia en los miles de recuerdos que me quedan de ellos; porque aunque sus ojos y los míos ya no se contemplen más frente a frente; porque aunque su risa y su alegría ya no desborden de gozo mis oídos; hoy se que algún día me bajaré del tren como ellos hicieron un día. Y ese día, miraré a los pasajeros que quedan en mi vagón con una sonrisa, con una mirada plena de amor y agradecimiento y bajaré al andén “ligero de equipaje”. Y contemplo con esperanza el reunirme de nuevo con todos en la gran estación central donde confluyen todos los trenes.

Pero hasta ese momento me propongo disfrutar del viaje que aún me queda por recorrer con alegría, con serenidad, sin ningún tipo de impaciencia. Tratando de vivir y también hacer el viaje más cómodo a los viajeros con los que ahora comparto vagón. Es el mejor homenaje que les puedo hacer a ellos, a los viajeros que un día nos dejaron.

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Mantener la esperanza http://cordobabuenasnoticias.com/2014/11/12/mantener-la-esperanza/ http://cordobabuenasnoticias.com/2014/11/12/mantener-la-esperanza/#comments Wed, 12 Nov 2014 12:10:31 +0000 http://cordobabuenasnoticias.com/?p=15682 Esperanza.
Esperanza.

José Gómez Barbadillo. Hace unos días, escuchaba una conversación, en un negocio al que acudo frecuentemente. Se trata de un negocio modesto, de los de toda la vida, sin grandes pretensiones, en el que trabajan un padre y un hijo. Durante esa conversación, el dueño del negocio explicaba que el verano la familia lo pasaba en una casa que tenían en la playa. Contaba lo bien que lo pasaban los nietos y lo cerca que tenían la piscina. Y como en algunos momentos se juntaban más de veinte personas. Y lo decía con la satisfacción de una persona que ha trabajado duro toda su vida para construirse un futuro. Se me venía a la cabeza, lo mucho que han cambiado las cosas para bien en España para que una persona, con una forma de ganarse la vida modesta, pudiera disponer de una segunda residencia en un sitio de costa, aspecto éste reservado hasta hace unos pocos años para familias de un nivel económico medio/alto. Me alegro sinceramente por él. Es una persona de buen corazón a la que con los años he ido apreciando cada vez más. Pero sobre todo me alegro por esta sociedad en la que vivimos que avanza imparablemente hacia un futuro mejor.

A menudo escucho opiniones de gente próxima a mí, y no tan próxima, que expresan que el mundo cada vez está peor. Creo que ese pensamiento procede de no haber elegido adecuadamente el objeto de comparación. Probablemente para estas personas el mundo mejor con el que comparan el actual es el referente de su infancia. Por supuesto que la infancia y la adolescencia siempre resultan ser un mundo perfecto. Sin obligaciones. Sin responsabilidades… Quienes piensan así suelen ser personas conservadoras a las que las inquieta que cambien los criterios sobre los que consideran seguro su mundo. Se bien de lo que hablo porque yo he sido así mucho tiempo. Cuando la infancia es feliz, las personas son conservadoras. Cuando uno ha tenido una infancia desgraciada suele querer cambiar el mundo. Ya lo decía Jorge Manrique. “Recuerde el alma dormida… como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”.

Pero sinceramente no comparto esta opinión acerca del deterioro progresivo del mundo en que vivimos. Si miramos los siglos de historia podemos ver sociedades en las que la gente sin recursos se moría de hambre, los pueblos conquistados eran sometidos a la esclavitud y los reyes y príncipes, por ”derecho divino” disponían de la vida y las propiedades de sus vasallos. No existían los derechos humanos elementales. Nada de esto se mantiene hoy. Un primer hito en este cambio de mentalidad lo aportó el cristianismo con su idea de la caridad. Sobre esta base empezó a haber una preocupación por la gente más desfavorecida. Pero esta preocupación sólo se dirigía a paliar las consecuencias de la desigualdad, no a actuar sobre las causas. El movimiento obrero a finales del siglo XIX consiguió grandes avances en derechos laborales y con esta lucha el capitalismo se vió obligado a moderarse. El siglo XX consuma el cambio hacia un enfoque dirigido a combatir las causas de la desigualdad, mediante la plasmación en las constituciones modernas, de las ideas del liberalismo y la socialdemocracia, las dos vertientes anteriores de capitalismo y comunismo suavizadas por el juego de cesiones ocurrido durante el siglo anterior. Estas constituciones garantizan por primera vez derechos como la salud, la educación y la protección social, que pasan a ser financiadas con fondos públicos. Hoy, podemos decir con orgullo que nadie tiene porque morir de hambre, de enfermedades o de incultura en los países occidentales.

Dos informes recientes de la ONU y la OMS respectivamente arrojan cifras sobre la realidad del mundo en el año 2013

La esperanza de vida de cualquier persona nacida en 2013 es la mayor de toda la Historia. Estadísticamente la esperanza de vida en el mundo se coloca ya en los 73 años frente a los 68 del año 1990 y los 70,5 del año 2011. Se ha conseguido erradicar por completo muchas enfermedades históricamente mortales, y en algunos casos  como el SIDA, cuyo número de infecciones ha disminuido en un 24% desde 2001, los nuevos tratamientos las han convertido en enfermedades crónicas aumentando la supervivencia del enfermo y su calidad de vida.

Hoy hay menos guerras, Siguen existiendo guerras, pero afortunadamente han disminuido y las tasas de fallecidos y heridos por conflicto armado siguen descendiendo. Uno podría pensar que han disminuido los conflictos armados pero que a cambio ha aumentado la inseguridad y la violencia dentro de las sociedades establecidas. Sin embargo, en 2001  las cifras globales registradas mostraban 557.000 asesinatos mientras que en 2008 solamente 289.000, una reducción de casi el 50%, reducción que sigue aumentando de manera que en la actualidad alcanza un descenso del 75%. Los informes mencionados señalan que en 2013 hay menos homicidios, menos asaltos y menos robos. Casi cualquier índice a considerar ha descendido de manera pronunciada durante los últimos años a pesar de la crisis… lo cual habla muy bien en cifras generales del comportamiento de los ciudadanos ante una situación tan difícil.

También hoy hay menos pobres. La primera de las metas fijadas en “Los objetivos del Milenio” de la ONU en el año 2000 era reducir a la mitad las cifras de pobreza extrema antes de 2015 y, según los informes de la ONU ese objetivo se ha cumplido… ¡en 2008! Siete años antes de lo previsto. Por lo tanto, podemos decir que en este momento estamos viviendo el momento de la historia con menos pobreza extrema.

Jamás hubo tanta cultura como hoy y jamás el acceso a la misma fue tan fácil. Hoy hay más música, más libros, más estrenos de películas y más cultura que en ningún momento de la Historia. Ni la Grecia clásica, ni los tiempos de la biblioteca de Alejandría, ni la Roma imperial ni el Renacimiento ni el siglo de las luces. Se acercan a lo que un joven de hoy en día puede encontrar con 10 minutos de búsqueda en google. En la última década el acceso a Internet ha experimentado un crecimiento anual imparable cercano al 30% en más de 60 países en desarrollo y los dispositivos móviles, de lectura y las redes sociales continúan creciendo de manera asombrosa.

Los porcentajes en educación a nivel mundial arrojan cifras increíbles hace un siglo. Un 81,3% de los seres humanos ya saben leer y escribir, un 57,7% han completado la educación secundaria y el porcentaje de abandonos en educación primaria se sitúa en el 18% de los alumnos que la iniciaron.

Esta mejora progresiva de las condiciones de vida de nuestro mundo la he podido apreciar directamente. Desde hace más de 10 años, visito todos los años Guatemala y Nicaragua participando en proyectos de cooperación. En el año 2004 visité Quezada, un municipio Guatemalteco del departamento de Jutiapas. Me entristeció ver las condiciones de vida de la gente tan diferentes de nuestro acomodado mundo occidental. En 2012 volví a Quezada. Era un pueblo dinámico, enfrascado en diversos proyectos urbanísticos que habían mejorado su aspecto externo. Pero sobre todo pude tratar con gente alegre, ilusionada que miraba hacia delante. ¡Era tan grande el contraste con el pesimismo existente en ese momento en nuestro país! En San Rafael del Norte, un pueblo nicaragüense que visito desde 2011 también me cautiva la alegría, la hospitalidad y la gratitud de un pueblo que se ha volcado en la educación de sus hijos y que camina hacia el futuro con esperanza en que la siguiente generación supere las carencias que tiene la actual.

Nunca ha habido menos hambre, menos enfermedades o más prosperidad. Vivimos en un mundo más sano, más pacífico, más seguro y más culto. Claro, esto no es así para nosotros, ciudadanos de países occidentales que hemos bajado un poco nuestro nivel de vida con la actual crisis. Pero la mayoría de los países en vías de desarrollo están saliendo adelante y se está superando la pobreza a mayor velocidad que nunca.

No hay que cantar victoria antes de tiempo porque no vivimos en un mundo perfecto. Los datos son fríos y no reflejan las millones y millones de experiencias personales que cada mañana tienen que afrontar los habitantes de este pequeño planeta. Siguen existiendo desigualdades, sigue habiendo pobreza y las injusticias se cuentan por miles. Que estemos mejorando no significa que no haya todavía un largo camino por andar. Pero sí es cierto que el mundo es hoy un lugar mucho mejor que hace un siglo.

Claude Bernard, un eminente médico y científico del siglo XIX dijo. “Quien no sabe lo que busca, no entiende lo que encuentra”. Podríamos decirlo a la inversa. Quien no entiende que este mundo es cada vez mejor es porque realmente no sabe qué mundo quiere. Se conforma con el mundo que recibe y quiere conservarlo a toda costa. Yo por mi parte me reafirmo en la esperanza. El universo empezó hace 15000 millones de años y una vida humana no es lo suficientemente larga para contemplar la plenitud del universo. Lo cual no quiere decir que esa plenitud no llegue. Se que no la veré. Pero elijo ser optimista en la seguridad de que mi hija y mis nietos y demás descendientes, si la vida me da la fortuna de tenerlos, vivirán en un mundo bastante mejor que éste.

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